jueves, 19 de mayo de 2011

Madama Butterfly, un retrato de posguerra

Hoy, Jueves a las 20.30

19.05.2011 | Basada en la versión de G. Puccini, la propuesta del Argentino propone una reflexión sobre la ocupación americana en Japón

Tanto en la presente temporada como en la anterior, la apuesta del Teatro Argentino es acercar la gente a la ópera a partir de precios más accesibles o descuentos a los menores de 25 años de hasta un 90%. Pero esta apertura de la ópera a la gente tiene su correlato también en las puestas, que no ocurren allá lejos y hace tiempo, sino que llevan las historias tradicionales al territorio de los conflictos actuales.

La nueva versión de Madama Butterfly de G. Puccini abandona la comodidad de los preludios del siglo XX para situarse en un territorio literalmente devastado: el Japón del ‘47 después de la Segunda Guerra Mundial, las bombas y bajo el escarnio de la ocupación americana. En ese contexto ocurre la tragedia de la joven quinceañera Cio-Cio-San que toma un claro tinte político, sin necesidad de ser explicitado y bajo una voluntad manifiesta de alcanzar la densidad de los conflictos reales.

Según la observación de la régisseuse de la ópera, Rita Cosentino desde el primer momento intento evitar caer en la estampa tradicional “que por otra parte es una ficción, decidí llevar a cabo la puesta en un contexto que me permitiera hablar del drama real y profundo de los personajes. Por eso está ubicada durante la ocupación americana, entre 1947 y 1952 y con una mirada particular sobre el ambiente en el que Butterfly se movía antes del casamiento del cual se dice muy poco e implicó un trabajo de reconstrucción”. El primer acto de la obra encuentra a la geisha Madama Butterfly ensayando un fragmento de la obra en la que baila, dato que no es menor justo en un momento histórico donde se desvirtuó la profesión, se inventó la denominación “mujeres de confort” y muchas de ellas perseguidas para poder comer pasaron a ser prostitutas.

Por primera vez en el rol de Madama Butterfly, la soprano Daniela Taberning asume que “es un rol complejo desde lo dramático y lo técnico. Como cantante porque es un personaje que no deja de estar presente en el escenario en todo momento y desde lo actoral porque tiene una gran carga dramática que a diferencia de otros no comienza de entrada así sino que se va desarrollando a lo largo de toda la obra. Todo el mundo sabe cómo va a terminar la obra e incluso los personajes que la rodean lo sabe, ella es la única que no. En el primer acto se la puede ver con una inocencia, una frescura y una ilusión que en el segundo acto pierde cruelmente. Y en el final, que vendría ser el tercer acto, todo el mundo termina llorando porque es desgarrador y da mucha impotencia”.

A partir de esta pauta de la obra, junto con la directora de escenas, la soprano trabajó sobre el desafío que encerraba Madame Butterfly: “controlar mi temperamento a lo largo de la obra. En este rol era fundamental darle a cada momento la energía necesaria y dejar fluir cada escena como actriz. Me gusta encarar los roles operísticos desde lo actoral porque pasa mucho que en el canto lírico todo el tiempo estamos pensando en nuestras voces. Y algo que importante de entender es que el manejo de nuestra voz, tiene que ver con el manejo de nuestro cuerpo y eso con el manejo de las emociones, de la cabeza, es una forma de ver al cantante lírico de una manera integral”.

