jueves, 15 de agosto de 2013

Los enigmas del Teatro Princesa

Vio nacimientos y muertes. La solidaridad de los italianos que construyeron La Plata y la topadora que motoriza el ordenamiento urbano de la nueva época. Fue un cine masivo, el primer salón de tango platense y un teatro experimental. Un trozo de la historia de la ciudad se condensa en el misterioso edificio de diagonal 74 que ahora se ofrece como una oportunidad inmobiliaria. Personajes, leyendas, escenas y preguntas sobre un sitio que es bastante más que un “lote” en venta. 

Por Daniel Badenes

Foto Gabriela Hernández
Otra historia circular

“Los recuerdos siempre viajan como polizontes”

(Maluco, Acto III)

En pleno centro, a la vuelta de la Terminal, sobre la diagonal por la que miles de micros y autos salen de la ciudad, se levanta una especie de castillo encantado. Columnas imponentes que remiten a los griegos, enormes portones de madera y un enrejado oxidado aportan un halo de misterio a la añeja construcción que parece abandonada.

—Dicen que fue una logia masónica —arriesga un vecino de años, que habla de un barco ahí adentro que para ser sacado requirió tirar abajo una pared. Fue mucho después del esplendor de la sociedad de italianos que construyó este edificio, que fue salón de baile y uno de los primeros cines platenses, además de acoger consultorios médicos y otros servicios para los inmigrantes que hicieron la ciudad.

Dos carteles derruidos señalan su última identidad: “Teatro Hermandad del Princesa”. Así lo llamó Mario “Quico” García, el empresario aventurero, poeta, cineasta y realizador teatral que lo alquiló y luego lo compró a principios de los ‘90, tras décadas de abandono, para montar la obra más deslumbrante que conoció el teatro independiente local. Era el apogeo de la cultura menemista y los espacios que resistían al “sálvese quien pueda” se contaban con los dedos de una mano. El Princesa era uno. Hoy, a 20 años del estreno de Maluco, mientras otros centros culturales florecen dentro y fuera del casco, en el Princesa ronda el fantasma del Código de Ordenamiento Urbano. Los herederos de García lo pusieron en venta y en mayo de este año la inmobiliaria porteña Toribio Achával colocó un cartel rojo que indica cuántos pisos se pueden construir…

La leyenda del 1900

El revoque descascarado ya no deja leer la inscripción que sobrevivió tanto tiempo en el frontis: “Societá Unione e Fratellanza di Mutue Socorres”. En otro tiempo, el italiano se oía en las calles, en bares, almacenes y viviendas obreras. Incluso se publicaban periódicos en esa lengua. Corría fines del siglo XIX y en La Plata, nacida “de cero”, habitada primero por los obreros que la construyeron, los italianos llegaron a ser mayoría: en 1884, cuando la ciudad contaba 10.407 habitantes, sólo 1.278 eran argentinos. Y 4.585 venían de Italia.

Algunos de ellos habían creado, en junio de 1883, a menos de siete meses de fundada la ciudad, aquella “obra social”, que creció a pasos agigantados. En 1889 inauguraron el edificio de diagonal 74 entre 3 y 4: “Debía albergar a la primera institución de la colectividad italiana en La Plata, que aspiraba al prestigio y la grandeza. Eso exigía una imagen sólida y monumental”, explica la historiadora del arte Mónica Lagomarsino, que cuando estudiaba en Bellas Artes preparó una monografía sobre el lugar.

Los servicios de la sociedad eran diversos: facilitaba las comunicaciones con Italia, daba subsidios a socios por enfermedad o viudez, apuntalaba la “educación patriótica” y ofrecía actividades culturales que combinaban baile y teatro. Para eso tenían una sala enorme: 30 metros de largo por 12 de ancho y 10 de alto. “Es un volumen impresionante”, explica el músico Daniel Gismondi, que entró al lugar un siglo después de su construcción, convocado por García para formar La Hermandad del Princesa: “Las dimensiones que tiene son absolutamente precisas para una buena sala lírica. Es como la representación a escala de Alla Scala de Milano, un descubrimiento acústico de los italianos”.

