jueves, 15 de agosto de 2013

Quico García: Un Tipo Particular


“Él decía que eran un grupo y que los otros socios lo querían vender. Como faltaba su firma, no lo vendían. Y mientras tanto él iba haciendo sus obras. Como siempre fue medio un cuentacuentos, yo no sabía si era así o era para construir la mística de que gracias a él el teatro seguía siendo teatro”. Guillermina Mongan esboza así el perfil de Quico García. “Siempre era muy enigmático. No sabías hasta qué punto las cosas eran así… Tenía sus amigos y sus enemigos. Algunos te dicen que era un viejo precioso y otros lo odian. Era un personaje muy particular”.

Casi todos usan esa palabra. “Una inteligencia muy particular —dice Ibarlín—. No se bancó nunca, ni lo bancaron, en los colegios primarios: cambiaba todos los años. Lo echaban. Tenía un pensamiento muy profundo, yo siempre aprendí cosas de él”.

Mario García había nacido en España en 1942. Su madre murió cuando era chico. Su padre se vino con él a la Argentina, adquirió el oficio de botellero y vivieron humildemente. Un día puso una ferretería que se hizo pinturería y se convirtió en una exitosa cadena. Quico se fue haciendo cargo, aunque su pasión era el arte.

“Nunca asocian al García de las pinturerías con el García creativo que es él”, dice Ibarlín, y recita de memoria un poema de un libro inédito: Poeta de vacaciones. “La idea era: el poeta va a la playa y se pone a leer el diario. Por ejemplo, un título dice ‘Vacas muertas por rayos’. Y la bajada dice: ‘Walter Brown, granjero lechero que perdió doce vacas por rayos caídos en Connansville, cerca de Pennsilvania, dice que sus animales siempre eligen el árbol equivocado’. Y la noticia dice:

Pobre Walter Brown

No sabe que aquí

en esta encrucijada de canillas que gotean en silencio

en pequeñas adiciones cotidianas

de trenes que se pierden por la tarde

Hay gente que desde la vereda presiente las agrias lunas y las innumerables lluvias.

Pobre Walter Brown

No sabe que aquí

En América del Sur

En Argentina

Millones de personas a la intemperie

Desguarnecidas, empapadas

Ni siquiera tienen árboles para elegir

Y equivocarse”

La poesía es, sin duda, su faceta menos conocida. Acaso porque en los ‘60, cuando formó un grupo junto a Luis Pazos, José Calderini y Edelfor Martino, firmaba con seudónimo: Claudio Román. En 1965 publicaron un libro, Laberinto poético, que promocionaron intervenciones callejeras muy innovadoras para la época.

Después Quico estudió y se graduó en la primera carrera de cinematografía de la Universidad y tuvo varios proyectos como cineasta. Finalmente incursionó en el teatro. En los ’80 montó Woyzeck —adaptó la obra de Goerg Büchner—; Vincent y los cuervos —versión propia del texto de Pacho O’ Donnell— y más tarde, tras haber sobrevivir de un episodio de muerte súbita, creó la Hermandad de Princesa.

“Era un tipo con una personalidad muy fuerte, con una gran voluntad y muy apasionado. En las relaciones humanas tenía cosas de todo o nada. Para él no había tibiezas, por eso hay gente que no lo quería nada. Era de esos tipos que no tienen límites, que creen en la utopía, que siempre tienen un pensamiento de grandes proyectos —caracteriza Gismondi—. Cuando se enamoraba de algo era a muerte. Esa también era una de sus fórmulas. Por eso, tomando distancia puedo decir: la escala de la Hermandad del Princesa con la forma de producción de Quico, era la única posibilidad”.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario