Drama
Veronese vuelve a emocionar con su propia mirada de un Chejov
Sábado 23 de julio de 2011 | Publicado en edición impresa
Texto y dirección: Daniel Veronese. Con: Claudio Da Passano, Maria Figueras, Berta Gagliano, Ana Garibaldi, Fernan Miras, Osmar Nuñez, Maria Onetto, Carlos Portaluppi, Roly Serrano y Marcelo Subiotto. Escenografía: Alberto Negrin. Iluminación: D. Veronese y Sebastian Blutrach. Sala: Teatro San Martin. Duración: 90 minutos.
Nuestra opinión: muy buena
Daniel Veronese es desde hace ya bastante tiempo figura central del universo teatral argentino y porteño en particular. Es fácil comprobarlo viendo la cantidad de obras, de su autoría o de otros dramaturgos, que dirige cada año. Formado como titiritero e impulsor principal durante una década y media de ese extraordinario conjunto que fue El Periférico de Objetos, Veronese se ha dedicado en los últimos años a la tarea casi exclusiva de dirigir teatro, actividad que desde luego no ha descartado la autoral, pero subsumiéndola de alguna manera.
Es como si el rol del director hubiera triunfado en su perspectiva creativa. No la de cualquier director, por supuesto, sino la de aquel que ha transitado con talento el camino de la autoría, pero descubriendo en la simultaneidad de sus funciones que el secreto de la verdadera renovación escénica depende más del realizador del espectáculo que del dramaturgo, un tema polémico en el que no está todo dicho ni hay verdades absolutas, pero al que él aportó atractivas ideas en una práctica artística que ha sido innovadora de nuestra realidad teatral.
Esta convicción de Veronese se ha notado con decidida claridad y eficacia en años recientes en los trabajos de recreación de textos de Chejov e Ibsen. Allí, sus certezas sobre la importancia de los ritmos en la puesta, los modos de actuación, el papel del lenguaje en la recepción y la necesidad de contemporanizarlo, las elecciones del espacio escénico y otros recursos de la llamada teatralidad se despliegan con total destreza y contundencia. No tanto, en cambio, cuando opera sobre textos que no puede modificar con máxima libertad, como ha ocurrido en dos direcciones suyas recientes de obras de Arthur Miller y Tennessee Williams.
Los hijos se han dormido , reescritura libre de La gaviota , es un nuevo ejemplo de esa habilidad suya para avanzar en plenitud sobre todos aquellos aspectos de una obra que requieren ser cambiados en una puesta actual. Se eliminan personajes poco útiles, se modifican diálogos, se alteran situaciones. ¿Qué queda de todo eso? ¿Chejov? Sí, queda lo esencial del autor ruso: su mirada sobre la fragilidad de la condición humana, los duros desencuentros entre el deseo y la vida que sacude a sus criaturas, su humor, su melancolía, todo lo que en una versión más clásica, más "rusificada" y de época, nos conmovía también. ¿Quién no recuerda a ese Chejov en el cine de Nikita Mijalkov o acá en algunas de sus puestas históricas?
¿Cuál es la diferencia? Que, al lado de Chejov, aparece también la voz del autor-director, transfiriéndole al texto una impronta propia, en la que se incluye esa cercanía que permite verlo bajo un cristal de nuestros días. En esa sensación de estar frente a una proximidad más cotidiana influye sobremanera el magnífico elenco elegido por Veronese para afrontar este desafío. Es difícil elegir un solo nombre para destacarlo por sobre los demás. Están todos muy bien, cada uno en lo que le corresponde. Ese es otro gran mérito del director: sable elegir a sus intérpretes y los lleva a expresar, dentro de sus personales características, lo mejor que tienen de ellos. De la escenografía de Negrín habría que decir que responde con idoneidad a esta idea de ámbito único, aquí un poco más enriquecida que en anteriores puestas, que le gusta usar al director para reproducir en sus propios tiempos la reelaboración de los textos que aborda.
Alberto Catena
Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1391605-los-hijos-se-han-dormido
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