“Es un teatro del siglo XIX —agrega—, cuando había muy pocos en toda la provincia de Buenos Aires. El Princesa en 1890 no debía ser un teatro local. Venían del interior… Venían a bailar tango, y en el escenario había variedades: tocaba una orquesta típica, un número de folclore; el show duraba todo el día. El entretenimiento era ése, se juntaba la familia, era el lugar de encuentro”.

Al costado de la gran sala había un buffet, en un salón alargado que hacia la década del ‘10 dio paso a una serie de salas que fueron oficinas y consultorios médicos. Todavía hoy llama la atención una de esas habitaciones, con piso, paredes y techo revestidos de venecitas verdes. Allí atendió, entre otros, el doctor Rodolfo Rossi —que hoy da nombre a un hospital público—, italiano de nacimiento pero argentino de crianza, que se hizo conocido como jefe de sala del Policlínico entre 1922 y 1955.

Gismondi conoció ese dato en los ‘90, en las horas y horas que pasaba trabajando en el teatro. Una tarde cualquiera, en el patio, junto al sitio donde vivieron los caseros que cuidaban Unione e Fratellanza, que luego funcionó como sala de ensayo. Por el portón que da a la calle 4 entró un viejito de unos 90 años que le pidió permiso para entrar. “Empezó a recorrer todo y miraba con una meticulosidad que me llamó la atención —rememora—. Cuando me acerco lo veo lagrimeando. Estaba emocionado. Y el viejo me dice: ‘En esta habitación nací yo; acá pasé toda mi infancia’”.

“Estando ahí estos datos aparecían”, dice Gismondi, y sugiere que hay mucho más en esa historia nunca escrita. Aquel hombre, hijo de los primeros caseros del lugar, le contó que el doctor Rossi había intervenido en su parto y señaló un árbol:

—Este laurel lo plantó mi padre cuando nací yo –le contó.

En un siglo, el árbol convivió con la sociedad italiana, un cine masivo y el cuasi abandono de varias décadas, y vio revivir el lugar como teatro, con la Hermandad fundada por García. En abril del año pasado, una tormenta lo derribó. Fue en los días en que Quico sufrió el ACV que lo llevó a la muerte. Una de las tantas historias circulares que rodean al Princesa.

La llegada del cine

Las fiestas sociales y los consultorios médicos datan del apogeo de Unione e Fratellanza, que en 1909 alcanzó los 4.913 socios y tenía sucursales en Los Hornos y Ensenada. Eran muchos, y no eran los únicos: para entonces, en la ciudad funcionaban unas 25 asociaciones de acción colectiva y ayuda mutua. La colonia italiana ya había fundado su propio hospital, adonde desde diagonal 74 derivaban a los enfermos graves. Durante la guerra europea iniciada en 1914 hicieron colectas y estuvieron atentos a las noticias, mientras mantenían reuniones, actuaciones corales y bailes populares.

“Fue el primer salón de baile de tango de La Plata”, señala el investigador Sergio Pujol, autor de Historia del baile: “Le decían La Fratellanza, y les disputaba los favores de los milongueros al Coliseo Podestá, que antes era el Politeama Olimpo, y la Gauloise, entre otros sitios”. La Gauloise —que funcionaba en 4 entre 45 y 46, en el viejo local del Club Francés—, pionero en la proyección de cine desde 1908, era uno de los centros culturales más reconocidos. Su interior era una réplica exacta del teatro Molière de París.

La Sociedad Italiana también ofrecía teatro. Contrataba distintas compañías, locales e internacionales, y llegó a tener un elenco propio: el grupo filodramático “Unione e Fratellanza”. “Era un teatro más popular que la sala lírica del Teatro Argentino —caracteriza Gismondi—: Más de la clase obrera que vino a construir la ciudad…”.

