jueves, 2 de marzo de 2006

Patriarca del teatro nacional

JOSE PODESTA

por Juan J. Terry

Don José J. Podestá, don Pepe o Pepino el 88, creador del teatro criollo rioplatense o teatro nacional, es la figura más insigne y representativa de la dramática argentina. Fue un hombre sencillo en su vida familiar, de costumbres austeras, aunque un aventurero audaz y emprendedor en su vida teatral, dotado de fino humor, de una precisa y sutil observación del medio que lo rodeaba y de las costumbres populares. En sus memorias "Medio siglo de farándula" sobresale como un escritor notable y de inspiración poética. El patriarca de nuestro teatro fue un artista apasionado, que desdeñaba la jactancia y la vanidad, un grande que se ganó el afecto y el fervor de los pueblos rioplatenses a los que estuvo permanentemente ligado, y que lo consideraron como el inspirador supremo de su teatro nacional. Estas circunstancias lo llevaron a estar vinculado a La Plata casi desde su fundación, pues hizo su primera visita a la ciudad el 15 de abril de 1884, en ocasión del traslado de los poderes a la nueva capital. Se habían preparado entonces grandes festejos y como la concurrencia era enorme y los hoteles y pensiones escasos, don Pepe tuvo que hospedarse en un banco de la plaza. Recordaba que dio vuelta el traje de Pepino y se lo puso para resguardo de su ropa particular, y que después de prender un buen fuego para templar el aire, que era bastante frío esa noche, tuvo el honor de ser el primer "atorrante" de la moderna ciudad fundada por el Dr. Dardo Rocha, su distinguido amigo, a quien le hizo mucha gracia cuando se enteró de lo ocurrido y lo del "primer atorrante de La Plata".

Don José Juan Podestá había nacido en Montevideo el 6 de octubre de 1858 donde se inició en el circo y en las actividades teatrales, y falleció en nuestra ciudad el 5 de marzo de 1935, en su casona ubicada en los altos del Coliseo Podestá, rodeado de sus hijos y nietos. Sus restos descansan en el mausoleo familiar en el cementerio local.

Las obras que interpretaban los miembros de la compañía de Podestá eran espectáculos que describían momentos no tan lejanos de la vida argentina, donde la observación aguda se entreveraba con el humorismo y la sátira. Ese muestrario gaucho constituía la expresión y síntesis de la vida nativa que se iba desdoblando en un hilo descriptivo, donde se ovilla la tradición del campo argentino. Se incluían anécdotas y recuerdos impregnados siempre de un deseo patriótico por enaltecer las cualidades morales de los habitantes de la campaña y también de la ciudad.

Desde muy niño, don Pepe aprendió a ganarse la vida para ayudar a sus padres y sus hermanos mayores. Era el quinto hijo de nueve hermanos de padres genoveses que se conocieron en Montevideo. Fueron sus hermanos Luis, Jerónimo, Pedro, Juan, Graciana, Antonio, Amadea y Pablo. Desde su domicilio al mar -recuerda- había sólo tres cuadras y hasta los 16 años vivió atraído por esa costa y su abundante pesca. Allí inició sus primeros ejercicios acrobáticos, saltando de piedra en piedra, trepando acantilados, navegando en barcas de pescadores. Su primer contacto con el circo ocurrió en 1872 cuando su padre hizo un viaje a Europa y tuvo libertad para asistir de noche a las funciones de las que de tanto en tanto se ofrecían en Montevideo. Al día siguiente, con otros muchachos ensayaban lo que había visto y poco a poco, ayudándose unos a otros, fueron haciendo combinaciones de ejercicios que mejoraban en la práctica. En 1873 instalaron con esos amigos un circo en una cantera con entrada gratuita. El público los alentaba tirándoles "vintenes" al payaso Rabagliatti, cobres que después se repartían por todos los que daban la función. En el 74 se asociaron con algunos músicos y en 1875 alcanzó a cobrar su primer sueldo.

Su debut como contratado tuvo inquietantes auspicios, ya que debió realizar la misma prueba que le había costado la vida al anterior trapecista. Recuerda que todas las miradas estaban fijas en él, que a su vez creía ver a su ex compañero en el suelo mirándolo aterradamente. "No perdí el aplomo, evoca, tomé las cuerdas, di una vuelta cayendo sentado en el trapecio, para quedar colgado de los pies, y enseguida ponerme de corvas, dar un pequeño balanceo, y acompañando de un grito me largué al suelo cayendo de pie. Así lo hice y una ovación clamorosa y entusiasta recompensó mi trabajo". Su primer sueldo, fue de 25 pesos, casa y comida. Como las finanzas de su buen amigo y director no andaban muy bien, a los seis meses dejó la compañía. Sólo había cobrado 42 pesos.

