domingo, 10 de agosto de 2014

Beatriz Catani: “El actor es como una escultura que ya está”


Beatriz Catani, actriz, directora, autora y profesora de teatro. Sus obras fueron representadas en las principales ciudades del mundo. Su presencia en “El Princesa”, la antigua y mágica sala de diagonal 74


Por MARCELO ORTALE

Se resiste a las fotos y no le gusta ser protagonista. Pero ella está de pie en el pretérito escenario de “La Princesa”, con el fondo negro de los decorados. Es como que no quisiera estar, pero allí está la platense Beatriz Catani –actriz, dramaturga, directora y profesora de teatro- para hablar de su pasión. Primero lo hace con un tono resignado, luego se entusiasma.

Allí está viva su pasión, en ese enigmático edificio de diagonal 74, cerca de la Terminal de ómnibus, donde ella actúa, enseña y dirige, tutelada por la memoria de quien fue su pareja, Quico García, el desaparecido dramaturgo, empresario y dueño del lugar. Un ámbito imantado, mágico, donde aún se escuchan las voces de antiguos marineros envueltos en brumas, de las almas en pena de la Divina Comedia, de todos los hombres y mujeres del teatro que aquí sembraron arte.

“Desde luego que creo en los contenidos ideológicos. Pero mi idea es que la forma en el arte es lo más importante. Godard dijo que la estética es la ética. Uno puede tener un contenido conceptual revolucionario, pero no tiene nada si no hay una forma para expresarlo. Con formas perimidas no se puede hacer nada nuevo”, reflexiona.

El teatro no se escribe, no se hace, exclusivamente con teóricos del teatro, reflexiona Catani. Con sólo Brecht, Artaud o Stanivslasky no alcanza. “Hay que leer también mucha filosofía, a Barthes y mucha literatura... Hay mucho que leer y que aprender. El pensamiento se estimula desde allí, no sólo desde el propio teatro”.

Hija de Eduardo Catani y Nélida Becerra, vivió una infancia cercana a la plaza Belgrano de 13 y 39. Cursó el primario y secundario en el Normal 1 y después se graduó de profesora de historia en la Universidad Nacional de La Plata. “El teatro me interesó desde siempre, pero me parecía casi superfluo, algo banal. Fui joven en la época terrible de la dictadura militar. Por eso estudié historia y me recibí. Pero después, cuando ya tenía dos hijos, descubrí la seriedad del teatro y me puse a estudiar. La primera obra en la que actué fue un cuento de Roberto Fontanarrosa, que se llama Sueño de Barrio”.

Cuenta que aquella inicial formación artística transcurrió en el Teatro del Bosque, marcada por maestros como Ricardo Bartis, Pompeyo Audivert, Daniel Veronese y Ruben Szuchmacher.

Su trayectoria la llevó con el tiempo a inclinarse primero a la dirección y luego a la composición de obras teatrales. Sus obras –Cuerpos abanderados, Ritual Mecánico, Ojos de Ciervo Rumanos, Finales, entre otras que exploran los límites y el alma humana- no sólo fueron representadas en los principales teatros de Buenos Aires y del interior del país.

También se presentaron con éxito en Caracas, Barcelona, Viena, Bonn, Bilbao, Hannover, Montreal, Lisboa, Bruselas, Essen, Madrid, Río de Janeiro, Hannover y otras ciudades del mundo. En ese derrotero obtuvo premios de festivales muy conocidos, a los que concurrió especialmente invitada. Prestigiosos críticos de teatro elogiaron sus trabajos.

La charla transcurre sobre las tablas mudas del Princesa. Un teatro que antes –allá por las décadas del 40 y el 50 fue cine de barrio, cuando se veían tres películas seguidas por función. Y antes que eso fue sede de la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos “Unione e Fratellanza”. Y dicen que , apenas fundada la ciudad, fue también asiento de una logia masónica y de consultorios médicos.

Por su parte, el historiador Sergio Pujol también consigna que “fue el primer salón de baile de tango de La Plata”, hasta que llegó la crisis del 30. Ahora el edificio –con el teatro que aún late adentro, con salas esparcidas aquí y allá- estaría por venderse para levantar allí un complejo habitacional de altura, aún cuando existe en trámite un proyecto legislativo para que sea declarado “patrimonio histórico”.

Lo cierto es que, cuando dejó de ser cine, Quico García compró el inmueble, lo arregló con la colaboración hasta física de gente de teatro, lo acondicionaron durante doce meses de trabajo a pulmón y en 1993 puso en escena “Maluco”, una obra deslumbrante que duró cuatro temporadas a sala llena y cuyo primer actor fue Ricardo “el Mono” Ibarlín.

Al bajar de cartelera “Maluco” –obra que dirigió Quico García- subiría “Canon Perpetuo”, del mismo autor y luego empezarían a representarse las obras de Catani.

¿Usted es más actriz que directora, más directora que autora?

“No lo sé bien...pero estoy apuntando a escribir. Me gusta escribir, cada vez más. Y no sólo escribir teatro, sino también ensayos y poesía. Sí, empecé como actriz y me fui corriendo. Pero haber sido actriz me sirve para pensar una mejor dirección y además ahora me sirve también para escribir. Claro, me olvidé que también soy profesora en la facultad de Bellas Artes, me ocupo en la dirección de actores y doy seminarios sobre dramaturgia”

¿Como directora, se irrita con los actores cuando no dan en el papel?

“Mi relación es siempre de afecto, pero claro que soy firme. Limito los enojos a cuestiones exclusivas del trabajo. El director tiene que tener firmeza. El actor, pienso yo, es como una escultura que ya está, pero uno tiene que descubrir a esa escultura. Uno tiene que encontrarle al actor su propia forma, más allá de que todo actor la lleva dentro suyo. Hay que sacar, más que agregar. En el teatro todo es efímero, la felicidad y el dolor”

Sus obras se presentaron en varios países del mundo...¿Cuál es la tendencia dominante en el teatro contemporáneo? Es decir, ¿puede hablarse de corrientes que influyan más que otras?

“Creo que ahora no existe ninguna corriente. Todo se encuentra atomizado. Como dijo Josefina Litner, acá prevalece este criterio: cada loco con su tema... La moda mundial sería que cada uno haga lo que quiera”

¿Con quienes ha trabajado más y mejor?

“En La Plata con actores que, a la vez, son investigadores. Me refiero a Juan Manuel Unzaga o a Germán Retola. Como docente he formado a varios, entre los que puedo nombrar a Matías Vértiz, Jazmín García Sathicq, Julieta Ranno, Amelia Pena. Y yo me formé o estuve cerca en estos años con Graciela Martínez Christian, Adrián Ercoli, Julia Domínguez y Luciana Lima. Realmente hay muchos, pero estos siguen trabajando conmigo”.

¿Qué necesita el teatro, en nuestro país, como fenómeno cultural?1

“Necesita mayor apoyo. En el orden nacional tenemos al Instituto del Teatro, que está haciendo algo importante. En la Provincia falta apoyo”

¿Usted está de acuerdo con que La Plata tiene o ha tenido público para el cine y para la ópera, pero no para el teatro?

“No, no estoy de acuerdo. Creo que no ha existido tanto público para el cine... además creo que nosotros –especialmente la gente de teatro- sufrimos la cercanía de Buenos Aires, cuya actividad teatral es impresionante. Buenos Aires es una gran ciudad mundial para el teatro y nosotros estamos demasiado cerca. No disponemos de la suficiente autonomía con que cuentan Rosario o Córdoba”

El panorama que muestra no sería halagador para el teatro platense...

“Depende. Debe señalarse que en nuestra ciudad existen muchos elencos independientes, que hay muchas salas en la ciudad. Creo que la actividad es muy abundante. Acaso lo que falte es una dosis de mayor rigurosidad, aún cuando tampoco podemos afirmar que en la ciudad de Buenos Aires todo lo que se presenta es tan bueno o riguroso”.

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Catani sigue escribiendo, sin perder de vista su polifuncionalidad. Terminará con el punto final del último acto y ya estará dirigiendo a los actores, buscándoles la “escultura”, sacándoles lo que sobra. Sobre ella pesan las enormes influencias de Shakespeare, de Godard, de Brecht, de Grotowsky, pero también lee todo y sobre todo se nutre de la deshilachada realidad, siempre presente y siempre futura. Detrás de ella se ven esparcidos en el escenario maniquíes de obras olvidadas, cuadros colgados, micrófonos en desuso, un libreto del Dante encuadernado en negro, máquinas cardadoras de lana y mascarones náufragos de alguna escena de “Maluco”.

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