Con los años, la actividad decayó y surgieron dificultades económicas. Hacia 1930 la crisis se afrontó concesionando la sala, que se convirtió en cinematógrafo. Era común ver junta la programación de los cines Astro (48 entre 7 y 8, donde hoy funciona un paseo de compras), Sarmiento (5 entre 63 y 64) y Princesa, al que muchos nombraban como “la Fratellanza”. La empresa “Lombardi y Compañía” concentró la administración de esos cines, además del San Martín (7 entre 50 y 51), el cine bar América (51 entre 5 y 6) y los cines Astro y Social en Ensenada. El San Martín es el único que queda en pie.

Al principio acompañaban los filmes con una ejecución de piano, pero pronto llegó el furor del cine sonoro, que generó una concurrencia masiva e instauró el “cine en continuado”, que ofrecía tres películas por una misma entrada.

En la segunda mitad de los ’30, el platense José Gola —ya conocido por haber ingresado, a los 14, al elenco del Coliseo Podestá— se convertía en una estrella del cine nacional en su época de gloria. Actuó en quince películas en seis años y murió de peritonitis al finalizar la década, mientras filmaba en la selva misionera. Tenía 35 años. Su concurrido funeral se hizo en las instalaciones de diagonal 74.

La identidad del lugar como Cine Princesa se mantuvo más de dos décadas, hasta que a principios de los ‘50 la sociedad italiana decidió vender el lugar. Después de algunas inspecciones municipales, corría el rumor de que el gobierno peronista quería quitarles el cine-teatro. Cerraron las puertas y firmaron la venta. Ironías de la historia: seis décadas más tarde, la Sociedad de Socorros Mutuos que sobrevive en la actualidad, sostenida por descendientes de aquellos italianos, visita los despachos de legisladores peronistas pidiendo una expropiación del lugar.

Un castillo abandonado

Lo que sucedió allí las cuatro décadas siguientes es una incógnita y alimenta todo tipo de leyendas. Algunos cuentan que los compradores eran dos, que se pelearon poco después y nunca más se pusieron de acuerdo: ni para ponerlo a funcionar, ni para venderlo. Otros dicen que ahí dentro funcionó un astillero y recuerdan el apellido del dueño: Rasilla.

En 1953 José Rasilla, en su carácter de propietario, presentó planos en el Municipio y derribó parte del muro que está junto al pórtico. En lugar de la ventana original abrió un enorme portón para que pasaran camiones o barcos. Además reemplazó el piso de madera por cemento liso y abrió una fosa en el salón principal, convertido en galpón. “En ese momento nadie se quejó de la rotura. Por entonces la ciudad ya estaba siendo rota toda. Destruida por todos, con el beneplácito de los gobiernos”, se queja Ricardo “El Mono” Ibarlín, que entró a ese sitio como actor, cuando ya tenía una inmensa cortina metálica en el muro.

En los ‘80, cuando el pasado esplendoroso se alejaba, los movimientos del Princesa eran un misterio. Se decía que vivía una familia, que tenían un velero…

Ibarlín evoca la historia de un crucero de 14 metros, El Tony, que había construido Jaboco Peuser en la primera mitad del siglo XIX. Rasilla se lo compró y “lo guardó donde funcionaba el cine, muchísimos años”. Según su versión, el barco lo adquirió luego Máscara del Río, personaje platense que decía querer dar la vuelta al mundo.

Otra ironía de la historia: Quico García llegó al Princesa en 1992 buscando un lugar para experimentar y poner en escena Maluco, una obra protagonizada por marineros, que trata sobre la vida de Magallanes e indaga sobre la vigencia de las utopías.

