domingo, 26 de diciembre de 2010

La Plata en movimiento

LA PULSEADA - NÚMERO 85 - NOVIEMBRE 2010

La ciudad de las diagonales es también la ciudad de los jóvenes y las bicicletas, la cultura autogestionada, las bandas de rock. Puede ser una metrópoli inundada en una pintura, la ciudad de los departamentos en PH en un cuento o el escenario del terror en una película. Nuestra ciudad vive en el arte: esa es la tesis de un reciente libro donde 80 autores se pusieron a pensar la ciudad más allá de Rocha, explorando los rincones, los recorridos y las personas que le dan vida.

Por Daniel Badenes

La historia oficial de La Plata habla del cuadrado perfecto, la “ciudad de la conciliación” y la universidad. Cuando hay referencias personales, todo parece congelado en las primeras décadas y en un puñado de nombres: Rocha y González, Spegazzini, Ameghino, Korn, Vucetich y Almafuerte, los hombres pródigos de la capital provincial. Pocos relatos nombran, por ejemplo, a Álvaro Yunque, a John Willliam Cooke o a Edgardo Antonio Vigo, un platense mundialmente reconocido y abrumadoramente ignorado en La Plata. Mucho menos a la ciudad en movimiento, esa ciudad de jóvenes donde proliferan las iniciativas culturales autogestionarias y las bandas de rock, esa urbe transitada en bicicletas donde todos, tarde o temprano, se vinculan con el arte. Contar eso fue la idea que inspiró La Plata, ciudad inventada, un libro y más que un libro, que saldrá a la luz este mes, publicado por la editorial Primer Párrafo y con auspicio de la Municipalidad. Para hacerlo, Celina Artigas –su compiladora- convocó a decenas de platenses por adopción a narrar sus historias. Al principio eran veintipico; terminaron siendo 80: unos invitaban a otros como si fuese un asado, cuentan.

La Plata, ciudad inventada es un libro sobre la cultura platense, donde la mayoría de los artículos hablan en primera persona y en tiempo presente. Es una obra colectiva, con muchos autores jóvenes y muchas lecturas posibles. Y materialmente, es más que un libro: viene acompañado por una caja con veinte postales y un mapa desplegable donde cada participante del libro señaló los sitios y los recorridos que lo identifican.

“La Plata es una ciudad gris pero colorida; desprolija y bullanguera que respira inocencia, inconsciencia, ingenuidad, complicidad. Hay edificios enteros de diez pisos habitados solamente por jóvenes que tienen entre 18 y 27 años…”, dice Esteban Rodríguez en el primer artículo del libro, que evoca su experiencia en la fundación del colectivo La Grieta en 1993, luego de formar un grupo universitario llamado Adoquines. “En aquel momento no había muchos espacios en la ciudad. Los coletazos de la última dictadura se reconocían todavía en las persianas caídas, en la desconfianza y la vida enjaulada de sus vecinos”. En apenas siete páginas, el texto se convierte en un mapa de esos lugares sostenidos a pulmón que hicieron y hacen a la vida cotidiana del arte en la ciudad: el subsuelo del Taller de Teatro de la Universidad, algunos clubes, la Rosa de Cobre, La Fabriquera, Galpón Sur, el Bulevar del Sol, la Hermandad de la Princesa, el Tinto Bar, el Viejo Almacén El obrero, el Centro Cultural Favero o la casa de Edgard de Santo, entre otros, muchos de los cuales han aparecido en nuestra Página de los centros culturales.

Pero el libro no se agota en esos centros, ni en las referencias de Rodríguez. En “La cocina del bar”, Gustavo Vallejos recuerda los orígenes de La Mulata, nacido como buffet de Unidos de Olmos, enfrente de la fábrica Mafissa, el mismo club que en los 80 albergó actuaciones estelares de Virus, Los abuelos de la nada, Fito Páez… En otro artículo, Jorge Muiña cuenta la historia de la librería Capítulo, desde la cultura de catacumbas de la dictadura, y convence con su tesis: no hay otro negocio –salvo alguna disquería o un bar- que posibilite intercambios tan enriquecedores.

