martes, 22 de octubre de 2013

FIBA 2013: La condición humana, en escena

Martes 22 de octubre de 2013 | Publicado en edición impresa

Lo que dejó el FIBA

El lugar de la fe, la dimensión política y el vacío existencial fueron los ejes de este provocador muestrario del teatro contemporáneo; en 16 días asistieron 74.000 personas

Por Carlos Pacheco  | LA NACION

32 Rue de Vandrerbranden, uno de los destacados del festival. Foto: FIBA

Fueron dieciséis días de actividad intensa. Funciones de obras nacionales y extranjeras, workshops, presentaciones de libros, proyecciones cinematográficas, un proyecto de intercambio del que participaron dramaturgos argentinos y españoles (Festival EÑE) y encuentros con programadores internacionales.

La IX edición del Festival Internacional de Buenos Aires (FIBA) culminó anteanoche con un saldo positivo. Es cierto que la programación no presentó experiencias descollantes, pero ese friso de teatro internacional que se programó resultó en muchos aspectos provocador, promovió reflexiones y dio cuenta de una elocuente realidad del mundo actual.

Podría decirse que la programación internacional del FIBA se repartió en tres líneas. La primera expuso singulares expresiones de teatro político. La segunda apuntó a mostrar la situación de indefensión en la que se encuentra el ser contemporáneo, en el marco de sociedades en fuerte estado de crisis. La tercera hizo foco en el valor de la fe en estos tiempos.

Ya desde la inauguración, hubo costados atractivos para analizar.

La presentación de los franceses de Illotopie en Puerto Madero, sobre el río, dejó en claro con su Archipiélago de sueños que una performance de gran formato bien puede atraer cuando se la condimenta con buenos efectos visuales. En otro extremo de la ciudad (en el Regio), Jan Fabre presentó aquella creación que en 1984 conmovió a Europa, El poder de la locura teatral . Allí estuvo el germen de buena parte de la creación posterior que se desarrolló en Europa y en Estados Unidos, tanto en teatro como en danza. Los jóvenes valorizaron mucho a papá Fabre. Lo aplaudieron de pie y con ganas. Su estética y sus intérpretes demostraron excelencia.

En la línea política, el alemán Thomas Ostermeier puso en escena una inquietante versión de Un enemigo del pueblo, de Ibsen. Su actualización del clásico, su concepción escénica y las interpretaciones fueron verdaderamente provocadoras. Cuando el pueblo se reúne en asamblea, el director instó a los espectadores a tomar partido. Trasladó la representación a la platea y la movilización fue mucha: hubo desorden, aparecieron múltiples temas y también críticas al Estado. El efecto causó interés, pero no pasó de allí. Con III Furie, los polacos de la compañía Modjeska Theatre demostraron una gran vitalidad al hablar de su país. La dramaturgia hizo alianza con el teatro, la performance y la música, y desde ahí encontraron una forma muy acabada de dar cuenta de los padecimientos de una Polonia que no logra cerrar sus heridas. Desde México, El rumor del incendio , de la compañía Lagartijas Tiradas al Sol, expuso una contundente mirada sobre la historia de su país. Tomó un caso testigo: el de una guerrillera que provocó una severa conmoción entre quienes, en los años 60 y 70, creyeron férreamente que una posible revolución iba a modificar los modelos políticos latinoamericanos. A su manera, Shéda dio continuidad a esta línea. Lo hizo con múltiples recursos al referirse al mundo africano, ese que desconocemos y en el que deberíamos reparar.

Enrolada en la segunda línea, la dedicada al ser contemporáneo, Interiors , del Reino Unido, resultó sensible y movilizadora. Pocas palabras ayudaron a crear un imaginario en el que todos estuvimos involucrados, y lo descubrimos de una manera espectacular. Desesperante fue la mirada del uruguayo Roberto Suárez ( Bienvenido a casa ) con sus personajes freaks tratando de acercarse a la muerte. Muy atractiva desde lo dramatúrgico, aunque su puesta generó agobio. Así podría sintetizarse Ladrones , de los alemanes del Deutsches Theater.

El espectáculo reparó en el vacío de la condición humana contemporánea de manera contundente. 32 Rue Vandr erbranden, de Gabriela Carrizo y Franck Chartier, se destacó como una magnífica expresión de cruce. Como en Interiors , ellos también ubicaron a sus personajes en un territorio aislado. De manera muy sensible, fueron develando el verdadero sentimiento de unos hombres y unas mujeres escapados de un campo onírico, pero con capacidad para representar este presente.

En la tercera línea de investigación -el valor de la fe- hubo dos expresiones opuestas y atractivas. El italiano Romeo Castellucci, en Sobre el concepto del rostro en el hijo de Dios, hizo que un grupo de niños arrojaran granadas sobre la imagen de Jesús después de exponer de manera escatológica la realidad de un anciano que padece disentería.

Una catarsis quizá muy personal a la que no resultó fácil adherir. En el otro extremo, la joven creadora chilena Manuela Infante demostró en Cristo que no le ha resultado fácil encontrar la manera de construir un espectáculo sobre Él. Los procedimientos que desarrolló fueron tan genuinos que dejó muchas preguntas abiertas. Y lo más potente es que construyó una serie de artilugios para hablar también de la fe y desde su juventud. Y eso llevó a intensas reflexiones.

Lo olvidable: La caja de la gloria de Finucame & Smith . Un cabaret australiano que no sorprendió por su estética, anunciada como "irreverente", y que estuvo plagado de obviedades.

El público adhirió con mucho entusiasmo a esta nueva edición del FIBA, pero no fue incondicional. Se fue de las funciones que no le interesaron y aplaudió de pie para valorar aquello que lo habían conmovido. Además, cerca de 50 programadores internacionales asistieron a la muestra nacional, cuya curaduría fue muy buena por su variedad y calidad.

EL ENCUENTRO, EN NÚMEROS

Balance positivo para esta novena edición

74.000 Espectadores
16 Espectáculos extranjeros
36 Espectáculos nacionales
115 Funciones
27 Sedes
200 Actividades

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