viernes, 15 de marzo de 2013

Un género que se mantiene vigente


ESCENARIOS 15/03/13

La vitalidad de la lírica, afirma el autor, parece garantizada por su inagotable riqueza expresiva y por su capacidad de interpelar a un público heterogéneo.

POR MARCELO LOMBARDERO

“Pepita Jiménez”. Puesta de Calixto Bieito en La Plata
Hace poco, mirando un programa de televisión en un canal cultural, vi a un prestigioso director teatral local haciendo un ensayo abierto de una obra de Molière, El enfermo imaginario. En un momento del ensayo, el director hacía referencia a Molière, a Shakespeare y a Brecht como las personas que hicieron avanzar al teatro. Según su visión, esa había sido la fortuna del género, a diferencia de otros que habían quedado anquilosados, como la ópera o el teatro Noh... Se trata de un malentendido lamentablemente bastante generalizado, y que denota una falta de información y, por qué no, también de sensibilidad. Porque, al fin de cuentas, la ópera es un género teatral con una historia en la que el propio Molière jugó su parte: la ópera francesa no sería la misma sin sus colaboraciones con los compositores Lully o, en el caso de El enfermo imaginario, Charpentier.

La ópera, entonces, es un género teatral. Los hay muchos –comedia, drama, varieté, vodevil y tantos más– pero la ópera ofrece posibilidades expresivas propias. Nos interpela hoy porque tiene la capacidad de expresar una problemática desde un punto de vista absolutamente irreal, y esa irrealidad es la que promueve su profundidad. Sus personajes tienen que declarar algo cantando, acompañados por la subjetividad de la música. Esa subjetividad, esa construcción entre música y palabra convierten a ese vínculo en un idioma nuevo en el que confluyen dos lenguajes, el hablado y el musical. Esa capacidad expresiva es única y distinta a la de la palabra sola (ni mejor, ni peor; distinta). Y, en definitiva, cuando el compositor y el poeta son efectivos y talentosos, ambos logran que ese texto que se tiene que narrar posea una profundidad única.

Desde ya, es lícito que alguien no disfrute de la ópera, como hay gente a la que no le gusta el cine francés, las series de televisión o el teatro de prosa. Lo que sí debe lamentarse son los prejuicios o cierto desconocimiento o subestimación del género. Muchos de los avances del teatro, especialmente los tecnológicos, se han dado en el ámbito de la ópera, algo que en los últimos años quedó demostrado. La puesta de Pepita Jiménez de Calixto Bieito, ofrecida en La Plata el año pasado, es un claro ejemplo: no creo que haya habido un espectáculo teatral más novedoso, más moderno, o más movilizador que ese la pasada temporada. Pero lamentablemente, y a causa de estos prejuicios, más allá del público que colmó la sala y la crítica musical que se acercó al Teatro Argentino, para el resto de los especialistas y profesionales teatrales locales el hecho pasó desapercibido.

Bien mirado, la ópera es un género teatral que da la posibilidad al director de escena de tener una capacidad de producción distinta a la que se tiene en un teatro de prosa. Y, además, la posibilidad de explorar un lenguaje que, aunque parece encorsetado por las cuestiones idiomática, histórica y musical, ofrece una gran libertad expresiva. Es decir: en la ópera no es necesaria la inmediatez de la comprensión, porque el tiempo que el espectador se toma en asimilar lo que le está ofreciendo el espectáculo es mayor. En la ópera hay más tiempo para reflexionar.

La relectura de los clásicos, por otra parte, es algo común, tanto en el teatro de prosa como en la ópera. Y esta relectura del pasado nos sirve para contar los problemas propios de la humanidad. No son otros los temas de la ópera: celos, grandeza, valor, amor, pasión, ansias de poder... Y estas relecturas enriquecen a los clásicos y al presente.

Pero, además, se siguen componiendo óperas: y no son el producto de encargos motivados por el esnobismo, sino que se considera que la ópera continúa siendo un medio expresivo importante para decir algunas cosas. Si en el pasado se buscaban referentes literarios o históricos, hoy existen otras fuentes de inspiración. Así, los casos históricos se convierten en hechos periodísticos, como en la ópera de Turnage Anna Nicole, basada en la vida de la conejita de Playboy, o Dr. Atomic de John Adams, centrada alrededor del Proyecto Manhattan. Tampoco faltan las óperas basadas en películas, como Dead Man Walking de Jake Heggie o la que se va a estrenar el año que viene en Madrid basada en Secreto en la montaña. En nuestro país hay proyectos de óperas nuevas, encargadas por el TACEC del Teatro Argentino, la Secretaría de Cultura de la Nación y el CETC del Teatro Colón. Es cierto que hubo una merma en la escritura de óperas hace algunas décadas, producto de la subestimación del género por parte de las vanguardias de los años 60 y 70. Pero esa época parece ya totalmente superada.

Otra consecuencia de entender a la ópera como un género teatral es la exigencia para los cantantes. Hoy, los cantantes líricos son en realidad actores especializados en un género propio, con una preparación y un entrenamiento distinto al de los actores del teatro de prosa, pero que sienten la necesidad de congeniar una buena voz con una buena técnica vocal y un physique de rôle que ya no es algo secundario. La idea de que no importa el físico para hacer un personaje de ópera, y que basta con la voz del cantante, ya no se sostiene. Los cantantes de hoy tienen que tener, además de una buena voz, una buena predisposición, una buena dicción, un entrenamiento actoral y musical de excelencia, conocimientos de idiomas, de estilos y una conducta y un cuidado físico de exigencia extrema, casi como un deportista de alto rendimiento.

Finalmente, creo que es necesario que la ópera interpele a la mayor cantidad de gente posible. Si uno dirige sus esfuerzos únicamente a conformar al público melómano, está condenando al género. La apertura es la que enriquece las miradas. Cuando alguien se sienta a ver una ópera, se prepara para sentir algo que le exige una capacidad de emoción y una sensibilidad muy grandes, porque hay mucho para procesar. Es necesario que esa persona que se dispone a disfrutar del espectáculo no tenga resistencias. Y esto es lo maravilloso de la ópera. No creo que uno necesite estudiar antes de ir a una función, hacer cinco cursos de aproximación o prepararse especialmente. Lo que sí creo es que no debe tener prejuicios. Tiene que ser “libre y tranquilo”, como decía Brecht, para tener la capacidad de percibir todo lo que ofrece un espectáculo operístico: la música, el texto, la escenografía, el vestuario, lo que dicen los personajes, lo que quieren decir, el subtexto...

El peligro es quedarse en la superficialidad: una voz bonita, una orquesta que toca mejor o peor, una escenografía inesperada, un agudo que no llega... nada de eso es importante por sí solo. La ópera, por su necesidad excesiva de producción, es un espectáculo que se construye desde el conjunto: no lo hacen las individualidades. Es una forma de arte que, además de darle trabajo a mucha gente, necesita de la colaboración y la armonía de sus componentes, para que el espectáculo funcione como una muestra colectiva de un esfuerzo mancomunado. Una sociedad que hace ópera es, en definitiva, una sociedad que camina junta.

Marcelo Lombardero es director de escena. Fue director artístico del Teatro Colón y del Teatro Argentino de La Plata.

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