Las marcas del miedo

Los textos del libro están organizados en cinco partes. La primera está dedicada a crónicas y ensayos sobre proyectos culturales: la librería y el bar, una banda, un festival, una feria de discos característica en la ciudad. La segunda, específicamente a la música. La tercera, en verso, propone diálogos entre poesías y canciones de trece autores, que transcurren entre el festejo del carnaval, la ausencia de Julio López y las historias de amor en calles y plazas platenses. La cuarta es para el teatro y el cine. Allí, en medio de obras teatrales, producciones audiovisuales y el recuerdo del Cine Select, Blas Arrese Igor opta por recordar el “espectáculo pintoresco, patético y desolador” que significó el festejo del Centenario durante la dictadura. Por último, la quinta parte del libro comprende seis ficciones ambientadas en la ciudad, entre las que sobresalen “Síntomas” de Alan Talevi y “Ruidos de alfil” de Maximiliano Costagliola.

En el cuarto capítulo Adrián García Bogliano se refiere a Sudor frío, su séptimo largometraje: “Decidimos grabar la película en La Plata porque cada rincón de la ciudad tiene historias vinculadas a la última dictadura militar y porque me recuerda las historias de mi familia, de una enorme familia diezmada por los estragos de la persecución política y la represión más atroz”. A esa misma marca se refiere la actriz Febe Chaves en una interesante nota personal en la que recuerda su llegada a estas calles, a los 18, en julio de 1976: “Bajé del tren y caminé por diagonal 80 sin saber que era una diagonal. No tenía ningún dato sobre La Plata. O miento: muchos estudiantes, mucha represión, muchas plazas. Desemboqué en Casa de Gobierno y la imagen en el recuerdo es la de un gran edificio amurallado por soldados. Uno de ellos me apuntó con un fusil y me invitó a cruzar a Plaza San Martín”.

Lo que busca La Plata, ciudad inventada, es un relato de la post-dictadura, y también del post-menemismo. Entre líneas, las crónicas y ensayos transmiten las huellas de los 90, cuando algunos dejaron el país por la falta de horizontes, otros formaron grupos donde poder respirar, otros se refugiaron en la amistad, en los bares, en la música.

La ciudad del rock

Ya en la primera parte, dedicada en general a proyectos culturales, tres artículos sucesivos dejan en claro que el rock tiene una preeminencia en la edición –y quizá sea así en la ciudad: hace un tiempo, se estimaba que coexistían en La Plata unas 500 bandas-. La tendencia parece confirmarse en la segunda parte, abocada a lo musical a través de “entrevistas, conversaciones y confesiones”. Aunque formalmente hay un cuidadoso equilibrio de capítulos –uno rockero, otro jazzero, uno de folk y fusión, y finalmente uno sobre el tango-, el más logrado es el que trascribe una charla entre cuatro integrantes de la banda local Monstruo, el cantante de Pájaros, el bajista de Las Canoplas y Alfredo Calvelo; sólo comparable con la rica conversación sobre jazz que sostienen dos Sergios: Poli y Pujol. El fragmento dedicado a la fusión se queda en la presentación del género, pero habla poco de La Plata; en tanto Gustavo Provitina se enreda en atacar a los DJs, pero dice poco sobre cómo vive el tango en una ciudad de jóvenes, y sorprendentemente ignora aportes destacables como La Guardia Hereje.

Con el diálogo de los músicos de rock –de esos habilita esta ciudad de jóvenes, mate o pizza de por medio- el lector incursiona en “lugares donde pasaron cosas copadas” para el rock local, como El Boulevard del Sol.

