lunes, 22 de septiembre de 2014

La traviata subió en una lograda producción de la Opera platense.

CRITICA


Acto I Violetta (Blancke-Biggs) y Alfredo (Schmunk)/GENT. TEATRO ARGENTINO

Federico Monjeau

Con la realización de La traviata, la ópera que en agosto de 2013 iba a reabrir la temporada lírica del Argentino después de un larguísimo período de zozobra, la Opera platense de alguna forma parece haber amortizado, cuanto menos, el trabajo realizado para aquel frustrado estreno por los cuerpos Estables del Argentino.

Fuera de la orquesta y el coro, todo ha cambiado en esta nueva producción: la régie, la dirección musical, el elenco. La puesta en escena de Willy Landin (también responsable de la escenografía y el vestuario) no se plantea un traslado de la acción a los fogueados días del Mayo francés, como era el proyecto de Gustavo Tambascio, sino que trabaja principalmente en la reelaboración de un interior atemporal, onírico; un interior fantasioso, con significativos juegos de escala. El espacio principal en el que transcurren con eficacia los tres actos es una curiosa plataforma mezcla de cama matrimonial, cómoda y living. Entre los objetos de la escena hay, por ejemplo, una cartera de mujer de tres metros de largo por dos de ancho, o algo aproximado. No hay el menor atisbo de realismo.

El rol protagónico está ahora a cargo de la soprano estadounidense Elizabeth Blancke-Biggs, dueña de un poderosísimo caudal y de coloraturas impactantes. Una cantante muy sólida, sin duda, aunque el rol de la frágil Violetta tal vez no sea el más indicado para ella. Es difícil decidir si el problema es vocal o es expresivo, pero su composición del personaje no alcanza intimidad. Violetta está sin embargo expresivamente acompañada en los dos principales roles masculinos: Alfredo, por el sólido y pasional Darío Schmunck, y Giorgio Germont, en una sobria y conmovedora interpretación del barítono Omar Carrión. El reparto se completa con las convincentes actuaciones de Eugenia Fuente como Flora, Sebastián Angulegui como el Barón Douphol, Patricio Oliveira como Gastón, Roxana Deviggiano como Annina, Sebastián Sorarrain como Marqués D’Obigny, Mauricio Thibaud como el Dr. Grenville, Carlos Iaquinta como Giuseppe, Leonardo Flora como el criado de Flora y Felipe Carelli como Mensajero, a lo que debe sumarse un excelente desempeño del Coro Estable dirigido por Hernán Sánchez Arteaga.

La Orquesta sonó ágil y bien afiatada bajo la batuta de Carlos Vieu, tanto en los pasajes de conjunto como en los solistas (entre otros, el bellísimo solo de clarinete del acto II). Las dos o tres ocasiones en que los niveles dinámicos de la orquesta ahogaron un poco las voces no empañaron un alto rendimiento general.

Es cierto que entre aquella frustrada Traviata de agosto de 2013 y esta lograda producción de la ópera de Verdi han pasado algunas otras cosas en la Opera Platense, además por supuesto de los actos del kirchnerismo o del omnipresente y a la vez misterioso peronismo bonaerense. Pero con el Argentino es como el cuento del lobo: es difícil creer que algo ocurrirá, aunque de tanto en tanto algo ocurre. Lo notable es como a pesar de los largos períodos de parálisis artística hay una reserva extraordinaria. Esta Traviata lo demuestra una vez más. Ojalá ocurra lo mismo con Tosca de Puccini. El Teatro anuncia una nueva producción para la última semana de noviembre, aunque sin precisiones en cuanto a dirección y elencos.

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