“Jorge Ponce fue quien me contó la historia del crucero —completa Ibarlín—. Su padre, ingeniero, fue el encargado de prepararlo y sacarlo de ahí. Me dijo que cuando entró al espacio teatral del Maluco, que semejaba un barco, sintió lo mismo que cuando vio allí por vez primera a El Tony, barco que él había calafateado”.

“La primera vez que fuimos con Quico el lugar era increíble: había armaduras medievales y estaba lleno de autos, motos, vehículos de colección —recuerda Gismondi—. Rasilla era un coleccionista y tenía una fortuna ahí adentro. Pero el lugar estaba polvoriento y lleno de palomas volando. Miles de palomas. Por las claraboyas entraban los rayos de sol, me acuerdo… Era una imagen surrealista. Estaba hecho mierda cuando entramos. Este Rasilla vivía ahí adentro y algunos vecinos pensaban que era una casa abandonada donde vivía un croto. Entraba y salía; para los vecinos era un ocupa. Y era millonario”.

—¿Cuál fue la inquietud que te movió para alquilar el Princesa? —le preguntó Lagomarsino a García hace veinte años, para su investigación.

—Nace en 1992 con el único fin de hacer teatro. Buscaba una infraestructura, El Princesa me la brindó, pero no hay una idea conservacionista. Mi metié es el teatro.

El arribo de Maluco


Quico venía de una muerte súbita. Sí: a fines de los ‘80, absorbido por su cadena de pinturerías y otras tensiones, un día empezó a sentirse mal y fue al hospital. Llegó justo. Cuando despertó le contaron que estuvo muerto y que pudieron resucitarlo por haber estado ahí. “Eso le hizo un clic… —recuerda Gismondi—. Ya en el hospital empezó a escribir la obra”. Junto a Marcelo Vernet pensó una versión libre de Maluco, la novela histórica que acababa de publicar el uruguayo Napoleón Baccino Ponce de León.

“El arte debe trasladar al espectador a otra realidad”, planteaba García, que mientras acondicionaba el lugar fue convocando actores, plásticos, músicos y técnicos que formaron la Hermandad del Princesa. “Estuvimos un año encerrados. Íbamos desde las 6 de la tarde hasta las 2 de la mañana, todos los días —cuenta Gismondi—. Quico ponía lo económico, nosotros hacíamos una inversión de tiempo fenomenal. Fue una experiencia más que interesante. Yo había estudiado teatro, pero lo más groso lo aprendí ahí. Se hicieron muchos seminarios. El grupo hacía un entrenamiento muy fuerte, tanto físico como intelectual”.

El estreno ocurrió en noviembre de 1993 y fue deslumbrante. Maluco utilizaba toda la sala, incluso en altura: “Trabajábamos en rampas a 12 metros, en trapecios, bajábamos con sogas, una cosa monstruosa”, detalla Ibarlín, que se anima a considerarla “una de las mejoras obras que se han hecho en el mundo”, aunque aclara: “Por supuesto la conocieron muy pocos, salvo los platenses o gente que venía de Buenos Aires especialmente. Fueron 15.000 personas a verla”. Estuvo cuatro años en cartel y la sala nunca estaba vacía.
“Maluco fue una obra espectacular”, sintetiza Lagomarsino. “Estaba todo muy bien planificado. Vos llegabas y el Princesa tenía un olor particular. En todas las obras fue así: el clima se iba creando a medida que vos entrabas. Te iba ambientando, con sahumerios, con luces, hasta que llegabas a la sala. Era un teatro especial”.

La actriz Laura Valencia, que en esa época integraba La Rosa de Cobre (51 y 16) y poco después montaría el espacio cultural La Fabriquera (2 entre 41 y 42), recuerda al Princesa como “un castillo maravilloso, con una altura imposible y muy raro: entrabas y perdías la noción de dónde estabas parado. Y la puesta de Maluco era increíble”.