Para Sergio Poli, invitado a conversar sobre jazz, los lugares de referencia fueron disquerías: Libro 49 o el Centro Cultural del Disco, “parecidos a lo que hoy es Génesis; lugares de culto”. Según su interlocutor, el historiador Sergio Pujol, aunque hoy escasean, los boliches han sido el ámbito más productivo para los grandes músicos: “Es raro lo que pasa con los platenses y los boliches. Hoy el bar Ciudad Vieja es una excepción. La Mulata, en todo caso, puede ser otra… Estuvo Notorius un tiempo, pero no anduvo. Yo extraño un sitio como Scat, sin dudas el mejor boliche que hubo en La Plata. Ahí se armó un verdadero ambiente entre músicos, público y propietarios, con una agenda musical impecable. Después se convirtió en cooperativa. Finalmente, se pelearon todos con todos”.

Más allá de señalar puntos en el mapa, quienes dialogan en el libro intentan caracterizar la cultura platense. Para el caso del jazz, por ejemplo, Pujol sugiere que “no hay un estilo platense, pero quizás hay una forma de escuchar platense. No diría que hay un jazz platense, como sí se afirma que existe un rock platense, una cierta identidad, que es un tema opinable”.

Martín Graziano, Agustín Masaedo y Mariel Zabiuk son los responsables, en el primer capítulo, de dejar bien parado al rock local. Graziano le pone nombre: fue Mister América, y más precisamente Gustavo Astarita, el “talismán” que le permitió volverse nativo en esta ciudad. En su artículo “Ritos rotos”, el periodista reivindica la ejecución en vivo y sostiene, adhiriendo a una idea de Pujol, que el rock es “esencialmente performático”.

Mister América también es una referencia para Zabiuk, que reconstruye la trama de espacios y ciclos donde vive el rock local. “Si algo sucede en La Plata –dice-, es que siempre hay varios recitales y fiestas en la misma noche y existe la sensación de que todo está más o menos cerca y que el tiempo da para todo”. Hay dos eventos que se destacan: el Freakshow –un festival de cine independiente que entra en combinación con el rock- y el Outlet –un ciclo de recitales con entrada libre, en dos escenarios, que duran desde la tarde hasta la noche-.

Casualmente o no, cuando tanto esta revista como La Plata, ciudad inventada iban camino a imprenta, se estaba desarrollando el Freak en el Pasaje Dardo Rocha. Y dentro de unas semanas, a días de la presentación del libro, se realizará el XIV Outlet dentro y fuera del Galpón de Encomiendas y Equipajes.

“Llegar al Outlet es sentir la confirmación de buena parte de las suposiciones sobre el rock platense”, afirma Zabiuk, convencida de todas ellas: “que tiene características particulares; que se puede hablar en términos musicales de una escena; que hay una conexión indudable de esta música con las artes plásticas; que es notable la independencia a la hora de grabar; que hay un montón de CDs editados en forma casera; que siempre hubo bandas locales que antecedieron con lo suyo al rumbo que luego toma buena parte del rock argentino en general”.

La Plata, ciudad inventada también confirma algunas sospechas, y abre nuevas preguntas. La compilación asume, con buen criterio, que se trata de una obra inconclusa. Así es. Podría haber un capítulo sobre pensiones, otro sobre teatro comunitario, uno sobre la actividad editorial, y siempre faltará más. Porque el movimiento cotidiano de este pueblo grande que recibe miles de jóvenes por año, de esta ciudad que se pedalea en bicicleta y se comparte con mate, deja viejo cualquier libro y desmiente toda crónica que pretenda contarla poniendo punto final.

La universidad como referencia

No hay muchos libros sobre La Plata que la cuenten a partir de sus lugares de producción cultural, de sus protagonistas y sus obras. Algún platense con memoria o que haya circulado con curiosidad por las bibliotecas viejas o librerías de usados, podrá recordar otro libro grueso y colectivo titulado Universidad ´Nueva´ y Ámbitos Culturales Platenses, una publicación de 1963 realizada por la Municipalidad y la Facultad de Humanidades, con el apoyo del Fondo Nacional de las Artes y la imprenta oficial bonaerense. Editado con la excusa del centenario de Joaquín V. González, el libro ponía a la universidad platense en el centro de la escena.

Inicialmente evocaba “prohombres” como Joaquín González, Agustín Álvarez –ambos fundadores de la Universidad nacional-, Florentino Ameghino y Alejandro Korn, y a las instituciones del Museo, el Observatorio y la Biblioteca; en tanto una segunda parte aludía a “inquietudes estudiantiles” y repasaba las experiencias de la Asociación de Ex Alumnos del Nacional y el teatro del grupo “Renovación”, entre otras referencias ancladas en la Universidad. Recién la tercera parte refería a otros medios “intelectuales y artísticos”, importantes en la época: la Universidad Popular Alejandro Korn, la trastienda de las librerías, las ediciones locales, la bohemia literaria. Y las últimas dos partes procuraban una historia artística de la ciudad, a partir de las figuras de Faustino Brughetti, Emilio Pettoruti, Atilio Boveri, Almafuerte, Benito Lynch y una imaginada “escuela platense de poesía”. En el medio aparecían evocaciones del formato más aristocrático que tuvo la universidad, y la recurrente idea de La Plata como la analogía local de Oxford. Leído hoy, el libro es lo que sus páginas amarillentas sugieren: una foto vieja de una ciudad que ya no es –y quizá nunca fue.

La Plata, ciudad inventada resulta más actual: una foto con mucho más color y que, con honestidad, se asume incompleta. Esta vez la academia no aparece como centro irradiante sino como telón de fondo. Es “un lugar al que todos, tarde o temprano, debemos traicionar para realizar nuestras apuestas, para averiguar de qué se trata lo que somos”, afirma Esteban Rodríguez en el ensayo que inaugura el libro, donde evoca una serie de espacios culturales, desde La Fabriquera y La Rosa de Cobre hasta La Bicicletería y La Casa de los Hermanos Zaragoza. “No se trata de satélites de la universidad, espacios orbitando alrededor de un centro. Cada una de estas experiencias tiene vuelo propio. Si bien es cierto que en algunos casos surgieron para hacerse cargo de aquello a lo que la universidad –despotricando o alardeando– le corría el cuerpo; también es cierto que surgieron para subirle la apuesta y con ello poner a la ciudad en otro lugar, más cerca de nuestros sueños, nuestras aspiraciones”.

Los autores

La compilación La Plata, ciudad inventada tiene 80 autores. La lista incluye músicos, poetas, artistas plásticos, libreros, actores, fotógrafos, periodistas, diseñadores, docentes, arquitectos, ensayistas, realizadores de cine… Ellos son: Gustavo Astarita, Juan Manuel Moretti, Adrián García Bogliano, Sergio Pujol, Daniel Krupa, Anahí Mallol, San Poggio, Marcela Cabutti, Diego Gravinese, Martín Raninqueo, Enzo Oliva, Juan Soto, Helen Zout, Martín Lucesole, Santiago Barrionuevo, Gonzalo Ré, Leo Vaca, Juan L. Bertola, Hernán Rojas, Alberto Sbarra, Igor Galuk, Marcos Archetti, Ezequiel Ortíz, Gustavo Provitina, Jorge Vimercati, Andrés Salinero, Javier Ferreyra, Agustín Sirai, Leandro Aliano, Mora Garese, Pablo David Sánchez, Julia Dron, Gabriel Pérez Raventos, Francisco Ungaro, Fernando Massobrio, Andrés Lavasellli, Julieta Di Marziani, Juan Martín Martínez Zuviría, Pablo Zuccheri, Silvio Zuccheri, Gonzalo Mainoldi, Figurones, Javier Beresiarte, Beatriz Catani, Blas Arrese Igor, Federico Mutinelli, Daniel Badenes, Jorge Muiña, Mariel Zabiuk, Martín E. Graziano, Gabriel Vallejos, Juan Dolce, Matías López Donadío, Febe Chaves, Facundo Bañez, Omar Giménez, Alan Talevi, Maximiliano Costagliola, Eric Schierloh, Eduardo Cejo, Jaquelina Abraham, Pablo Morgante, Marcelo Metayer, Marcelo Rizzo, Gustavo Caso Rosendi, Agustín Masaedo, Juan González Moras, Mario Arteca, Esteban Rodríguez, Kubilai Medina, Lucas Finocchi, Fernando Rickard, Luciano Mutinelli, Sergio Poli, Luz Maggio, Javier Maldonado, Ramiro García Morete, María Eugenia López, Julián Axat y Agustina Cicchetti. El trabajo de compilación fue realizado por Celina Artigas.

