domingo, 22 de junio de 2014

Isabel Sarli: "No se puede defraudar al público"

22.06.2014 | entrevista a Isabel "la Coca" Sarli

La actriz repasa su carrera como "mujer deseada" y confiesa que luego de filmar se encerraba en su casa por su gran timidez.

Por: 
Sebastián Feijoo

Hubo un tiempo que no fue hermoso y en el que mucho menos éramos libres de verdad. El grueso de la producción cinematográfica de Armando Bo e Isabel Sarli se desarrolló mientras la Argentina sufría diversos maltratos a la voluntad popular. Desde democracias tuteladas y manchadas por proscripciones a dictaduras menos o más asesinas. Lo aceptable socialmente también estaba marcado por la moralina de las supuestas buenas costumbres y el pacaterismo berreta. Lo sexual era una cuestión exhibida en el teatro de revistas –con formas más ampulosas que concretas– o en los cabarets. Pero lentamente la hipocresía comenzó a encontrar sus rajaduras. Mientras los desnudos y el erotismo ya habían comenzado su carreteo en el cine europeo, Bo le dio vida a un imaginario alimentado de pulsiones más primales que hedonísticas, donde la exuberancia y cierta inocencia conformaban un ineludible objeto de deseo que asumía el centro de la escena. Su musa, esposa y fetiche fue Isabel "la Coca" Sarli. La Coca le ganó al paso del tiempo e incluso a las películas que protagonizó: hoy pocos vieron o recuerdan con exactitud sus films, pero su figura –traducida en fantasías, realidades y/o una suerte de memoria emotiva– se instaló definitivamente en el universo popular argentino.

Después de casi cuatro décadas de sus películas más emblemáticas, Sarli mantiene su entusiasmo y una memoria precisa. "Soy una persona mayor ya, sigo siendo tímida aunque muchos no lo crean, y no me gusta que me digan señora. Prefiero Isabel o Coca", aclara. Más allá de los dotes que marcaron a fuego la mente y las palmas de generaciones, su tono entre campechano y elegante –aunque firme si la situación así lo exige– siguen generando una natural empatía. Quizás la obra de Bo y por consiguiente la mayor parte de la vida actoral de Sarli no resistan de la mejor manera un análisis exhaustivo en términos cinéfilos –seguramente al propio Bo no le hubiera interesado demasiado–. Pero nadie podrá sacarle a Sarli su estatura de ícono. "Yo me quedo con el cariño de la gente. Me lo hacen sentir siempre que salgo y eso es impagable", confiesa. 

La vida de Sarli no fue nada sencilla. Su padre abandonó a su familia cuando era muy chica, su hermano murió a los cinco años y su madre debió trabajar de madre y padre en un contexto social adverso. Creyó que siendo secretaria podría ayudar a mitigar las dificultades económicas de su casa. Estudió taquigrafía, máquina e inglés. Pero su belleza y ostentosas curvas le abrieron otros caminos más prósperos. Fue modelo, en 1955 la coronaron Miss Argentina y su vida terminó de cambiar para siempre cuando conoció a Armando Bó. "¿Se me entiende bien? Estoy con un poco de dolor de garganta. Sufro bastante de los bronquios a consecuencia de tanto fríos que pasé en las películas. Sobre todo con las que hice en el sur. Hice cinco en la Patagonia y casi siempre me tocaba el invierno. Me desmayé más de una vez y me tenían que dar codeína para que me recuperara. Así que se imagina los fríos que yo aguanté", se disculpa con una coquetería plenamente femenina. Inmediatamente pone orden en su casa: "Pirata, ¡¡¡callate!!!" Perdón. Se alborotó uno de los perros porque escuchó un ruido. Digamé, m'hijo".

–¿Ser actriz era su sueño?

–Para nada. Yo me había preparado para ser secretaria. Después vino el modelaje, el título de Miss Argentina en el '55 y los viajes. Pero lo determinante fue que me encontrara  Armando. Él buscaba una muchacha para trabajar en la película El trueno entre las hojas (1956), con libro de (Augusto) Roa Bastos. Tenía que nadar desnuda en un río. Conocí a Armando el 9 de julio del '56 y a fines de ese año ya estábamos rodando en un obraje en la selva paraguaya. Duró bastante la filmación, más de dos meses. Eran lugares muy inhóspitos.

–¿Cuándo se enamoró de él?

–Casi desde el comienzo. Fuimos muy felices. Los 26 años que estuvimos juntos. Y ahora van a hacer 33 que se fue. Conjugo todos los tiempos: lo quise, lo quiero y lo querré. Fue un gran hombre, un gran compañero, el padre que no tuve, el hermano que perdí. Todo. Y era muy querido por sus compañeros y por el equipo de filmación. Era un hombre de bien.

–¿Que película la dejó más feliz de todas las que hicieron juntos?

–Hicimos muchas. Pero no tengo dudas de que la que más me gusta es una de las primeras: La burrerita de Ypacaraí (1962). También era la que  más le gustaba a mi madre. Era la historia de una mujer que vendía mercancías por las calles de Asunción (Paraguay). Recibió un premio por la fotografía en colores. Incluye diez canciones de Luis Alberto del Paraná. Tiene paisajes muy hermosos, la música… es una película simplona, pero divertida. 

–¿Alguna vez le dijo a Armando que quería hacer otro tipo de papeles?

–Siempre hice ese tipo de mujer deseada. Los argumentos eran simples: un problema social, paisajes, música y algún desnudito (risas). Armando lo decía muy claro: "La gente espera que su equipo de fútbol gane, que Palito Ortega cante y que vos te bañes en alguna escena (risas). No se puede defraudar al público. 

–¿Le resultaba difícil el tema de los desnudos? En aquellos tiempos no era una costumbre tan extendida como hoy.

–Al principio sí. Y después de que estrenaban la película no quería salir de mi casa. Soy una persona tímida hasta el día de hoy. La de las películas es la Isabel de Armando. Yo soy como me crió mamá: muy de casa, muy recatada, muy a la antigua. Dicen que los tímidos son extremistas, quizás yo lo he sido (risas). En las primeras películas la gente se sorprendía mucho. Incluso las mujeres no iban a verlas. Pero con el tiempo todos lo tomamos con mucha naturalidad. Y el cariño de la gente no tardó en llegar. Hoy en día en televisión se habla de sexo y hay desnudos a casi cualquier hora.

–¿Sin Armando perdió el interés por el cine? 

–Cuando falleció Armando yo me quería morir con él. Permanecí 15 años muy retraída y encerrada. Caí en coma y me atacó un tumor en la cabeza del que me salvó el doctor Raúl Matera. Eso fue en el '92. Después un muy amigo, Néstor Romano, un gran periodista argentino que falleció hace años, me dijo que (Jorge) Polaco quería hacer una película conmigo. Por entonces (Leonardo) Favio me buscaba para un especial de TV sobre la censura. Decidí hacer La dama regresa (1996) con Polaco. Mi última película fue Mis días con Gloria (2010). La filmamos con (Juan José) Jusid en San Luis. Participaron Luis Luque, Nicolás Repetto y mi hija (Isabel "Coqui" Sarli). Antes había hecho alguna otra película, pero sin Armando siempre me resultó y me resulta muy difícil. En su momento me ofrecían trabajo los directores más importantes de la Argentina. También me ofrecieron contratos para irme a Inglaterra, EE UU y México. Pero siempre me quedé por mi país, por mi madre y por Armando. 

–Sus películas tenían mucha demanda en el exterior. 

–Llegaban a todos lados. Primero las distribuían los mexicanos y después la Columbia. Hemos ido tres veces a estrenos en Japón, dos en Australia, dos en Manila (Filipinas). También viajamos con nuestro cine por Latinoamérica y Europa. Con el tiempo también me llegaron reconocimientos al trabajo realizado en Guadalajara (México) y Huelva (España). Hace poco Cristina (Fernández) me nombró embajadora cultural y le estoy muy agradecida.

–¿Usted participaba en la producción de las películas?

–Sí. Armando era el encargado de todo lo artístico y yo ayudaba en la otra parte: en los números. Tenía mi máquina de escribir portátil y hacía todos los contratos y preparaba los recibos de sueldo cada semana. En el sindicato de técnicos me conocían bien. Nunca tuvimos ningún problema.

–Los problemas venían del lado de la censura y la Triple A.

