domingo, 15 de diciembre de 2013

Natalia Oreiro: Con los pies en la tierra

omingo 15 de diciembre de 2013 | Publicado en edición impresa

Después de un 2013 de éxito y vértigo, regresa a la paz del campo. Natalia Oreiro da sus razones para celebrar

Por Martín Wain  | LA NACION

Foto: LA NACION / Fernando Gutierrez
Otra persona tendría ojeras. Ella no. Ensayó toda la mañana para su gira por Rusia y Polonia, grabó siete horas de Solamente vos y llegó casi de noche al encuentro con la Revista, en el único hueco libre de su agenda en semanas. Eligió ropa de su propia marca para la producción de fotos y no soltó el teléfono hasta confirmar que su hijo, Merlín, ya estaba en camino. Mientras Margarita Porto la peina y Sebastián Correa la maquilla, Natalia Oreiro (36) dice que está agotada.

Sueña con volver al campo y relajarse en 2014. Su peinadora personal, quien la acompaña desde Muñeca brava, desconfía: levanta las cejas y niega, con un suspiro.

-¿Por qué no me creés?

-Porque sos hiperactiva. No te vas a quedar en el campo.

-Bueno, es un deseo.

Son meses incansables. A fines de 2012, después de grabar en Colombia la segunda temporada de Lynch, una miniserie, y filmar Wakolda en la Patagonia, Oreiro volvió a la música, en un festival de San Petersburgo. Sin descanso comenzó con Solamente vos, su regreso a la TV diaria desde 2007. Acompañó el estreno de Infancia clandestina por muchos países e hizo lo mismo con Wakolda, que la llevó hasta el Festival de Cannes. Promovió la lactancia desde una campaña de Unicef que empapeló las calles. Presentó la segunda temporada de Lynch, filmó la tercera y empezó a ensayar para su retorno a los escenarios rusos. En Solamente vos cantó bastante, porque "viste lo que pasa en las tiras: los personajes tienen muchas curvas y entre las afinidades de Aurora, una era el canto". Entonces cantó. Pero no salía de viaje con su banda desde 2008 y habían pasado años desde el último ensayo juntos.

¿Por qué habías dejado de cantar?

Me considero una actriz que canta, no lo contrario. Y en aquel momento estaba tanto de gira que sentía haberme convertido en algo que no era. Entré en crisis, no quería ser una cantante pop. La pasaba bien, disfrutaba viajar, pero esencialmente no me siento cantante. De hecho empecé en el casting de Un argentino en Nueva York. Me ofrecieron grabar un tema, que sí que sí, y después un disco. Tenía 18 años y dije: obvio. Pero nunca me imaginé que llegaría a cantar con Raffaella Carrà, cero-tres-cero-tres, en la RAI. Ni con María Carey en un festival. Yo decía: no puedo cantar al lado de ella.

¿Cómo lo vivías?

Salía ilesa, porque era más inconsciente que ahora. Pero quería dedicarme a la actuación y no podía. Ese primer disco fue algo inesperado: vendió tres millones de copias y de repente me convertí en una gallina... No era lo que buscaba. Había llegado a los 16 años a Buenos Aires, para ser actriz, y grabé mi primer disco a los 18. Después me convertí en mujer. Y había algo que querían de mí que no me divertía más. Entonces rescindí mi contrato con la compañía, después de tres discos, con uno pendiente. Paré todo un año, en ese año me enamoré, me casé. Necesitaba redescubrirme. Sólo cuando una logra parar puede ver con claridad.

Sus sueños de actriz habían asomado en el living de su casa, del barrio Cerro, Montevideo. Mientras su mamá peluquera atendía a las clientas y escuchaba sus males de amores con la tele encendida, Natalia se miraba en el espejo y se imaginaba Grecia Colmenares o Verónica Castro. Empezó con publicidad, a los 12. Paseaba un perrito en la pantalla frente a chicos que la miraban pasar con un shortcito blanco. Ella pensaba: tranquila, vas con OB. Luego ganó un concurso para súper paquita de Xuxa. El premio era un auto. Lo vendió y con ese dinero comenzó a viajar seguido a Buenos Aires para participar en castings, mientras empezaba a estudiar teatro. En Alta comedia, con Darío Vittori, obtuvo un papel de tres palabras: "Qué lindo espejo", repetía. Hasta que la llamaron para Inconquistable corazón, donde no se conformó con el rol de extra. Empezaba a manejar los hilos. "Había quedado como relleno, de los que movíamos la boca, sin audio, detrás de Pablo Rago y Paola Krum. Yo exageraba los movimientos y otros me preguntaban: ¿qué hacés? Era una loca, ahí atrás, le ponía garra. Me decían que ni me maquillara, pero no les daba bola. Así alguien me va a ver. Y alguien me vio. Un día me dieron letra y firmé un contrato."

Siguieron años maratónicos de pantalla chica: Dulce Ana, 90-60-90 y Ricos y famosos, ya protagonista. Muñeca brava; la música, Sos mi vida, las giras, hasta que quiso dejar de ser la gallina de los discos de oro, devino empresaria de la moda y, sobre todo, decidió pulirse como actriz. Se unió formalmente (o casi) con Ricardo Mollo en la isla de Fernando de Noronha, Brasil -los casó el capitán de un barco- y para siempre (con él, con ambos) cuando nació Merlín Atahualpa, en enero de 2012. En estos años de menos televisión y más vida vegetariana, trabajó mucho en cine, cada vez más en serio. Y cuando parecía que el bebe llegaba con la calma bajo el brazo tuvo un 2013 sobrecargado.

¿Por qué otra vez el vértigo?

Porque soy un poco así: todo o nada. Me gustó el plan de volver a la tele y en estos años ya estaba cantando de nuevo, estudiando cosas, escribiendo. Algunos directores me pidieron que cantara en sus películas, como en Infancia clandestina, un tema de Discépolo. También en Mi primera boda y especialmente en Miss Tacuarembó. Me gusta cantar. Ricardo me decía hagamos algo, siempre me incentivó mucho, pero yo le decía que no era el momento, no sabía qué quería hacer. Experimentaba y siempre me seguían invitando a hacer giras. Hasta que el año pasado acepté ir a ese festival de Rusia para ver qué me pasaba. Después de tres años, pensaba que por ahí me habían olvidado un poco.

¿Te olvidaron?

No, para nada.

"Ni un poquito", dice Margarita, que es parte del equipo histórico que mantiene en las giras. Para los cuatro shows en Rusia y Polonia son veinticuatro personas las que viajan, incluidos doce bailarines, Mollo y el pequeño Merlín, quien acaba de llegar a la entrevista con una remera de Joey Ramone, a upa de la manager de Natalia.

* * *

Otra noche de la semana, otro escenario: Tequila, una disco de Costanera. Oreiro ya ensayó, grabó la tira, probó sonido y está lista para cantar un tema en vivo, como parte de una campaña publicitaria (ver aparte). En el público hay una rusa, Irina Pavlova. Tiene 28 años y decidió vivir en la Argentina por Natalia. "Ella es muy simple, muy de barrio, no ha cambiado con la fama", dice su rubia admiradora en perfecto español. Oriunda de San Petersburgo, se instaló hace tres años en Buenos Aires. "Muchos en mi país conocimos la cultura latina por ella." Irina integra un club de fans y, mientras trabaja en una empresa de turismo, es también corresponsal de www.nataliaoreiro.eu

En un edificio frente a la casa de Oreiro siempre hay rusos como inquilinos. Y todos los días, cinco o seis de ellos la esperan para saludarla. Además de las giras, Natalia vivió tres meses en Moscú. Hizo una miniserie para la televisión local (Mollo compuso una canción). Su personaje empezaba hablando en español y terminaba en ruso.

Si hay que aprender acrobacia en tela, como lo hizo para El deseo, ella practica tres horas por día, durante meses: cuerda indiana, trapecio en vuelo, acrobacia combinada. Grabó en alemán, por fonética, para Wakolda. Parece dominarlo todo, desde sus miradas a cámara hasta el look general de una producción: pidió que le cambiaran el peinado a una extra porque tenía un flequillo parecido al suyo, en el videoclip que grabó ahora para Sedal. Todo controlado hasta que... la llama Adrián Suar y le dice que hay que extender la novela. Terminaba en septiembre, pero hay que seguirla. Ella dice no: que tengo a Merlín, que necesito ensayar. Él insiste: que te arreglo los horarios, que te hago aparecer vía Skype desde Rusia como si estuvieras de viaje por París. "Y bueno, él tiene el poder de convencer a la gente, se dedica a eso", se resigna sin perder la sonrisa.