El mapa fosforescente

Ahora que lo pienso, no fue hace tanto tiempo. Reviso mi casilla de correo para ser preciso y lo confirmo: fue a comienzos de este mismo año. Fue el 9 de enero, cuando me llegó un mail de Celina Artigas titulado “Invitados a construir un libro”. El asunto venía con copia para mucha gente que conocía o, de lo contrario, al menos quería conocer. Por decirlo mal y pronto, era toda esa gente que hace cosas para que esta ciudad sea un lugar vivo. Una selva hermosa y en estado de tensión.

Sin embargo, fue recién unas semanas después que se empezó a poner bueno, cuando el proyecto dejó el plano virtual y pudimos estrechar manos y tomar algunas cervezas. Si no me equivoco, la primera reunión más o menos formal fue en Ocampos. Ahí mismo, esa misma noche, el libro empezó a tomar masa crítica. Al principio fue un caos prudente y, luego, de inmediato, puro revuelo eufórico. Claro que después vino el bajón, la necesaria pérdida del norte y, al fin, toda esa caída de fichas que se llama ‘decantar’. Pero eso lo puede contar mejor Celina, no sólo porque el libro es su criatura, sino y sobre todo porque su casa -ahí cerca de Plaza Italia- fue el polo magnético alrededor del cual orbitamos todos.

A mí, desde el vamos, la convocatoria me entusiasmó. En primer lugar, porque me obligaba a repensarme, y cuando uno es periodista no se detiene demasiado en esas cosas incómodas. Entonces yo, como el típico espécimen del interior que abunda en estas páginas, tenía que encontrar mi lugar en La Plata. Y bien, ahora que puedo mirar esa telaraña de retratos con la suficiente perspectiva, veo un mapa nuevo que fosforece y que me contiene.

De todas formas, mentiría si pasara por alto un detalle esencial: el proyecto era buenísimo porque trabajaba con ese poderoso material combustible que son las personas. Es decir, no se trataba del devaneo de un par de tipos perdidos en el laberinto de la más pura abstracción académica. Para nada. Ahí tenemos el libro, y lo confirma: está repleto de esas fotografías preciosas que siempre salen movidas. Justamente, sus protagonistas están en movimiento porque están vivos. Así como están vivos porque están en movimiento. La vieja lógica de la piedra rodante.

Martín E. Graziano


Adelanto de “La Plata, ciudad inventada”

Una nueva ciudad

“La Plata fue una ciudad pergeñada sin gente que la habitara, sin contemplación de las posibles formas de surcarla”, cuenta el prólogo del que aquí reproducimos algunos fragmentos. “La intención tácita de todos los convocados del libro fue hacerle vivir al lector de qué se trata habitar esta ciudad…”.

