martes, 23 de diciembre de 1997

El conflicto copó la temporada de teatro

Balance 97

Tendencia: huelgas y disputas ganaron un protagonismo político que llevó lo estético a un papel de reparto.

Martes 23 de diciembre de 1997 | Publicado en edición impresa LA NACION

El gran escenario de la temporada escénica de 1997 transcurrió más en el Congreso, en los despachos oficiales y en las oficinas de las entidades representativas del sector, que en los teatros mismos.

Así, el año estuvo atravesado por presiones y gestiones, por tensiones y disputas. Lo que estuvo en cuestión fue el gobierno de la actividad teatral, así como también los distintos modelos de producción -el oficial, el comercial, el independiente- entraron en una etapa de redefiniciones.

La sanción de la ley del teatro, la realización de la primera edición del Festival Internacional de Buenos Aires, el largo conflicto que enfrentó a la Asociación Argentina de Actores con la conducción cultural del Gobierno de la Ciudad, la intervención administrativa a los teatros San Martín yAlvear fueron algunos de los hechos salientes de un año en el que los críticos de teatro trabajaron más como cronistas políticos que como comentaristas de espectáculos.

En su informe completo sobre todos los aspectos significativos del año teatral, La Nación incluye un detallado recuento, apoyado por las opiniones -en muchos casos divergentes- de quienes fueron protagonistas o testigos de doce meses agitadísimos Además, la opinión de nuestros críticos sobre cuáles fueron las mejores propuestas de este 1997 que no trajo mayores novedades desde el punto de vista estético, pero del que -de todos modos- se puede rescatar una cantidad de títulos que, de un modo u otro, tuvieron una buena recepción por parte del público, si bien la temporada fue muy floja en cuanto a movimiento de boleterías en el circuito comercial. Así, hay que anotar como dos notas muy salientes la visita del Berliner Ensamble y la calidad de "El vestidor".

Este año, la disputa política subió a escena

La ley de teatro y las pujas presupuestarias en los teatros oficiales signaron un año excepcionalmente agitado para el teatro

Idas y venidas al Congreso Nacional, reclamando que se apruebe la ley de teatro. Paros en los teatros Cervantes, Alvear y San Martín por problemas en los pagos. Debates en la puerta del San Martín para intentar que no se modifique la situación contractual de los actores, bailarines y titiriteros de los elencos y compañías pertenecientes al Gobierno de la Ciudad. Presiones de distinto tipos para lograr mayor presupuesto o que, como ocurre todos los años, el Alvear no deje de estrenar obras a mitad de año porque, una vez más, se quedó sin dinero.

A este listado, el empresario Carlos Rottemberg le agrega el propio:"También se estuvo en el Congreso por la no aplicación del IVA, en la Secretaría de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires por el Festival Internacional o en los despachos de Aguas Argentinas, Edea (empresa que provee de luz a Mar del Plata) o la DGI por un sinfín de problemas. Me la pasé todo el año recorriendo mostradores, discutiendo o haciendo trámites burocráticos".

La pelea del sector (o, mejor dicho, de los distintos sectores) por sostener los espacios de trabajo parece haber sido el eje de esta temporada que está por concluir.

De hecho, el año termina con los teatros Alvear y San Martín intervenidos administrativamente, luego de haber solicitado partidas extraordinarias para poder llegar a fin de año. Y con el Teatro Cervantes que, sólo hace pocos días, pudo anunciar su programación del ´98 porque antes no contaba con el presupuesto necesario para armar esa temporada. "Estoy aprendiendo a hacer lobby, a reunirme con diputados y senadores para pedir más presupuesto. Otra no me queda", afirmaba su director -Osvaldo Dragún- cuando todavía sólo contaba con menos de 200 mil pesos para producir todo el ´98 .
Fuego cruzado

Presiones, huelgas, lobbys, reclamos. Esa pareció, y parece, ser la consigna de un área donde hubo disputas en todas las direcciones. A lo largo de estos doce meses llegaron a esta redacción cartas de directores, dramaturgos o actores que hicieron pública su disconformidad sobre el manejo de los teatros oficiales o sobre el diseño de producción del Festival Internacional de Buenos Aires. Y también, dentro de las mismas instituciones, hubo fuego cruzado, como en el caso de Actores o Argentores.

