domingo, 10 de noviembre de 2013

Natalia Pelayo: “Mi primer escenario fue la esquina de 17 y 504 de Gonnet”


Natalia Pelayo, bailarina clásica platense. Protagoniza estos días Cenicienta en el Teatro Colón. La vorágine de una carrera exitosa. Nijinsky y Nuréyev. Fue primera actriz en Aniceto, dirigida por Leonardo Favio 

Por MARCELO ORTALE

“Mi primer escenario fue la esquina de 17 y 504 de Gonnet. Yo tendría 10 años, me paraba en medio de la calle que era de tierra y empezaba a girar y a saltar…” recuerda Natalia Pelayo. Apenas una década después, esa artista espontánea que bailaba sin música, que daba sus primeros pasos en la Escuela de Danzas provincial y que imaginaba interpretaciones, integraría el elenco estable del Teatro Colón y actuaría ya como solista y primera bailarina.

La vocación por el ballet nació sola, en ella misma. Su padre, Teddy Pelayo, es un ex librero platense (Libraco, Del Buen Ayre), versado en literatura e historia; su madre, Analía Porreca, profesora de letras. Tiene un hermano, Javier, diseñador gráfico de profesión y músico vocacional. La familia en pleno se mudó a Buenos Aires hace varios años para acompañar a Soledad en sus primeros estudios en el Instituto Superior de Arte del Colón. Hoy la siguen, la acompañan y actúan como una suerte de “promotores” ad-honórem. 

Natalia tiene de su matrimonio una pequeña hija, Luna, de cinco años, que también va a los ensayos de la madre. “Así como mis padres no influyeron sobre mi, yo no quiero influir en Luna. Pero ella ve todo, se interesa en los ensayos. De todos modos, quiero que sea ella la que elija su propio destino”, advierte.

La entrevista se desarrolló en el bar interior de un muy concurrido teatro Colón, agitado por los contingentes de visitantes y por quienes pueblan las ventanillas de las boleterías, interesados en conseguir entradas para el ballet Cenicienta que los días 12 y 15 de noviembre próximos protagonizará como primera figura la Pelayo, acompañada por Edgardo Trabalón. Se trata de una obra con música de Johann Strauss y coreografía del italiano Renato Zanella.

Hizo la primaria en la Escuela 18 de Gonnet, ubicada al costado del Club Universitario. De esos primeros años recuerda a tres amigas: Paula Asprella (hoy mujer de Igor Galuk, que tiene una productora independiente de cine, para la cual se encuentra filmando ahora un documental); a Carolina De Sojo y a Ludmila Muñoz.

Pero también recuerda con cariño a la maestra Cristina y en especial a Graciela “mi seño de la salita 5 del jardín 19, que nos hacía disfrazar y hacer pequeños espectáculos… Creo que en buena medida le debo mi vocación artística a Cristina…”. Del secundario cursó primero dos años en la Escuela Media 12 de Gonnet, pero “luego tuve que dejar porque a los 14 años ya estaba estudiando en el Instituto del Colón, así que el secundario lo terminé como alumna libre”.

Sus primeros estudios de baile los realizó en la Escuela de Danzas y luego reforzó conocimientos con Lilian Giovine, tía de Iñaki Urlezaga, aunque también recuerda las lecciones recibidas de Lilian de Rodrigo. A la edad de 12 años inició sus giras por el país con el elenco de Urlezaga, hasta que a punto de cumplir 13 años ingresó al Instituto del Colón, cuyo ballet estable integra desde 2005. Si bien ya había asumido roles de solista en el ballet concierto de Urlezaga, bajo la dirección de Esmeralda Agoglia, es en el Colón donde profundiza su actividad como solista y primera bailarina.

En esa condición interpreta obras como Don Quijote, El Lago de los Cisnes, Carmen, Paquita, Raymonda, Cenicienta, La Noche de Walpurgis, Cascanueces, Apolo y sus tías, Romeo y Julieta de Oscar Araiz, entre muchas otras. Fue invitada a bailar junto a Hernán Piquín en la obra Hernán Buenosayres, en el Maipo y el Opera de Buenos Aires, en Punta del Este, Costa Rica y Madrid. Bailará luego en Brasil y en Salerno y Roma (Italia).

Fue convocada por Leonardo Favio para su film Aniceto, donde desempeña el rol de Francisca. Fue nominada por la Asociación de Cronistas Cinematográficos como revelación femenina para los premios Cóndor de Plata 2009 y obtiene otras distinciones y premios. Actualmente es primera figura del Teatro Colón, estudia junto a María Onetto y prepara una obra teatral bajo la dirección de Daniel Kargiemann. En la actualidad se encuentra filmando, en las playas de Berisso, un cortometraje de Río Cine que se titula Palo Blanco y fue convocada por el director platense para filmar Alta Cumbia.

Usted tiene muchos años de técnica y aún sigue estudiando. ¿Se emociona cuando actúa?

“Mi forma de bailar apunta a que la técnica y el lenguaje corporal estén al servicio de lo que quiero expresar. Se trata, creo, de un problema de madurez expresiva. En Manon logré tener un nivel de entrega emotiva muy alto. Esa interpretación, si, me generó mucha emoción…”

Se dice en algunas disciplinas que el profesionalismo quita la capacidad de emoción…

“Se dice eso, si. Pero el profesionalismo, el dominio del oficio o de un arte, no debe quitar emoción. Al menos yo no siento que me pase eso. Uno crece en aplomo, en madurez expresiva. Lo que también ocurre es que en las obras interpretativas, el bailarín debe estar al servicio de la historia. De lo que se trata allí es de contar bien la historia y llegarle a la gente… Pero debo decir también, en cuanto a lo emotivo, que yo disfruto inclusive cuando bailo sola, entre cuatro paredes”

Usted ya bailó en distintos lugares ¿sintió que había públicos diferentes? ¿De qué manera influyen en el artista los distintos públicos?

“Hay públicos muy efusivos. Sobre todo el de Buenos Aires y también el de Córdoba. Pero también son muy entusiastas los seguidores del ballet en Italia. Uno siente que algo flota en el teatro y además, imagino eso a veces, es como si esa gente tan atrapada por la obra frotara sus pies contra el suelo de la sala y entonces se va sintiendo como un retumbo”.

El ballet pareciera haber sido una de las pocas disciplinas artísticas en las que históricamente, la mujer ocupó el rol preponderante, el centro de la escena. Y en las que el varón fue tan sólo el partenaire, el compañero…

“Esa realidad viene del mismo origen de la danza. Desde siempre la mujer tuvo un lugar primordial en el ballet. La mujer era la diva, la bailarina principal, la que se llevaba los mejores y más fuertes aplausos, pero eso cambió desde principios del siglo XX con la aparición de Nijinsky, que es el padre de la danza moderna. Sin embargo, el verdadero revolucionario en este tema fue Nuréyev, que le dio un valor muy importante al varón en la danza. Pero la suma de Nikinsky y Nuréyev hizo que el varón dejara de ser un mero partenaire, un sostenedor de la mujer. De todos modos, yo haría la siguiente distinción: si pienso en la escuela del ballet, de mucha femineidad, ello me remite a la mujer como centro; si pienso en la danza, ya se distingue menos el género y menos aún en la danza contemporánea, con la presencia del cuerpo masculino ocupando roles centrales”

¿Tuvo muchas lesiones en su carrera?

“Afortunadamente, no. Sólo una rotura de meniscos a los 15 años.

¿Sigue alguna dieta especial?

“No, como de todo. Claro, busco incorporar magnesio. Así que como bananas, pero siempre una comida variada”

¿Quiénes son sus bailarinas preferidas?

“La italiana Alessandra Ferri, que ya se retiró. Hizo Romeo y Julieta, fue maravillosa. Era una gran actriz. Y también la rusa Eugenia Obratzova, del Bolshoi. Era divina bailando”

¿Qué obra le gustaría interpretar?

“Romeo y Julieta, con música de Prokofief, con la coreografía del inglés Kenneth Mc Millan. Me gustaría muchísimo hacer esa Julieta”

¿Y cómo apareció el cine en su vida?

Yo no tenía formación como actriz, así que en la película me manejé intuitivamente. Me puse en manos de Favio y el me hizo conocerme como actriz. Filmar con él fue una experiencia espiritual. Ahora estoy filmando Palo Blanco, un documental muy interesante que toma escenas en la playa de Berisso y por contraste en Puerto Madero, que parece Manhatann, o sea que muestra lo antagónico en una sociedad pero desde una mirada muy poética. Y ahora… me está empezando a gustar también el teatro…”

Por lo visto, le ha gustado mucho aprender el ballet. ¿Le gustaría enseñarlo?

“Aún estoy en plena etapa de aprendizaje. Aprendo todo lo que más puedo. Siento que es prematuro pensar en ese futuro. Tengo que concentrarme mucho en mi propia formación, el ballet exige una concentración total. De todas formas, a lo mejor me gustará alguna vez enseñar todo lo que aún voy aprendiendo…”

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Ama el ballet y ya se interesa en el cine, en el teatro. Pero siente que tiene además, con el arte, una deuda íntima: “me gustaría aprender a tocar algún instrumento”, dice. Natalia Pelayo es joven, “exquisitamente fresca” –como dijo un crítico luego de verla bailar Manón- pero muy madura. Sonríe todo el tiempo y todo el tiempo dice cosas serias: “me gusta mirar a la orquesta desde el escenario, sobre todo ver cómo tocan los violinistas, los cellistas, los arpistas”. Y afirma que, un poco, los envidia “porque mi carrera habitualmente termina a los 40 años… y ellos a esa edad recién van por la mitad, están en la plenitud y pueden seguir por muchos años”. Natalia quiere seguir el vuelo que empezó desde muy niña.


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