Por Celina Artigas

Los relatos construyen ciudades. Estarían vacías: Dublín sin Joyce, Lisboa sin Pessoa, Nueva York sin Woody Allen, Montevideo sin Onetti o Buenos Aires sin Arlt. No se hubiera fundado Brasilia sin Kubitschek o sin la denominación entusiasta que más tarde le diera André Malraux (…) Como San Petersburgo, La Plata es resultado de una de las planificaciones más precisas. A diferencia de ésta, no surgió por capricho despótico de un zar. Dardo Rocha ideó un plan cargado de intenciones políticas y pidió a Pedro Benoit que lo trazara, inspirándose en el modelo urbanístico francés de Haussmann. En un plazo corto, Rocha quería posicionarse ante Roca, Sarmiento y Juárez Celman exhibiendo su capacidad de autonomía. En el largo plazo –y en un afán megalómano– buscaba romper con el designio que el imperio español había previsto para la ciudad colonial: que la plaza mayor fuera la fuerza de convocatoria de todos sus habitantes, tal como ocurría en Bogotá, Lima o Asunción. Contrariando a sus contemporáneos, Rocha previó plazas cada seis cuadras para que el encuentro resultara más fluido pero, también, por razones higiénicas, de orden social y represivo (…)

En el relato de invención, los planos y los planes definieron a La Plata. Y tal como fue previsto entonces, el cuadrado perfecto se convirtió en la capital de la provincia; en un sitio cuyo principal afluente económico fue y es el empleo público; en el lugar donde afinca una de las universidades más importantes del país y donde las calles tienen números en vez de nombres; una ciudad con una catedral gótica en la que sobrevive la estela de los masones y donde se escuchan leyendas inauditas de ángeles, catacumbas, estatuas malditas y fantasmas merodeando plazas, cuando cae la noche. Pero en la invención de aquel relato –de esa ciudad– la dimensión humana no se tuvo en cuenta más que en su aspecto matemático y geométrico. Fue una ciudad pergeñada sin gente que la habitara, sin contemplación de las posibles formas de surcarla. (…)

*
Los límites entre la realidad y la ficción son ciertamente difusos. De no ser así, nada explicaría que una ciudad sin belleza natural, caída en un pozo –y, por tanto, cerrada–, construida como una cárcel –en un esquema matemático que previó límites muy claros– y custodiada por una petroquímica gris, haya terminado siendo un paraíso cultural donde la presencia ineludible de los jóvenes nos obliga a vivir con las esperanzas de un viernes por la tarde; con ese arrojo hacia la vida, hacia la acción y muchas veces sin un plan muy claro. Una ciudad donde viven jóvenes obstinados en deshacerse del legado positivista, de las marcas pergeñadas por la tradición; en ser protagonistas y en darle vuelo, potencia y volumen a los planos.

La mayoría de la gente trabaja en empleos públicos; entre otras opciones, en la docencia universitaria –sin ir más lejos, muchos de los autores de este libro–. Trabaja y sobrevive con eso. No vive de eso. La gente vive en el arte. Muchísimas personas se van cada día de sus trabajos rutinarios a ensayar música u obras de teatro. A filmar películas. A escribir canciones, poesías, cuentos o guiones. A pintar. Le ponen a esas otras tareas su potencial más genuino. No están esperando que se haga la hora para irse a ningún lugar y, en general, se hace tarde porque se quedan lidiando con un acorde, una palabra, una escena. Reservan para estas tareas el mejor espíritu: uno que no está contaminado por la burocracia en el hacer ni por el deseo de medir lo redituable en términos económicos. Por eso, no es exagerado pensar que el arte propone formas que vuelven cóncavos los límites rectos de la ciudad; propone usar las diagonales –más que como fugas o puntos de encuentro– como caminos de búsqueda que terminan atravesándonos a todos.
Al principio, hacer un libro sobre La Plata significaba, de alguna manera entonces, hacer un poco de justicia y salir a desdecir los clichés con los cuales comúnmente se describe y narra a la ciudad. La idea era reconstruir cómo las personas, sus relatos y visiones singulares del mundo se encuentran y comparten, por distintos que sean los caminos que elijan. Los capítulos fueron pensados como calles. Establecieron algunos lugares por donde transitar; no señalizaron los recorridos. La forma de deambular, las búsquedas y los hallazgos quedaban a elección de los autores (…)