Son las 23 y Natalia posa para la vidriera de los medios, con el fondo de la marca de productos para el pelo. Mil flashazos no encuentran ni una mínima mueca de fastidio. Es una de las últimas en irse. Hasta la limosina blanca que contrataron para ella se irá vacía, o al menos sin ella, quien optó por volver por su cuenta a dormir unas horas antes de grabar.

* * *

Su agenda 2014 tiene hasta ahora un único gran compromiso laboral: preparar el personaje de Juana Azurduy, la flor del Alto Perú, símbolo de la emancipación latinoamericana, con la idea de dedicarle una película a fin de año. Es un proyecto que nació de su propia inquietud y comparte con el cineasta Benjamín Ávila, quien ya la dirigió en Infancia clandestina. Otro lugarcito en la agenda deberá reservar para la entrega de los Oscar, si Wakolda logra pasar (es la precandidata argentina) la última selección.

Ya maquillada y peinada para la producción de fotos es difícil reconocerla en sus últimos papeles cinematográficos, que la ubicaron en un lugar distinto como actriz. "Fueron dos personajes con mucha trascendencia. Además, dos roles de mamás. El de Infancia clandestina fue un personaje bisagra para mí, porque si bien había hecho roles dramáticos, el de Charo, una madre militante, basada en la historia de la mamá de Benjamín, tenía que ser muy dulce y al mismo tiempo con una gran convicción política. Es una película que me conectó muy fuerte con lo que pasó políticamente en la Argentina y Uruguay. Yo fui además reclamada como hija de desaparecidos cuando era muy chica. Creo que de una u otra manera casi todos vivimos inmersos en lo que sucedió. Y uno asume un fuerte compromiso al meterse en algo tan delicado y dramático. Trato de ponerle corazón y verdad a todos mis personajes. Pero ése en particular tenía la emoción tangible del director detrás de la cámara. Porque Benjamín hacía también cámara y esa emoción se palpaba, terminábamos las escenas y él estaba llorando. Gracias a esa película, Lucía Puenzo, que pudo ver el material crudo, decidió ofrecerme el rol de la madre de Wakolda. Originalmente, era un papel pensado para una alemana. Ella me preguntó si me animaba a hacerlo y yo me animé."

Te animás a todo...

No, no a todo. Lo que me dio la adultez fue ser consciente de mis límites y trabajar para pulirlos. Tal vez me animo a todo si me das tiempo de superarme, poder ensayar, probar, equivocarme. Generar experiencia, investigar, pedir ayuda. Entonces sí. Pero pienso mucho las cosas y soy revueltera para aceptar. Antes le decía que sí a todo y ahora le digo que no a todo. Y después del no me detengo y pienso por qué tendría que hacerlo, qué me aportaría, tratando de no repetirme ni aburrirme, de honrar un poco mi profesión, de no actuar de memoria. Emocionarme.

¿Cómo se logra esa emoción?

En el cine, sobre todo, lo que más cuenta es la mirada. La cámara lo toma, que estés mirando de verdad y no pensando en tus vacaciones. Me lo dijo Eduardo Mignogna, cuando filmé Cleopatra: "Confiá en tu mirada". A partir de tenerlo a Merlín, miro sus ojos y me doy cuenta de la inocencia, y trato de captar eso para mis personajes, aunque sean los más oscuros. Si uno pudiera quedarse con esa esencia para siempre. Creo que es algo que no tenemos que perder.

Soñabas con que, en la pantalla, te dejaran de ver siempre como Natalia Oreiro. ¿Lo lograste?

Es siempre el desafío mayor. En cine, sobre todo, invitás a la gente a que entre con vos en ese viaje y si me ve a mí como persona, estamos sonados. Creo que Francia, de [Adrián] Caetano, me empezó a colocar en un lugar distinto. También algunas comedias. Creo que sí logré que la gente se olvidara de eso. Y que no me reconozcas es el mejor halago que me podés hacer como actriz. De hecho acepté hacer televisión este año y no sentí que iba a ser contradictorio con Wakolda, por el contrario, que me iba a potenciar. Porque fueron tan distintos los personajes y las propuestas que me resultaba interesante poder expresarme como intérprete en dos colores tan distintos.

¿Esa valoración como actriz de cine te quitó de encima una mochila?

