sábado, 12 de abril de 2014

Alfredo Alcón: El hombre que actuó para conmover

El teatro perdió ayer a uno de sus máximos referentes. Arriba y abajo del escenario fue un ejemplo de coherencia, entrega y pasión por su oficio.

Por: Mercedes Méndez
Tiempo Argentino

Cuando era chico, Alfredo Alcón tuvo una intención teatral que buscó recrear durante toda su vida. Su mamá, contó, era devota de la virgen. Tenía un lugar especial donde le rezaba, encendía velas y le colocaba rosarios. Un día, él tiró la escultura contra una pared y la partió. Tenía la ilusión de que en ese gesto se abrirían los cielos, quería lograr la conmoción, un concepto que se volvió su brújula: entender la actuación como la búsqueda de lo inesperado.

Alcón murió ayer, a los 84 años, en su casa de Barrio Norte, acompañado por sus amigos actores más cercanos, que eran muchos. Todos los que compartieron algún momento de la vida con él repitieron el mismo concepto: sólo pudo superar como persona lo que él era como actor.

Hijo único de una familia de clase media baja de Ciudadela, Alfredo Alcón se volvió uno de los actores más importantes del país. Tanto, que tuvo que pedir que no lo enaltezcan. "He tenido que pedir por favor que no hagan eso de tratarme como un prócer. Eso me inhibe, me mata", dijo en varias ocasiones y, cada vez que alguien lo elogiaba, él respondía con la más honesta de las incomodidades.

Pero su carrera no arrancó con elogios. Alfredo Félix Alcón Riesco –ese era su nombre completo– nació el 3 de marzo de 1930 en Ciudadela. Fue el hijo único y muy amado de una familia humilde. Tuvo una infancia tranquila, hasta que sufrió el primer golpe: la muerte de su padre cuando tenía cinco años. En ese momento, junto con su mamá se mudó a la casa de los abuelos y arrancó su contacto con los escenarios, ya que su abuela materna lo llevaba con frecuencia al teatro.

También en esa época, comenzó su amor por la lectura. "Mi padrino tenía una biblioteca muy grande, y me prestaba muchos libros, pero obviamente los seleccionaba como para un chico. Así que, en invierno –porque era algo que no podía hacer en el verano–, yo iba con el abrigo y me guardaba todos los libros que podía adentro del sobretodo. Recién cuando llegaba a casa verificaba el botín, y así fue como, a los diez, once años, había leído Así hablaba Zaratustra de Nietzsche, y tenía un flor de malambo en la cabeza. Mi mamá había llegado a leer unas pocas hojas del libro y por poco me quería llevar a que me exorcizaran.

También leí a Shakespeare. La primera vez que me metí en Ricardo III tenía once años. Me acuerdo como si fuera hoy que, cuando iba a buscar a mis amigos del barrio los días de lluvia, como no podíamos salir a jugar a la pelota, nos quedábamos en la cocina de la casa de alguno. Y una de esas tardes les propuse leer algo. Había llevado un libro que todavía no le había devuelto a mi padrino. Y les leí algunos diálogos de Ricardo III. Tan mal no anduvo la cosa porque después eran ellos los que me pedían que les leyera. Entonces ponía voz de malo cuando me parecía que el personaje era malo, y voz de bueno cuando me parecía que el tipo era bueno. Con el tiempo me di cuenta de que las cosas eran más matizadas en la vida: un malo puede tener voz de bueno, y los buenos pueden no ser tanto", contó Alcón, en el libro de entrevistas de la periodista Olga Cosentino.

La primera gran novela que recuerda haber leído entera fue Crimen y castigo, de Dostoievski. "Venía leyendo en el tren, ya estaba oscuro, y justo arribamos a Liniers cuando Raskolnikov está empezando a matar a la vieja. Me tenía que bajar ya pero me parecía que, si cerraba el libro en ese momento, Raskolnikov iba a seguir a los hachazos. Sentí que tenía que pasar esa hoja, conjurar ese crimen de algún modo, así que me bajé corriendo y, en el primer kiosquito en el que había una lámpara, me paré debajo para seguir leyendo hasta que pasara ese momento terrible", decía.