Con suerte varia a veces fracasos y otras éxitos, el 16 de mayo de 1880 deciden cruzar el río y trabajar en Buenos Aires. La compañía se llamaba entonces Rosso-Podestá y debutó en el Jardín Florida (Florida esquina Paraguay) el 29 del mismo mes. La temporada comenzó con suerte, pero al estallar una revolución, hubo que suspender las funciones por un tiempo en el que aumentaron todos los precios y se gastaron las ganancias. Cuando los partidos políticos se reconciliaron y se firmó la paz, se organizó un festival en el Teatro Colón antiguo a beneficio de las viudas y huérfanos de los batallones enfrentados: Mitre y Sosa. El éxito superó todos los cálculos y hasta fueron premiados con dinero.

Al enterarse del suceso don Pablo Raffetto -que había comenzado junto a ellos en Montevideo- vino a Buenos Aires desde Dolores donde estaba con su compañía y los invitó a comer para conversar en un restaurante de la calle Florida. El se había mandado preparar una docena de huevos fritos. Como don Pepe y sus compañeros habían cenado, Raffetto lamentó, porque había pedido una tallarinada para seis personas, "que se mandó al buche él solo entre charla y vasos de vino".

Formalizaron un arreglo para trabajar por el sud de la Provincia. El Ferrocarril llegaba hasta Azul y de allí se salía en carretones tirados por caballos o bueyes. "En ese tiempo, dice don Pepe, conocí las viejas estancias, miserables ranchos de paja y terrón; en algunas, alrededor del rancho se veía un gran foso con agua para resguardarse de las invasiones de los indios. Las divisiones de los campos se hacían con zanjas que a la vez servían para abrevaderos de la hacienda.

La vida en las carretas, por esos campos desiertos, en medio del frío, lluvia o inundaciones y caminos que eran fangales, es otro de los tantos hitos de aquellos valerosos actores, que cuando llegaban a ver las vías del ferrocarril tenían una alegría tan grande que se arrodillaban y besaban las vías.

Relata don Pepe que después de cumplir los compromisos con Raffetto volvió la compañía a Buenos Aires y de allí a Montevideo para pasar unos días divertidos en el Carnaval. Terminadas las vacaciones, planearon una odisea. Fletaron una balandra grande que los llevó hasta Rosario. Allí por falta de payaso, don Pepe asumió ese rol. Teniendo necesidad de un traje bolsudo de payaso, le encargó a su madre que le confeccionara uno con género de sábanas. Llevaba volados amplios con cintas negras en el cuello y los bolsillos y en la espalda un letrero que decía "El Gran Pepino". Con el tiempo el traje quedó deslucido, con mucho género blanco. Se le ocurrió entonces llenarlo de parches negros. A tal efecto, tomó un viejo levitón de su padre, lo deshizo y doblando un pedazo en cuatro sacó del centro, de un tijeretazo, un parche redondo. De un sólo golpe había hecho cuatro lunares negros y al desdoblar el pedazo de género cortado apareció el número 88 dejado por el corte de los lunares. Se le ocurrió aplicar aquel trozo numérico a la parte posterior del traje y esa noche ante la sorpresa de la misma compañía informaba al público que el payaso era "El Gran Pepino 88". El nombre se popularizó de inmediato y tan conocido se hizo que hasta en las veladas de lotería cuando salía el 88 se cantaba El Gran Pepino.

Lo de Pepino se debió a que cuando empezaron a trabajar con sus hermanos y Alejandro Scotti -después socio y cuñado- hablaban en italiano champurriado. Esa circunstancia italianizó el nombre que después lo acompañaría como otro yo, con tantos triunfos.