“Era una encanto ir ahí”, coincide Andrea Iriart Urruty, integrante del colectivo La Grieta, surgido en esa misma época (La Pulseada 37), que estudiaba escenografía en la Escuela de Teatro y andaba de sala en sala para ver qué se hacía: “El Princesa era un punto de encuentro en la ciudad. Los espacios que daban teatro eran los lugares de encuentro. No había centros culturales como ahora, espacios abiertos a muchas propuestas diversas, sino espacios de teatro. Por fuera de eso uno iba al Tinto a GoGo (10 y 49), a los bares…”.

—¿Y había grupos culturales, además de La Grieta?

—Había unos chicos que se juntaban… “Poesía está en las calles”. Editorial Turkestán, ya estaba también (ver páginas 34-35 de esta revista). Recuerdo transitar las calles y ver las gigantografías de Turkestán. Los de “Poesía…” no sé quienes eran, recuerdo haberlos visto una vez en 71 y 17, frente a la Estación, en el medio de la nada… Era re difícil la posibilidad de construcciones colectivas, me parece. Lo que nos salen, fíjate, son espacios: La Gotera (13 y 71), La Fabriquera…

Los entrevistados de La Pulseada coinciden en los lugares que enumeran, que son bien pocos (ver nota relacionada: “La cultura platense en los noventa”). “¡Había un desierto total en la ciudad!”, resume Iriart, y por eso destaca los trabajos de La Gotera o el Princesa: “Eran puestas totales. Eran puestas políticas, sociales, ideológicas… Era construir un pensamiento en el medio de… de esa nada. De ese remanente de invierno, como decía en ese momento Rafael Spregelburd”, un autor que recién empezaba a publicar y La Gotera ya leía.

Gismondi también destaca el rol que jugaron los teatros y agrega que cada grupo era “una especie de trinchera ideológica”. “Éramos todos amigos, pero se daban discusiones sobre cómo debe ser el arte, cómo organizarse, la forma de producción. Era una discusión concreta: se llevaba a cabo con la realización de los espacios… En La Fabriquera, la Hermandad y el Viejo Almacén El Obrero (La Gotera) era donde había más se trabajaban los principios estéticos. Estábamos experimentando y tratando de encontrar cuál es el teatro que nos representa”.

“En La Gotera el trabajo estaba más cooperativizado —distingue—. Eso en el Princesa no sucedió tanto, porque Quico era un personaje muy dominante, un hombre muy fuerte en sus deseos y en sus realizaciones. Así fue que también surgían conflictos…”.

Experimentar siempre

Fue García, de hecho, el que decidió que Maluco terminara antes que su éxito y se embarcó en un nuevo proyecto. Así, con una Hermandad más reducida, pasó a Canon perpetuo (1998) y luego a Ritual mecánico (2003). El método fue el mismo: “Había mucha improvisación, Quico tomaba nota, aportaba textos, filmábamos los ensayos, después los veíamos, retomábamos ideas. Era muy laborioso”, explica Gismondi. Siempre, además, repensaban el espacio: “Era súper interesante, te llevaba meses construir el lugar donde después ibas a actuar”.

Para ese entonces se había sumado a trabajar en el teatro Beatriz Catani, la compañera de Quico desde 1999, que hizo allí sus propias obras y compartió trabajos con la Hermandad. La última puesta de García en el Princesa, Si es amor de verdad, fue una obra de ambos. Además, Catani llevó allí sus talleres, lo que provocó una nueva vía de ingreso al lugar.

“Yo llego para hacer un taller de dramaturgia con Beatriz —cuenta Guillermina Mongan, que terminó como asistente de dirección de Quico—. Era algo muy loco: las obras llevaban años de ensayos y vos te podías pasar la mitad de tu vida ahí, armando el espacio y haciendo cosas sin importar a cambio de qué. No sé cómo se generaba eso… Pasaba las horas de una manera muy rara. Era como un túnel del tiempo. Oscuro, con eco cada vez que caminabas. Y todo siempre tuvo como una carga enigmática. La propia gente que lo habitaba era como un mito. Dónde quedaba escondida la llave… todo tenía un halo de secreto. Creo que Quico nunca tuvo intención de perder esa cosa de cofradía”.