SU PASO POR EL CONSERVATORIO. En 1942, Alcón terminó la escuela primaria y su madre lo inscribió en el colegio industrial, del cual fue muy mal alumno. "Era muy distraído, estaba siempre en otra parte", dijo alguna vez. Cursaba el industrial y las materias técnicas le interesaban poco y nada. Pero un día, su mamá se enteró de que existía una escuela de teatro que era gratis (un dato decisivo) y apareció ante su hijo con el número de inscripción para dar el examen de ingreso. Así, Alcón entró al Conservatorio de Arte Dramático y enseguida despertó el interés del director de la escuela Antonio Cunill Cabanellas. Pero también sufrió ataques, que nunca devolvió: "Las chicas no querían ni subir a hacer los ejercicios escénicos conmigo, porque yo me tentaba enseguida. Era el más chico y estaba más lleno de granos que todos los otros. Una vez, un profesor llamado Pablo Aschiardi estaba leyendo una obra y yo, vaya a saber por qué, me reí. Entonces, el tipo me dijo que estaba en la Argentina un profesor sueco especialista en adolescentes retardados: ¿Por qué no va?, me sugirió, delante de todos", recordó. El, por entonces, estudiante de actuación no respondió y a diferencia de ese profesor, se volvió un hombre imprescindible.

Cuando egresó del conservatorio, Alcón ingresó como locutor a Radio del Estado, donde durante mucho tiempo estuvo leyendo el parte del Mercado de Hacienda, hasta que, de a poco, le empezaron a dar pequeños papeles en el radioteatro. "En Radio Nacional arrancó todo. Entendí que si decía la palabra 'tragedia' no tenía que remarcarla porque la palabra en sí tenía suficiente peso. Aprendí a no exagerar. Fue un lujo estar en ese momento, rodeado de grandes textos y siendo un chico que recién salía del conservatorio", decía.

UNA MUSA. Alcón supo desde muy pequeño que su destino iba a ser estar sobre los escenarios por una mujer, a ella él le adjudica la responsabilidad de decidirse a dedicar su vida a la actuación. "Mis abuelos me habían llevado al teatro a ver a una bailarina andaluza que se llamaba Carmen Amaya. Era baile gitano, y ella tenía una fuerza en las manos, en los pies..., como si pusiera los dedos en el enchufe. Daba miedo verla. Recuerdo que estábamos en un palco y a mí se me dio por mirar hacia abajo: entonces vi que a la gente sentada en la platea parecía que la hubiera agarrado un viento muy fuerte. Tenían un gesto de espanto en la cara... Porque, bueno, Carmen Amaya no era alguien como para ir al teatro a hacer la digestión. Me atrapó literalmente ese estado de concentración tremenda en el que estaban ella y el público. Pensé que estaba pasando algo muy especial, una suerte de conmoción, y que eso era exactamente lo que yo quería lograr con la actuación: producir conmociones", contó.

LA CARRERA PROFESIONAL. En 1952, Alfredo Alcón viajó por primera vez a España, otro país donde fue venerado. En 1953, actuó en la compañía española de Luis Prendes. En el '55, volvió a la Argentina donde debutó en el cine. Junto con Tita Merello protagonizó La Morocha de Ralph Pappier y en El amor nunca muere, de Luis César Amadori. Con porte de galán clásico, Alcón inició en esa época una prolífica carrera en el cine, con más de 40 títulos. 
De forma paralela a su trabajo en el cine, comenzó a actuar en el teatro, un espacio del que se apropió tanto como actor como director. En 1959, tuvo una mítica interpretación junto a María Rosa Gallo en la pieza Recordando con ira, de John Osborne, dirigido por Osvaldo Bonet.