La pantomima "Juan Moreira", de Eduardo Gutiérrez, la habían ofrecido con éxito en una función a beneficio del circo de los hermanos Carlo y la volvieron a representar luego en otro beneficio con tal suceso que el circo resultó chico. Después de esta segunda función, al día siguiente por la mañana fue al circo a presenciar los ensayos con los animales. Cuando llegó se encontró con don León Beaupuy, un francés con muchos años en el país, sentado cómodamente viendo cómo los amaestradores enseñaban a las bestias. Don León felicitó a don Pepe por el éxito de la noche anterior, pero Podestá le pidió su opinión. El francés le dijo que había visto muchas pantomimas en Francia y entendía la expresión de la mímica, pero sin embargo había quedado en ayunas en algunos pasajes de la obra. Si esto me pasa a mi, que he visto tanto, qué no sucederá con otros", dijo. Don Pepe le explicó que junto con la mímica se producía el hecho que la hacía comprensible. Don León le sugirió que en vez de hacer los gestos, no decían simplemente, por ejemplo: "Señor, allí está Moreira que quiere hablar con usted, que es más claro y fácil". "En el acto, continúa don Pepe, comprendí el alcance de aquellas palabras". Refirió luego la indicación a los suyos y todos quedaron gratamente sorprendidos. La idea había caído en terreno fértil. El cambio era un poco brusco pero no imposible, y se puso de inmediato a transformar la pantomima en drama hablado. Aquello había ocurrido en Arrecifes, trasladándose luego la compañía a Chivilcoy, donde el 10 de abril (fecha memorable), se estrenó por primera vez el drama criollo hablado. El público habituado a las pantomimas a base de vejigazos y sainetes con finales en el que el garrote de paja resolvía todas las intrigas, halló de buenas a primeras algo que no esperaba, y de sorpresa en sorpresa, pasó al más vivo interés y de éste al entusiasmo y la gran ovación.

Nadie pensó que el alcance de aquella indicación de don León, dice don Pepe, demostraría que tenía entre manos un diamante en bruto, que había que pulirlo para que brillara, y el tiempo se encargó de ello. Se había producido casi sin saberlo, el momento más alto del teatro nacional.

A partir del Moreira se escenificaron una serie de obras con gauchos alzados, payadores y milicos, de autores nacionales que con anterioridad se hallaban a merced de la buena voluntad de los empresarios extranjeros. La mayoría de quienes escribían antes o paralelamente a la aparición de los Podestá, fueron atraídos a esa realidad innegable, al encuentro de estos artistas que hasta hacía poco tiempo daban volteretas en el picadero o piruetas sobre el trapecio. "Calandria", de Martiniano Leguizamón, constituyó después el salto que reveló las enormes posibilidades que existían en estos intérpretes. Luego siguieron "Política casera", de Soria; "Jesús Nazareno", de García Velloso; "Canción trágica", de Payró, hasta llegar a lo que se consideró el toque de nuestra escena: "La piedra del escándalo", de Martín Coronado. Es decir, que todos aquellos autores que tanto habían bregado por un teatro nacional, fueron llegando con su labor para fortificar la obra cada vez más empeñosa y de vastos alcances de los Podestá. Tres autores se van a destacar netamente en esta época; Roberto J. Payró, Gregorio de Laferrere y Florencio Sánchez, considerados como los representantes más valiosos y significativos del ciclo más feliz de la dramática argentina.

Fue don Pepe quien supo dar el alerta para que el arte escénico tuviera personalidad genuina, autóctona, y también el quien alcanzara con acierto a evocar desde el escenario la figura gallarda de nuestro gaucho. Estrella con luz propia del teatro rioplatense, su labor y su talento lo ubican entre los paradigmas de la escena argentina. Su silueta inconfundible, su ademán amplio y su verbo convincente, llenaban el escenario, confundiendo ficción con realidad. Fue un gaucho cabal, altivo y generoso, que prolongaba después de sus actuaciones el clima cordial de los bohemios auténticos. Pasó los últimos años en nuestra ciudad, en ese teatro en el que había confiado todas sus esperanzas, el Politeama Olimpo, rebautizado Coliseo Podestá, trabajando en jornadas intensas y donde mantuvo invariablemente el entusiasmo por la producción de los autores argentinos.

Quien dio su existencia por el teatro, sacrificando su vida, porque sabía que el tablado exige privaciones y él las hizo sin vacilar, se ha convertido hoy en un símbolo. Nunca miró atrás para lamentarse, porque sus ojos estaban en la ilusión de esas rutas infinitas que había transitado, y nunca fue saciada su sed de horizontes, artífice siempre de un nativismo triunfal que abarcó las dos orillas del Plata.

Alcanzó a ver la evolución a lo que podríamos llamar teatro ciudadano, pero el cambio no lo arredró, sabiendo que nuevas motivaciones y problemas acuciaban al hombre de la ciudad, que había reemplazado al Moreira, es decir la figura del gaucho perseguido por la arbitrariedad y la injusticia, por otros personajes y otros avatares. Por eso su figura trasciende su época y llega hasta nosotros siempre renovada.

Fuente: http://www.eldia.com.ar/especiales/proceres/n16.htm

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