Con el tiempo, el grupo original se fue dispersando y el teatro quedó con poca actividad, reducido a las iniciativas de García y Catani. Y sin ningún subsidio del Instituto Nacional de Teatro, como sucede a varias salas independientes a raíz de la falta de habilitación municipal. “Después de Cromañón —explica ahora Beatriz— se nos empezó a exigir una reglamentación muy difícil de cumplir para nuestros presupuestos, que nos demanda las mismas condiciones que las discotecas o lugares donde hay mucha más gente”. Al principio hubo excepciones y prórrogas, pero ya no: “Después de 2010, el Princesa no recibió ningún subsidio”.

En sus interiores la humedad es feroz. Cada recoveco, los candados olvidados en alguna puerta y la angosta escalera que conduce al sitio donde vivió el último casero, exacerban el misterio.

En abril de 2012, Catani quedó sola con el monstruo, de prestado, al no ser la heredera de los bienes. Así y todo, siguió haciendo teatro. En junio de este año, en una pequeña sala montada en el patio, junto al laurel que sobrevivió a aquella tormenta, hubo función de su última obra: Patos hembras. Para entonces, varios vecinos y organizaciones de la ciudad se unían para reclamar por un bien patrimonial ofertado como “Lote de 1.300 metros cuadrados”.

En venta

La decisión la tomaron los hijos de García. La última compañera de Quico no los juzga: “Ellos no tienen ninguna relación con el teatro y es algo totalmente vacío para ellos”. Menos cercana, Lagomarsino lo lamenta: “Es una pena que los hijos no hayan interpretado el sentir del padre, todo lo que hizo por ese teatro. Respetarlo y reactivarlo, a través de su pareja o de tanto grupo independiente que hay acá… Y que no pase como últimamente pasa en La Plata: que las grandes casas, los grandes lugares, terminan vendiéndose para levantar edificios”.

Precisamente, el anuncio inmobiliario incluía el dato del “FOT” (abreviatura de “Factor de Ocupación Total”), que determina los metros cuadrados que está permitido construir en la zona. “FOT 3” significa que se puede hasta tres veces la superficie del terreno, es decir, 3.900 metros cuadrados: por ejemplo, un edificio de 110 monoambientes.

El cartel duró muy pocos días. Alertados por un desconocido, los administradores de la página de Facebook “Museo de lo cotidiano”, dedicada a la memoria de la ciudad, sacaron una foto y la publicaron en su “muro” el 16 de mayo. En seis días, la compartieron 1.400 usuarios y fue vista más de 70.000 veces. Por medio de la red, varias personas y organizaciones como “Defendamos La Plata” convocaron a una reunión. Hubo encuentros callejeros y reacciones institucionales.

El Colegio de Arquitectos local advirtió que el Princesa figura en el Catálogo del Patrimonio Arquitectónico formulado en 2006. También se manifestaron organizaciones de la colectividad italiana, y la vieja Unione y Fratellanza llegó hasta la Legislatura, donde el senador Emilio López Muntaner presentó la propuesta de expropiar el inmueble y entregarlo a la Municipalidad para que lo restaure como “centro cultural, teatral, de memoria e historia de la región”.

Futuros posibles

“Hay cuestiones legales que nos superan. Cuestiones afectivas es lo que es teatro más tiene —dice Mongan, una de las pocas allegadas al Princesa que participaron de la convocatoria vecinal, donde primaba una preocupación por el patrimonio—. Dos domingos después de eso hubo función de la obra de Beatriz. Eso es muy loco. Mientras en el lado de diagonal 74 la gente se junta, del otro lado hay una obra de teatro, en un patio. ¿Qué onda? ¿Por qué no está unido?”, se pregunta.