Desde lugares distintos, gente de teatro reconocida como Ricardo Bartis, Rubén Szuchmacher, Alberto Félix Alberto, Rafael Spregelburd, Oscar Araiz, Soledad Silveyra o Leonor Manso hicieron escuchar sus voces de descontento. Algunos al mismo tiempo que trabajaban en la órbita de lo estatal, como el caso de Félix Alberto; otros, la mayoría, sin representar a nadie más que a sus propias convicciones. En el marco de esta ebullición, uno de los puntos más significativos fue la sanción de la ley de teatro, un anhelo que tardó cincuenta para concretarse. De esa normativa se desprende la creación, en el año que está por comenzar, del Instituto Nacional de Teatro, un organismo que despierta esperanzas.

"Haber logrado la ley de teatro es un real beneficio", sostiene Jorge Rivera López, de la comisión directiva de la Asociación Argentina de Actores, una entidad gremial-recaudadora que, a lo largo de este año, realizó una fuerte presión tanto por los problemas presupuestarios del Cervantes cuanto por los problemas de pagos en las salas del Gobierno de la Ciudad. "La creación del Instituto de Teatro -opina el dramaturgo Mauricio Kartun- hace a la diferencia entre lo que pasó éste año y lo que puede acontecer el próximo. Tenemos que ver cómo nos movemos a partir de ahora."

La actriz y directora Lenor Manso trae una imagen aún más contundente: "En el ´98 vamos a tener que ponermos mucho las zapatillas para ir al Congreso y pedir, exigir que no se recorte el presupuesto. No puede ser que el teatro siga siendo una variable de ajuste. El único modo de que no ocurra así es que sigamos luchando. Evidentemente, los funcionarios están obligados a hacer recortes por presiones de sectores muy poderosos. No hay política cultural ni por parte del gobierno nacional ni desde el Gobierno de la Ciudad".

Desde la órbita de lo estatal, Darío Lopérfido -subsecretario de Cultura de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y director del Festival Internacional- fue una de las figuras que estuvo constantemente en la palestra a la hora de cualquier disputa. En su opinión, "el ´97 fue el año de meter mano y solucionar problemas. Desde el Gobierno de la Ciudad se está haciendo todo lo que se puede con sus propios recursos. Nos pasamos reformulando la estrategia de producción de los teatros oficiales para que rindan mucho más y, de esta forma, optimizar el dinero de los contribuyentes".

De todas maneras, hay -como poco- curiosidad por el papel que pueda jugar el Instituto. "Por lo menos va a ayudar a que nos reunamos los teatristas de todo el país", opina Manso. Y surge un balance de la reflexión de Rivera López: "Toda nuestra lucha ha sido muy positiva, me da la sensación que logramos más eco, más sensibilidad. Con todo esto estamos haciendo una especie de lobby diría que precario. Todavía no tenemos el poder para hacer una gran presión, pero igual ya está dando resultados".

La visión de Rottemberg difiere un tanto de la del representante de Actores: "Todo este ir de un mostrador al otro nos terminó distrayendo. Por otra parte, se habla más de lo que se hace. Creo que hay gente que lo explica todo muy bien, pero después no hace teatro".

Lopérfido también apunta su visión sobre las diversas disputas que atravesaron el año:"Hay mucha queja banal basada en la vanidad. "Es bueno cuando estoy y malo si no estoy", parece ser la consigna. Sí creo que hay otras críticas plenamente justificadas, basadas en un punto central que tiene que ver con la crisis económica y la falta de público. Toda esta situación produjo que la demanda al Estado sea mayor. Lo cierto es que hoy el sector privado casi no existe. Fijate que el Complejo La Plaza no estrenó nada después del suceso de "El vestidor", que tampoco llegó a hacer seis funciones semanales como en los viejos tiempos de los éxitos comerciales".
Espejismos

Sin embargo, no todos los integrantes de la comunidad teatral se suman a la ilusión aglutinante que podría desprenderse de ver actores, directores, productores y autores embanderados por una misma causa. "Es bueno aclarar que la comunidad teatral no existe -opina el director, dramaturgo y actor Alejandro Tantanián-. Cuando varios sectores se hicieron presentes en el Congreso para pelear la ley de teatro, muchos de nosotros no fuimos convocados. Pero me parece bárbaro que alguien salga a defender nuestros derechos. Que se promueva la ley o que se hagan paros en el San Martín o el Alvear es importante. Hay algo detrás de todo esto, algo tiene que pasar."