–Claro. Esos nunca nos dejaron en paz. Ramiro de la Fuente, Miguel Paulino Tato y gente de la Iglesia, como Monseñor Plaza, nunca nos dejaron en paz. La locura de la Triple A nos generó amenazas de todo tipo. Fue una vida con muchos sinsabores para él por estos motivos. Pero siempre luchó y jamás se detuvo. Afortunadamente ahora se viven tiempos muy distintos.  «


Salvajismo y deseo


Por Gustavo J. Castagna (*)

Pasaron juntos un cuarto de siglo, hicieron 27 películas, fueron censurados y perseguidos y recorrieron el mundo con una obra única y esencialmente argentina. Hay varias maneras de comprender los films de Armando Bo e Isabel Sarli. Por un lado, desde el par de generaciones de espectadores en un país censurado, con la testosterona brotando por los poros debido a las docenas de desnudos de la Coca en la ducha (con agua caliente o fría), en la nieve patagónica o en un cabaret kitsch. 

Por el otro, desde la revalorización, surgida en los últimos años, donde su cine es analizado por su estética "camp" teñida de lectura religiosa y moralista e invadida por mensajes edificantes que preveía la llegada del terrateniente que rescataba a la diva maltratada, ninfómana, ingenua, con el sexo a flor de piel. Y existe una tercera posibilidad: tomar distancia de los recuerdos de una adolescencia prohibida de colegio religioso y desovillar de qué se trata la filmografía de la dupla. 

Al principio Bo continúa la tradición del cine social del período clásico sumando a esas películas iniciales (El trueno entre las hojas; Sabaleros; La tentación desnuda) el cuerpo deseado desde la mirada del otro (del personaje y del espectador) que oscila entre historias de explotadores y explotados y la atracción que exuda esa joven morocha de flequillo y tetas imponentes. El corte estético será entre las reses de Carne donde el cuerpo ya se exhibe en plenitud para el espectador-voyeur, y para el personaje-mirón que suelta su salvajismo casi siempre primitivo. 

De allí en más las variantes serán pocas: Bó filma menos y utiliza imágenes de otras películas, el montaje se hace caótico, los textos provocan incredulidad y las historias descansan en los desnudos de Isabel, mutilados o no, bajo gobiernos democráticos o de facto. Por eso, cuando se habla de las películas de Bo & Sarli se impone el profuso y delirante anecdotario de la pareja por encima de los argumentos de sus 27 películas. Eso sí, queda el mito, aquel donde casi siempre un buen salvaje de ficción salvaba del averno a esa mujer deseada y codiciada. 

(*) Crítico de Tiempo Argentino.


"No me había planteado ser actriz"

Isabel "Coqui" Sarli es la hija de la Coca. Desarrolló su vida por fuera de los sets de filmación hasta que llegó una oferta que no pudo rechazar y en 2011 debutó en la película Mis días con Gloria.
"Nunca me había planteado ser actriz. No me llamaba la atención. Era secretaria y después me metí en el modelaje. En las campañas publicitarias de gráfica es donde me siento más cómoda. Pero nunca digo 'no' si me llega otra propuesta interesante para el cine", detalla.
Coqui también acompaña a su madre en la reciente campaña publicitaria del Banco Provincia que multiplica la mítica frase "qué pretende usted de mí".


{Perón}

Nada de galgos
Hace un par de semanas diversos medios de Internet reprodujeron unas supuestas declaraciones de Sarli: "Perón me tiró los galgos." Como suele suceder en estos casos, la frase/título se multiplicó por las redes y provocó comentarios de diversa índole.

"Que bueno que me lo preguntás –aclara–. ¡Eso es un disparate! Me he hecho tanta mala sangre. Que irrespetuoso el que puso eso. Perón era un gran hombre. Muy correcto. ¡Como mienten! Y si inventan eso que yo jamás dije, ¿cuántas otras cosas más graves que no son ciertas publican algunos periodistas? No puede ser. Conocí a Perón cuando era Miss Argentina y me trató con muchísimo respeto. Me dijo que representaba a más de 20 embajadores porque era un símbolo de la belleza argentina y la hermandad entre los pueblos."


El director y su musa
Armando Bo y La Cosa Sarli estuvieron 26 años juntos y rodaron casi 30 películas. "Fuimos muy felices", describe Sarli sobre su gran amor. Y revela: "El me decía: 'La gente espera que su equipo de fútbol gane, que Palito Ortega cante y que vos te bañes en alguna escena'."

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