A fuego lento, Alfredo Alcón, un hombre que nació en un barrio periférico (Ciudadela) de un país sudamericano, se volvió un actor shakespereano. Hizo Hamlet dos veces: en 1980, dirigido por Omar Grasso, y en 1997, por Agustín Alezzo. En 1987, protagonizó Ricardo III, y en 2000 La tempestad, en el Teatro San Martín. En 2006, realizó una versión televisiva de Otelo para la Televisión Española y en 2008, otra vez sobre tablas, Rey Lear, una inédita puesta para el teatro comercial dirigida por Rubén Szuchmacher que, desde su estreno, agotó localidades. Decía sobre Shakespeare: "Nunca nadie lo hace tan bien como habría que hacerlo. Por eso sigue, por eso nunca está terminado. Hacer Shakespeare es como un ejercicio de humillación."

Más allá de hacerse cargo de los grandes títulos dramáticos, Alcón fue un hombre de un gran sentido del humor y que disfrutó de hacer comedias. En 1998, se puso una peluca y actuó de abuelo travesti en la película Coen vs. Rossi. Un hecho que siempre agradeció a Adrián Suar por pensar en él para ese rol. Después, en 2010 trabajó con Guillermo Francella en Los reyes de la risa.

Fue Alcón quien pensó en Francella, tras haberlo visto en la sitcom Casados con hijos. Y en ese radar que tenía para detectar a los buenos comediantes, Alcón confesó que le hubiera gustado compartir cartel con Alberto Olmedo. "Me parecía un cómico poético, deslumbrante." Sin embargo, confiesa haber pensado que, tal vez, no hubieran podido congeniar. Olmedo partía de la improvisación y Alcón no: "Hubiera entorpecido su trabajo. Pero tuve mi despedida con él. Era el final de una fiesta con entrega de premios. Tarde, las 3 de la mañana. En un coche negro, con vidrios negros, en el asiento trasero, viajaba Olmedo. El coche se paró, bajó la ventanilla y Olmedo me invitó: '¿No querés venir? Vamos a tomar algo por ahí.' Le dije que no porque era tarde.Olmedo contestó, casi como para sí mismo: 'Claro, vos te cuidás.' Y levantó el vidrio. Y ahí tuve la sensación de la despedida. No un pálpito de la muerte, no una adivinación fatal. Simplemente, una imagen final. El arrepentimiento por esa copa no compartida me durará por siempre."

Además de Shakespeare, Alcón también se apoderó de las palabras de otros grandes autores. Montó las mejores obras de Arthur Miller, hizo a Luigi Pirandello, protagonizó la puesta Homenaje a Ibsen y, en España, trabajó mucho con las obras de Federico García Lorca. En el Teatro San Martín intepretó, además, en 1987, Los caminos de Federico, un recital-espectáculo sobre textos de Lorca, dirigido por Luis Pascual, que fue un sorprendente éxito de público.

Alcón entabló con el San Martín una relación de pertenencia que mantuvo hasta los últimos días de su vida. "Hoy, los técnicos más grandes del teatro estaban llorando en los pasillos", dijo ayer al conocer la noticia de la muerte de Alcón, Alberto Ligaluppi, actual director del Complejo Teatral de Buenos Aires.

El actor afirmaba sobre este emblemático espacio cultural: "Para mí no es un teatro donde he trabajado más o menos. Es algo que me pasó, que me sucedió. Me pasaron cosas allí que me hicieron crecer y me dieron un alimento insustituible. Es como amar a alguien. Es como haber conocido a alguien que tuvo fe en mí, que creyó en mí más que yo mismo, que me regaló un espacio para las miradas más altas."

PRACTICANTE DE LA HUMILDAD. Alfredo Alcón nunca descansó en la trayectoria. "Si yo creyera que sé el oficio sería un estúpido. El que encuentra rápido es porque busca poco. No soy tan idiota para considerarme un actor completo. Cada vez que uno empieza, la experiencia sirve para muy poco. Más te apoyás en la experiencia, más zonzo sos", pensaba. 
En los últimos años de su vida, Alcón elegió personajes que tuvieran que estar sentados porque ya casi no se podía mover. En 2011, actuó en Filosofía de vida, junto a dos de sus grandes amigos, Rodolfo Bebán y Claudia Lapacó, en la que interpretó a un prestigioso filósofo que estaba en silla de ruedas.

En 2013, eligió tal vez a modo de despedida del teatro el texto Final de partida, de Samuel Beckett. La misma obra con la que, con Horacio Roca como partenaire, inauguró el teatro de Alejandra Boero, en 1991. Volvió a hacer Hamm, ese personaje que está inmóvil y ciego. Se despidió así del teatro, del San Martín y de un texto definitivo en su vida. Alcón se fue haciendo una obra que se refiere, entre tantas cosas, al vacío y a la imposibilidad de comunicar. Un tema inevitable del siglo XXI y del que Alcón quiso dar cuenta.

Ayer Alcón se fue, como en un ritual teatral, en su casa, rodeado de amigos, mientras dormía. 
Decía que no le tenía miedo a morir y cada vez que le tocaban ese tema, contaba la misma anécdota: "Una vez iba en un avión a buscar un premio. El avión entró en una zona de tormentas, que se abrían las puertas del portaequipajes, se caían los bolsos. Estaba sentado del lado de la ventana, ví ese infierno de rayos y relámpagos, y pensé: 'Qué muerte más estúpida me viene a tocar.' Sólo lamentaba que me viniera a ocurrir eso por ir a buscar un premio de mierda, que a lo mejor ni me lo daban. Recuerdo que de pronto me vinieron ganas de mear y dije: '¿Encima me voy a morir con ganas de hacer pis?' Me levanté, tardé mucho en llegar al baño y cuando salí una azafata me preguntó adónde iba y le respondí: 'Iba a Río, pero ahora esa es ya una pregunta metafísica.'" «

Reservado pero de grandes afectos

Alfredo Alcón fue un hombre solitario y, salvo excepciones, como la actriz Norma Aleandro con quien vivió en pareja durante seis años, no se le conocieron relaciones personales. Pero una vez se casó: fue en la década del '50, en España, con la actriz española Olinda Freire Rey. Sucedió cuando viajó por primera vez a ese país. Lo poco que se supo de ese matrimonio fue que el casamiento ocurrió en la Iglesia de los Jerónimos, detrás del Museo del Prado, en el mismo lugar donde se casan los reyes. Al poco tiempo, se divorciaron. Después de la convivencia con Norma Aleandro, la actriz se volvió su gran amiga y confidente. Pero, más allá de esa experiencia, Alcón nunca más intentó convivir con alguien. "Me cuesta mucho la rutina, lo cotidiano. Por eso, aunque es mi gran pasión, sigo con miedo a salir a escena. Porque hay que hacerlo todos los días y no hay garantía de que, porque ayer haya salido bien, hoy vuelva a ocurrir lo mismo", decía.

Otra mujer importante en su vida fue la actriz Violeta Antier. Recordaba Alcón: "Ella fue muy amiga mía. Me enseñó a reírme de mí mismo. El poco humor que tengo se lo debo a ella." 

Aplausos

Por sugerencia de la Asociación Argentina de Productores Teatrales, durante las funciones de anoche en los principales teatros del país los actores pidieron al público recordar con un aplauso a Alfredo Alcón, al final de sus espectáculos.

Reconocimientos

Entre muchos otros premios, Alfredo Alcón ganó seis Martín Fierro, tres premios Konex (en la imágen al recibir el Konex de Platino, en 1981, como actor dramático de cine y teatro). Obtuvo cinco ACE durante su carrera y, además el ACE de Oro en 1992, por su trabajo en Final de Partida.

