martes, 1 de abril de 2014

“MALAFEMMENA”: Todo menos indiferencia

ESCENA DE “MALAFEMMENA”, EN VERSIÓN DE CLAUDIO RODRIGO

“Malafemmena”, de Laura Coton. Intérpretes: Diego Aroza, Ricardo Ibarlín. Vestuario: Magalí Salvatore. Escenografía: Catalina Oliva. Realización escenográfica: Gabi Díaz, Pablo de la Fuente. Iluminación: Gabi Díaz-Claudio Rodrigo. Diseño audiovisual: Gabriel Gianinni. Diseño gráfico: Pilar Platzeck. Dirección General: Claudio Rodrigo. Espacio 44,
44 entre 4 y 5. Por Irene Bianchi

“Tú eres la más bella mujer, te quiero y te odio, ya no te puedo olvidar”, dice la letra de “Malafemmena”, canción napolitana escrita por Totó (Antonio De Curtis) en 1951, título que Laura Coton tomó prestado para su obra.

Un cura, “Pasquale” (Ricardo Ibarlín) y su sacristán, “Silvestro” (Diego Aroza), viven en una modesta parroquia de barrio, y reciben la visita nada menos que de Ella, Eva Perón, en 1949, personaje alrededor del cual gira la pieza, aunque nunca aparezca en escena. Es sabido que la figura de Eva despertó (y aún despierta) amores y odios, igualmente intensos. Para unos era “la Santa”; “la yegua” para otros, los mismos que escribirían en las paredes “Viva el cáncer” tras su temprana muerte.

Esa misma dicotomía despierta Eva en ambos personajes. Silvestro, que sin conocerla la desprecia, se enamora perdidamente al verla por primera vez. Pasquale, en cambio, más abierto y tolerante en un principio, tiene sus reservas tras ese encuentro, y la califica de tirana autoritaria. Bien sabido es que Eva Perón producía cualquier cosa menos indiferencia.

Lo más interesante de la obra de Laura Coton es el énfasis que pone la autora en el vínculo entre estos dos amigos de toda la vida, inmigrantes italianos que habían transitado un largo camino, hermanados por las circunstancias. Eva es tan sólo un disparador. ¿Cómo impacta en ellos la aparición de esta imponente mujer? ¿En qué modifica su amistad? ¿Qué sentimientos encontrados les genera? ¿De qué manera los enfrenta? ¿Qué los acerca?

Ni hablar tras el segundo encuentro, inesperado esta vez, en el que una Eva frágil y enferma, acude a la parroquia en busca de un milagro que la salve. Silvestre le había hecho albergar falsas expectativas en sus cartas, movido seguramente por el amor que le despertaba “su rubia”. Esta es una Eva más humana, vulnerable, asustada, alejada de su rol de Primera Dama fuerte y carismática.

La puesta de Claudio Rodrigo es muy intimista. Subraya el conflicto interno que sufren los protagonistas, sus dudas, sus dilemas éticos, su desasosiego, su impotencia. El personaje de Diego Aroza es el más jugoso, por sus transiciones y matices: lleva el ritmo de las escenas. El Pasquale de Ricardo Ibarlín, más taciturno, reservado y parco, logra un contrapunto que equilibra la relación dialéctica entre ambos. Es casi un padre aplomado, que baja a tierra y aconseja a su impulsivo hijo adolescente.

Creemos que, como cierre, la proyección del entierro de Evita habría sido un final más impactante y conmovedor que las imágenes elegidas.

“Malafemmena”: interesante reflexión en una época como ésta, también dolorosamente signada por divisiones y enfrentamientos ideológicos.

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