Como pasó lo que pasa en realidad en esta ciudad acostumbrada a una hospitalidad que dista bastante de esa hospitalidad de corto plazo de las ciudades balnearias y turísticas en general –el libro se llenó de amigos, fanatismos, de gente invitando gente que tenía la otra mitad de una historia como si se tratara de un asado y no de un libro–, la previsión del número de gente invitada se vio pronto rebasada por la vitalidad y el entusiasmo de los propios autores. Los convocados –desde distintos campos del arte y la cultura– se convirtieron en los constructores de una nueva ciudad, cuyas referencias importantes en el plano comenzaron a ser los puntos de encuentro con sus bandas preferidas, las casas de sus amigos, las calles que en vez de tener números tienen nombres de besos, de aprendizajes, de crisis de fe. Y los arquitectos tuvieron que deshacer el cuadrado y hacer un nuevo mapa.

Pero había otra deuda: se debía una escritura de la ciudad de un contexto histórico más inmediato y posterior a la última dictadura militar; ocasión en la cual la ciudad tuvo el número más alto de desaparecidos en el país y su narrativa quedó apresada en dicha fractura.
Entonces, sobre la escenografía de la ciudad, algunas generaciones –contando sus vivencias, relatos y asuntos– terminaron atravesando medularmente o gravitando a vuelo raso procesos históricos que signaron sus lecturas del mundo (….)

Finalmente, la intención tácita de todos los convocados del libro fue hacerle vivir al lector de qué se trata habitar esta ciudad cuando La Plata tiene escondida su belleza en un lugar al que no acceden los turistas y que es difícil mostrar. La única manera de llegar a ésta es haciéndose nativos por un rato. Estando. (…)

*
Va a ser inútil que intente emular ciertas formas acordadas de prólogos legibles porque este libro no se arranca por ningún lugar y no se cierra. Queda, todo el tiempo, fuera de las explicaciones; un poco más allá o más acá.

Hacer fuerza para sostener un relato unificador que enhebre la incomodidad de lo fragmentario no va a tener sentido del todo y resultaría un poco necio, un poco… inconsistente. Podría decirse que es un libro con una fuerte marca generacional, pero eso no lo define exactamente. Ni la juventud de los autores –ni siquiera en un sentido metafórico o dylaniano–. Ni los estilos. Ni las escrituras parecidas. Ni las miradas homólogas. Nada lo define del todo y, por tanto, no puedo más que aceptar que ha sido, ni más ni menos, lo que cayó dentro de las galeras como resultado de un proceso en el que me han guiado: un sentido intuitivo, alguna irrefrenable curiosidad, algunos criterios que podrán resultar más o menos explícitos, justificados, inconscientes o determinantes, algunas personas que elegí como marcas.

Ya no es el tiempo de Dardo Rocha ni de las doctrinas de ensamblaje del ser humano en alguna corriente estructural que le proponga un relato sin fisuras, los objetivos inamovibles de un plan conjunto. Básicamente, porque esas ideas, si no fracasaron, al menos fueron limitantes y cayeron en desuso. Lo más cierto sería decir que lo que unifica a estos relatos es la mirada de quien compila. Esta mirada no pretendió ser artísticamente vanguardista, ni historicista. Fue directamente hacia lo que tuvo un sentido personal para quien compiló; en muchos casos, se trató de personas y de lo que fue importante en sus propios rumbos. Fue una manera posible, preliminar, de reconstruir ciertas apropiaciones que terminaron siendo fundantes de ciertos gustos, criterios e ideas. Y fue una manera de agradecerlas. En este sentido, la intención fue hacer un mínimo homenaje al trabajo cotidiano de tanta gente que, inventándose un rumbo personal, sin querer o queriendo, convierte lo que toca en arte y al escenario de la ciudad en uno más hermoso (…)

Doc: www.lapulseada.com.ar/85/85-web-La%20Plata_1.rtf

Fuente: http://www.lapulseada.com.ar/85/85_laplata.html

No hay comentarios.:

Publicar un comentario