Alcón en los discos

Y ustedes, señores/¿hasta cuándo ultrajarán al que es Gloria/buscarán lo engañoso y amarán lo que es falso? Cierra la voz de Alfredo Alcón aquella maravillosa reescritura de la historia de Judas que hizo Charly García para el disco Tango 4, grabado a dúo con Pedro Aznar en 1991. No fue esa su única grabación junto con Charly García. También participó del disco Alta Fidelidad que el músico realizó con Mercedes Sosa. Alcón enuncia los textos más complejos de la canción. Nunca tendremos raiz/Nunca tendremos hogar/Y sin embargo ya ves/Somos de acá. Dentro de la música también participó de un videoclip junto a Norma Aleandro producido por Los Nocheros en el año 2000 sobre "Canción del adiós" de Horacio Guarany.

"Quisiera que seamos más lúcidos"

Política. "Tenemos una tendencia a destruir. Quisiera que seamos más lúcidos y no nos dejáramos llevar por tanto ruido por tanta maldición. Hay mucho grito, mucho odio y cosas y así no vamos a ningún lado", dijo Alfredo Alcón el año pasado en una última entrevista que dio a Radio América. .

Como artista emblemático de la Argentina, Alfredo Alcón estuvo varias veces en la mira de los dictadores. Su película El santo de la espada fue censurada por Onganía y estuvo en las listas negras de la Triple A durante el gobierno de Isabel Perón. En esa misma época, lo llamaron del Departamento de Policía para decirle que temía 48 horas para irse del país. Alcón se quedó en Buenos Aires viviendo una época difícil, en donde lo dejaron de convocar para algunos espectáculos y tenía policías permanentemente en la puerta de su casa. “Me quedé, a mí este país me dio todo. Si en este país, el hijo de una fabriquera se puede dar el lujo de hacer una obra de Shakespeare en el teatro oficial, es que este país es muy generoso. Durante la dictadura, yo me quedé en el San Martín porque estaba Kive Staiff. Ahí yo pude hacer Hamlet y decir cada noche: 'Algo está podrido en Dinamarca'. La gente lo agradecía, lo vivía como una descarga, una pequeña victoria. El teatro no va a cambiar el mundo, pero ayuda", explicaba.

El actor participó de varias movilizaciones con las Madres de Plaza de Mayo y fue una de las figuras que marchó en reclamo de justicia por la muerte de José Luis Cabezas y hace algunos años grabó un video en homenaje a Carlos Fuentealba. Recordaba sobre esa época: "Me tocó estar al lado de Hebe de Bonafini. Fue una experiencia indescriptible: en un momento la agarré de la mano y lo que sentí, fue poner la mano en el enchufe. La descarga de energía de esa mujer fue impresionante. Las Madres de Plaza de Mayo consiguen que uno se sienta orgulloso de haber nacido en el mismo país que ellas." 

Por la pantalla

Cinco décadas en tele. El último trabajo en televisión abierta fue en Herederos de una venganza, la tira que salió por Pol-Ka en 2011. La primera vez que apareció en la pantalla de un televisor fue dentro del ciclo Noches de teatro en Canal 9, donde en cada emisión se mostraba un clásico del arte dramático. Luego ya en Canal 13, realizó el unitario El Teatro de Alfredo Alcón. 

En la década del 70, la tevé argentina lo vio con Pájaro ángel y La noche del 13, donde puso en escena a través de la pantalla a Hamlet y Yerma. En Canal 9 realizó Crimen y castigo y en el 11, Tres sombreros de copa, Calígula, Recordando con ira, Israfel. En la Argentina, hacia fines de los 80 realizó La única noche y El prontuario del señor K en el entonces ATC y Doble vida para Canal 9. En los 90 no tuvo muchas participaciones en la televisión, excepto su trabajo en Misión rescate de Canal 9 y Por el nombre de dios en Canal 13 junto a Rodrigo de La Serna. También participó de Vulnerables en 2000, Durmiendo con mi jefe en 2003 y Locas de amor, 2004. Su último participación fue Herederos de la venganza. Luego hizo su trabajo para la Televisión Española en la telenovela El Escándalo (1971), Pájaro ángel y El jardín de Venus por la que recibió varios premios en ese país en los 80. 

Suspensión

En el día de ayer el Teatro San Martín resolvió levantar todas sus funciones por duelo.

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