A pesar de que Daniela cuenta actualmente con una amplia experiencia en diversos escenarios como el Teatro Colón, el Teatro Avenida e incluso en el Argentino donde cantó I pagliacci, Don Giovanni, Fausto y la Octava sinfonía de Mahler además de participar en Eugene Onegin en la apertura de la presente temporada, aún conserva la frescura y la búsqueda personal con la que se metió en el mundo de la ópera con tan sólo 19 años. Se formó como Profesora de Música en el instituto Constancio Carmiño de Paraná y luego completó la carrera de música en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón además de una maestría en canto en el Conservatorio Nacional de Atenas. Según la soprano en los comienzos “me llamaba la atención y me molestaba toda la disciplina y la estructura que había alrededor. Comparado con la música popular había muy poca libertad que para alguien joven es algo impresionante. A lo largo de los años fui adquiriendo la disciplina, las costumbres, los métodos y entendí que estaba buenísimo. Aún así conservo la premisa de mantener cierta parte de mí lejos del ambiente, de sus estructuras y convenciones propias de este tipo de arte tan tradicional. El público que viene a vernos tiene la oreja en 20 mil versiones, ellos mismos tienen una puesta en su cabeza de lo que debería ser Butterfly, uno sale al escenario y se encuentra con esa gente, pero está bueno aislarse de lo que debería ser y poder tener una mirada fresca siempre respetando la obra”.

Daniela entiende el lugar que ocupa la tradición en la ópera pero en concordancia con Rita Cosentino también apuesta a esta versión de Butterfly que multiplica el sentido de la tragedia por fuera del conflicto amoroso. Según Taberning esta puesta es diferente y “siempre que se hace una puesta no tradicional, hay polémica, es inevitable. Entiendo que hay gente que no va a estar de acuerdo con algunos de los cambios pero de eso se trata el arte. Hay que entender que a lo largo del tiempo la obra sufre transformaciones porque no es como cuadro que una vez que el artista lo termina que queda colgado en la pared. La ópera es teatro y el teatro no es estático, va sufriendo las transformaciones que sufre la gente que la interpreta”.

Y más en propuestas como estas que se toma la historia tradicional como una bella excusa para pensar el origen de los conflictos que aún hoy se repiten que además de tener clara incidencia en la vida de la gente, tiene precedentes que datan casi de los albores de siglo XX.

Detrás de escena en la ópera
1º Acto: El camarín de la soprano no está lejos de lo que uno se imagina salvo porque no hay fotos de seres queridos en el espejo y menos aún flores. Dos horas antes del ensayo general, no hay tiempo para detenerse en esos detalles aunque probablemente tampoco lo hubo durante el mes de ensayo de la puesta. Daniela Taberning es insultantemente rubia y cuesta creer que pueda transformarse en una geisha. Pero detrás de ella entran con diez minutos de diferencia la maquilladora y una señora con una cabeza en cada mano portando dos pelucas: un tocado y un largo pelo lacio. La soprano se ve en la obligación de disculparse pero lo cierto es que estamos en tiempo de descuento. Fuera del camarín en el angosto pasillo se encuentran Pedro Espinoza y Víctor Torres que le canta el feliz cumpleaños a "Mister Pinkerton." A su lado una señora acomoda las sombrillas en un carro junto a un buda dorado.

2º acto: Desperdigados en la Sala Alberto Ginastera, los familiares de varios figurantes esperan expectantes que se cierre el telón pero el movimiento en la fosa indica que aún falta para el comienzo. De forma repentina se da comienzo, en el escenario aparecen el casamentero Goro, junto al Cónsul y el propio Pinkerton quienes acuerdan el matrimonio con la quinceañera Cio-Cio-San. Tanto en esta escena como en la del casamiento, el foco parece estar centrado en los protagonistas pero a su alrededor se despliega un abanico de situaciones de extremo movimiento y color. Bailarinas, empleados que cuelgan banderas y familiares entran y salen de la escena. No por nada se llama a este acto el de “los figurantes”.

3º acto: Durante el intervalo se redoblan las expectativas para el segundo acto. El sonido de los martillos es inquietante, pero recién cuando se reanuda la función la reconstrucción de la casa de Madama y los suburbios de Nagasaki pagan la apuestas. Sin tanto movimiento y concentrando la tensión en los protagonistas los aplausos espontáneos surgen cuando Madama Butterfly entona"Un bel dí vedremo" pero se van apagando ante la inminencia del dramático final.

Fuente: http://www.elargentino.com/nota-139794-medios-122-Madama-Butterfly-un-retrato-de-posguerra.html

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