No sé. Todavía tengo una mochila en mi vida y no he logrado vaciarla del todo, pero no tiene que ver con mi profesión, sino con algo más personal, que me acompañará hasta que logre simplificar un montón de cosas.

¿Qué tipo de cosas?

Siento que soy una persona muy polarizada, un cincuenta por ciento muy tranquilo, que tiene que ver con el campo, la huerta, hacer repostería, plantar árboles. Disfrutar de algo natural. Después tengo mi otro lado siempre en un avión, con cuatro proyectos al mismo tiempo. Nunca tuve celular, hasta que me asocié con mi hermana [en Las Oreiro, la marca de ropa] y me dijo: Si no tenés un teléfono, yo no lo hago. Y ahora estoy pegada a esto. Para mí es una dicotomía. En esencia, me siento re hippie. Pero es mentira. Vivo en Palermo, en una casa, viajo... Me amigo con esa faceta porque después me permite estar seis meses sin trabajar, sé que soy una privilegiada en ese sentido. Lo que no quiero es que me pase lo de este año, que profesionalmente es muy bueno, pero en lo personal es muy desgastante. No lo quiero para mi vida. Me decís: fue un gran año. Sí, laboral. ¿Personal? Por Merlín y mi pareja, que me acompañaron. Pero estoy cansada. Si es así siempre, se lo regalo a la primera persona que pase, porque me supera. Me supera emocionalmente. A la noche siempre tengo algo que hacer. Soy muy... lamentablemente, muy controladora. Es algo que tengo que trabajar. Todo pasa por mí, me cuesta delegar. Es un agotamiento, no me enorgullezco de esa parte.

¿En alguna situación se vuelve difícil ser tan famosa?

En ese sentido hago todo lo que quiero. Ando en bici, voy a la plaza cerca de mi casa, con Ricardo, al arenero. No he dejado nunca de hacer nada. ¿La gente me mira? Alguna sí, otra no, algunos saludan... No tengo problema con la mirada. Aunque me gusta que vean mi trabajo cuando trabajo, y no mi vida privada cuando la estoy viviendo. Por eso elijo ir al campo y no exponerme todo el tiempo. Soy consciente de que estoy haciendo programas de tele, que son los productos de mayor exposición. Pero eso no me va a quitar la posibilidad de llevar a mi hijo a la calesita.

Convivís con eso sin problema.

Soy consecuente con la elección laboral que hice, no voy a mirar mal a alguien que me saluda, a lo sumo le diré fotos no porque estoy con mi hijo... Igual, la mayoría en la calle lo para a Ricardo, no tanto a mí. Pero nunca la profesión me ha impedido ser una persona común. Soy una persona común con un trabajo poco común, quizá. Si uno se queda en la mirada del otro, te impide ser vos. El otro siempre va a tener una imagen creada con los componentes de su propia realidad, más los que aporta la pantalla.

¿En qué situación o lugar te sentís libre de esa dicotomía que nombrabas?

En el campo [Carmelo, Uruguay]. Igual, creo que es acá dentro [se toca el pecho, habla de su interior]. Pero yo me encuentro más cuando estoy descalza, en la tierra. Me molestan los sonidos fuertes de la gran ciudad, el quilombo, los ruidos de bares..., ¡y vivo en Palermo! En armonía estoy en el campo, pero por ahora es un 50/50. Este año, un 30/70. El año que viene, un 80/20. Veremos.

PELO DE VIDEOCLIP

Y me cambié el peinado, me vestí de reina, me puse zapatos, me sentí una estrella... La canción Todos me miran, de Gloria Trevi, fue la elegida para una atípica campaña publicitaria de Sedal, protagonizada por Oreiro. Fueron veinte horas seguidas de rodaje para un videoclip dirigido por Claudio Divella, que se presentó a fines de noviembre.

"Lo principal de mi look siempre ha sido el pelo, además de un arma infalible de expresión", aseguró la actriz durante el lanzamiento, en sintonía nada casual con su historia y su 2013. Así como su mamá es peluquera, también lo es el personaje de Aurora Andrés, en Solamente vos. Lo atípico de esta campaña cuidada al extremo es el hecho de que la canción no mencione la marca, un estilo de publicidad que Sedal ha potenciado en la última década, desde el lanzamiento en 2003 de Mujeres en rojo, una serie de cortometrajes de ficción filmados y protagonizados por mujeres, donde tampoco se hacía mención directa a los productos.

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