“Además de una cuestión arquitectónica hay un teatro funcionando —necesita subrayar Catani—. Puede ser que algunos ignoren lo que hacemos, porque no somos un teatro popular. El tema son las ganas de ser ignorante. Algunos no han tenido interés en acercarse a preguntar. Más allá de que es una joya arquitectónica, indudablemente, no puedo desligar al Princesa de las puestas que se hicieron”.

— ¿Qué futuro le ves?

—Es muy incierto. Creo que es muy difícil la venta: tiene un montón de restricciones y la gente prefiere invertir donde tiene una rentabilidad más asegurada, aunque el espacio sea hermoso. Pero como puede llegar en cualquier momento también es difícil proyectar. En principio no podría irme así, cerrar y decir ‘hasta luego’, porque es una parte de mi vida muy grande: acá me divertí, sufrí, hice las mejores obras, estuve con Quico. Pero no sé si puedo quedarme en estas condiciones, con incerteza absoluta para programar… Ahora quiero hacer algo que tenga que ver con un diálogo del teatro con las obras que se hicieron acá y con la ciudad. Tengo varias ideas y estoy empezando a entusiasmar a la gente. De alguna manera el ciclo se fue terminando…

Los históricos de la Hermandad llevan un equipaje de recuerdos pero no piensan en la vuelta del Princesa. “Se está viniendo abajo de a poco. Creo que no tiene recuperación”, dice Ibarlín. Gismondi comparte: “Con toda la carga emotiva que tiene para mí, pienso que no es recuperable como sala de teatro, a no ser que realmente haya una voluntad extrema… Yo pienso que el teatro no son los edificios. El lugar del teatro es el lugar donde transcurre el teatro”.

Así, mientras organizaciones preocupadas por lo patrimonial demandan intervención del Estado sin más propuesta que “recuperar el Princesa”, desde el mundo artístico varios dudan cuando miran a su alrededor: “El teatro Argentino está casi en estado abandónico y la Comedia igual —sugiere Gismondi—. Si además van a arreglar el Princesa….”. Para Valencia “uno no tendría que salir sólo a pedir que no vendan el Princesa a un Building sino a decirle al Estado que nosotros somos capaces de gestionar la cultura. ¿Por qué llamás a un empresario al que no le importa nada? ¿Por qué hay una búsqueda privada en el Argentino? ¿Por qué ponés a un tipo como Telerman? Tenemos que preguntarnos qué cultura queremos…”

Por ahora, el futuro del Princesa es un enigma. Está en venta. La reacción ciudadana fue tan intensa como breve. En consecuencia, el proyecto de expropiación no tuvo el “tratamiento urgente” que requería. Y el teatro sigue ahí, a la vista de automovilistas y peatones que transitan la diagonal, como un castillo abandonado. En el fondo, algo resiste:

—Es curioso pero el árbol que cayó no se murió. Quedó agarrado de un pedacito. No se puso muy amarillo… —se asombra Beatriz mientras recorre el patio con La Pulseada—. Esta es la parte del árbol que se cayó, ves que está verde, es increíble. Es como que lo alimenta algo…



1 comentario:

  1. me llama la atencion que la mayoria de losplatenses, que encontramos en las colas de los bancos, de ioma de distintos lugares que , dada la cituacion de espera, se ponen a charlar aun sin conocerse unos con otros, hablan de todo repiten lo que los medios nos meten por los ojos, critican protestan,y no estan enterados de estas cosas que no son menores. Hacen a nuestro patrimonio y a nuestra historia. Pero como sabemos que estas noticias no venden no se dan a conocer lo suficiente .me alegra mucho que se pueda rescatar del pasado. en Europa pagamos para ver un ladrillo rodeado de cadenas que nos cuenta algo. aca no sabemos aun cuiDAR DE NUESTRA HISTORIA, GRACIAS A LOS QUE SE OCUPAN .GRACIAS POR DEFENDER NUESTRA IDENTIDAD COMO CIUDAD.

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