Para este joven teatrista, el ´97 marcó también la consolidación de un nuevo circuito teatral. "El caso de la tercera temporada de "Máquina Hamlet" no es un hecho aislado: están la gente que fue a ver "Polvo eres", "Reconstrucción del hecho", la segunda temporada de "Criminal", las obras de Paco Giménez y toda esa gente nueva que está escribiendo. Todo eso da cuenta de que algo nuevo está pasando."

Su lugar de reflexión tiene fuertes coincidencias con las de su par Eduardo Pavlovsky. El actor y dramaturgo no duda de que, a lo largo de este año, los actores aprendieron a hacer lobby para defender sus derechos. "Pero, en términos personales, lo que me interesa es la micropolítica, lo que sucede en los bordes, aquello que crece por fuera de la gran escena política. Seguramente, los actores necesiten hacer lobby para no quedar marginados, pero existe otro movimiento relacionado con la juventud. Lo que está más relacionado con lo político no digo que esté mal, pero a mí no me interesa."

A la hora de analizar el lugar que la actualidad le reserva al teatro, Tantanián es contundente:"Es bochornoso. Las políticas oficiales no están acordes con lo que viene sucediendo en la ciudad. Las posibilidades de seguir haciendo teatro son cada vez más limitadas. Algo tiene que pasar, porque hay síntomas de movilización que no había en otros momentos".

El pensamiento de Leonor Manso no difiere en lo esencial: "Esta situación se agudiza en la medida en que nuestro país se empobrece. La filosofía reinante pasa por el dinero. En definitiva, lo que nos espera es un año de lucha". Sin ánimo de hacer futurología, para el empresario Rottenberg "el año que está por comenzar va a ser mejor. Al día de hoy existen más proyectos que hace un año."

Casi con el propósito de ir configurando espacios de debate, presiones y hasta de negociación, Lopérfido ya tiene en agenda dos proyectos que serán tratados durante el año que comienza: la ley de teatro independiente y la de danza, temas que sin duda traerán cola.

Alejandro Cruz

El coro ya no canta

En "Salsa criolla", Pinti entonaba una canción -redonda, pegadiza, hasta bella en su estilo de himno- cuyo latiguillo insiste: "Quedan los artistas". El cómico remataba de ese modo la idea de que, por encima de la suma de horrores acumulados por la historia del mundo, siempre primará la perdurabilidad de las creaciones artísticas. Es más: hasta deslizaba la ilusión de que en esa estela de inmortalidad se habían ganado su lugar los mismísimos creadores. Toda una idealización romántica que los eleva a la órbita de los dioses dotados para generar belleza y para transformar emociones y hasta conciencias de los simples mortales que habitan la Tierra y las butacas.

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Nuestra gente de teatro suele plegarse a toda esa leyenda y es inevitable y hasta comprensible que así ocurra. "Somos gente muy frágil todos los que estamos cerca de un escenario, y prenderse de esa mitología nos deja tranquilos, aunque sea por un rato, con los desfallecimientos propios", decía un veterano maestro de la crítica, incluyéndose en la observación. En la saga de nuestros héroes también se levanta el espejismo de formar parte de un universo sin fisuras cuando se trata de defender el teatro, una de las últimas actividades artesanales sobrevivientes a esta cultura fanatizada por lograr éxitos masivos y seriados.

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Pero 1997 fue un año de acelerados descensos a la densidad de los sucesos mundanos, caracterizados por la puesta en cuestión de todos los modos -el oficial, el comercial, el independiente- de producir teatro: luego de muchas idas y venidas, llegó la sanción de la ley de teatro; se discutió sobre la necesidad o no de hacer el Festival Internacional de Teatro; estalló un largo conflicto con las autoridades culturales del Gobierno de la Ciudad por problemas en los pagos; quedó a la vista que el tema presupuestario oficial incluye además del cuánto el cómo distribuir; y mantuvo salas comerciales sin programación durante largos meses. Que fue un año donde el mapa político del teatro tuvo grandes sacudones, también lo certifica la impresión compartida con otros colegas de que el trabajo de cobertura se desarrolló más en las cercanías de los despachos oficiales, de las oficinas de productores y de las entidades gremiales que deteniéndose a reflexionar sobre lo que ocurría en los escenarios. Atravesados por todas esta cuestiones del gobierno de la actividad, no hubo sordina que funcionara para tapar las diferencias entre los distintos sectores protagonistas y los problemas que estallaron en cada casa.

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Así, la Asociación Argentina de Actores se puso al frente de la protesta contra la política cultural del Gobierno de la Ciudad sólo unos meses después de un traspaso de autoridades, en la entidad gremial, cargado de enrarecimientos contables. El público apoyó masivamente al Festival Internacional de Teatro en medio de críticas de gente del barrio. Los empresarios privados desconfiaron de las declaraciones altisonantes de muchas figuras que salieron a defender la actividad, porque -según los productores- son los primeros en dejarlos de a pie cuando los tientan con el oro de la televisión. Argentores tomó la defensa de sus representados en el cine, mientras vive una situación interna muy compleja en términos de administración económica. Alguna gente del teatro independiente cree que lo único que les importa a los dueños de salas es poder destrabar la ley que les impide venderlas sin construir otro recinto de idénticas características. Y cuando las cosas salen mal, el primer fusible salta por el lado de la menor o mayor cantidad cantidad de estrellitas que el crítico le asignó a un espectáculo.
Justificar a ambos lados
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Probablemente, la conformación del Instituto de Teatro que se desprende de la ley sea el primer gran tema de 1998, asomándose de a poco distintos sectores en puja para ganar posiciones. El olfato indica que todos los cambios y los conflictos no terminaron de eclosionar ni -menos que menos- de decantarse, en un medio en el que todos esos asuntos de alta política inexorablemente terminan mezclados con pequeñas -o grandes, según se mire- cuestiones humanas. No lo olvidemos: la gente de teatro es, además de muchas otras cosas, una familia, con una trama de relaciones que, por su complejidad, equipara a dioses con mortales. Hasta vínculos personales de muchos años quedaron recalentados cuando la escena de la vida teatral les escribió distintos libretos a quienes antes declamaban un mismo himno. Probablemente después del agitado 1997, la canción ya no volverá a ser la misma. Sobre todo porque habrá sonando más de una.

Por Pablo Zunino

Lo mejor para la crítica

* "La irresistible ascención de Arturo Ui", por el Berliner Ensemble. Teatro San Martín, durante el Festival Internacional.

* Opera de Pekín. Teatro Cervantes.

* "Lulú ha desaparecido", creado y dirigido por Alberto Félix Alberto.

* "El vestidor", de Ronald Harwood. Con Federico Luppi y Julio Chávez. Dirección: Miguel Cavia. La Plaza.

* "Polvo eres", de Harold Pinter. Con Ingri Pelicori y Horacio Peña. Dirección: Rubén Szuchmacher. Babilonia.

* "A propósito del tiempo", pieza de Carlos Gorostiza que integró el ciclo Teatro Nuestro. Sala Carlos Carella.

* "La cantante calva", de Ionesco, por la compañía eslovena que dirige Vito Taufer. Teatro Liceo, durante el Festival Internacional.

* "Años difíciles", obra de Roberto Cossa que formó parte del ciclo Teatro Nuestro. Sala Carlos Carella.

* "Final de partida", de Samuel Beckett, por la compañía paulista que dirige Rubens Rusche.

* Trilogía del veraneo", de Carlo Goldoni, en versión y dirección de Daniel Suárez Marzal. Con Verónica Llinás, Lidia Catalano y elenco. Teatro San Martín.

* "La irresistible ascensión de Arturo Ui", por el Berliner Ensemble. Teatro San Martín, durante el Festival Internacional.

* "El vestidor". Con Federico Luppi y Julio Chávez. Teatro La Plaza.

* "Milva canta un nuevo Brecht". Teatro Coliseo, durante el Festival Internacional.

* "Las personas no razonables están en vías de extinción", de Peter Handke. Dirección: Roberto Villanueva. Con José María Monje y elenco. Teatro San Martín.

* "Polvo eres", de Harold Pinter. Con Ingrid Pelicori y Horacio Peña. Babilonia.

* "Martha Stutz", de Javier Daulte. Con Alejandro Urdapilleta y elenco. Dirección. Diego Kogan. Teatro San Martín.

* "Reconstrucción del hecho", de Daniel Veronese y Rafael Spregelburd. Con Andrea Garrote. Dirección: Rubén Szuchmacher. Babilonia.

* "Bar Ada", de Jorge Leyes. Con Catalina Speroni y Diego Peretti, Dirección: Daniel Marcove.Teatro San Martín.

* "Boquitas pintadas", adaptación de la novela de Manuel Puig, de Renata Schussheim y Oscar Araiz. Teatro San Martín.

* "Cocinando con Elisa", de Lucía Laragione. Con Norma Pons y Ana Giovino. Dirección Villanueva Cosse. Teatro del Pueblo.

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=83858

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