jueves, 15 de agosto de 2013

La cultura platense en los noventa

Con La Fabriquera o con La Rosa de Cobre compartíamos grandes momentos –dice Daniel Gismondi, uno de los viejos integrantes de la Hermandad del Princesa—. Yo creo que en esa época todos nos identificábamos, porque éramos pocos. No había tampoco demasiada posibilidad de pelearte con nadie porque te quedabas solo”, sintetiza. Resuenan las palabras de Iriart: la movida cultural en La Plata era casi un “desierto” en el apogeo del menemismo.

Era impensado editar, como hace hoy La Pulseada, una “Página de los centros culturales” que presentara un nuevo espacio cultural cada mes y una agenda nutrida de actividades autogestionadas dentro y fuera del casco urbano.

Los lugares donde activar discusiones y experimentar artísticamente eran pocos; los cruces entre disciplinas eran tímidos; muchos grupos eran reticentes a abrir o prestar sus espacios a propuestas de otros; y, más que Control Urbano, el problema era directamente la Policía. El 17 de agosto de 1993, efectivos de la Comisaría 9ª asesinaron y desaparecieron a Miguel Bru, estudiante de la Escuela de Periodismo de la UNLP, que ensayaba en su casa de 69 entre 1 y 155 con su banda de punk-rock “Chempes 69”. Aunque la ciudad se considerara la capital del rock, no era fácil encontrar dónde tocar. En tiempos de la “maldita Policía” de Eduardo Duhalde el clima era denso.

Atrás había quedado la gloria de los centros de estudiantes del interior, muy activos en los ‘80, que fueron “los espacios de encuentro de la ciudad”, según define Andrea Iriart, que participó activamente del centro de Chaves, en la prehistoria del grupo La Grieta. “Movían la ciudad permanentemente porque peleaban recursos y gestionaban comidas, en la crisis de aquel tiempo. Se activaba mucho, mucho, y a la vez ofrecían actividades culturales: recitales de música y poesía, expos, muchas cosas… No sé cómo leerán los platenses esa parte de la historia, pero en los diez años posteriores al ‘83 los centros de estudiantes activaron demasiado”. Ya no fue así entrados los ‘90, tras las crisis hiperinflacionaria y con la nueva época que abría el menemismo, cuando los centros regionales fueron decayendo y abandonaron ese rol referencial.

En ese contexto, Quico García creó la Hermandad del Princesa (diagonal 74 entre 3 y 4) para montar la inolvidable Maluco, luego Canon perpetuo y finalmente, para completar una trilogía, Ritual mecánico. Fue una apuesta arriesgada, aire fresco en la meseta cultural de la ciudad. Pero lo que pasó en la Hermandad en esos años no fue mucho más que esas obras, un par de unipersonales del “Mono” Ibarlín y algunos seminarios esporádicos sobre cuestiones teatrales. “Estábamos completamente llenos y el Maluco ocupaba todo el espacio”, argumenta Gismondi. “Recién después empezó a abrirse”, dice, aunque ese entonces ya es el cambio de década y el principal cambio fue el ingreso de Beatriz Catani al lugar.

En otra punta de la ciudad estaba el espacio de La Gotera, hoy convertido en Viejo Almacén El Obrero (13 y 71). “Eran nuestros profesores en la escuela de teatro”, recuerda Iriart, y valora especialmente el aporte del grupo integrado entre otros por el “Colo” Demarchi, María Ibarlín y Diego Aroza: “Siempre buscaban dramaturgos contemporáneos que estuvieran escribiendo en ese momento y que estuvieran escribiendo sobre Argentina. Ellos leían a Rafael Spregelburd cuando recién empezando a escribir; recién después fue muy publicado y muy representado”. Aquel teatro estaba sobre un borde de la ciudad, que no era el centro que es ahora. La 72 todavía era de tierra y Meridiano V, con la estación de trenes completamente abandonada, un páramo.

Con otras búsquedas, otro espacio que resistía el invierno era el Taller de Teatro de la Universidad (calle 10 entre 54 y 55), conducido por Norberto Barruti. “Ahí estuvo bastante tiempo una puesta que a mí me pareció lo mejor que he visto en la ciudad de La Plata al día de hoy, que es La cocina —arriesga Iriart—: El mejor teatro que he visto en mi vida es esa obra”. Se trata de un trabajo de Arnold Wesker, con 30 actores en escena, que estuvo 4 años consecutivos en cartel. El Taller venía de hacer El Proceso, de Franz Kafka (en adaptación de Alberto Mediza), con 50 actores en escena, vista por más de 20.000 espectadores en cinco años.

El cuarto centro teatral-cultural que mencionan varios entrevistados es La Rosa de Cobre, una casa chorizo de dos plantas adquirida con el aporte de Nora Oneto, Omar Sánchez, Víctor Galestok y Laura Valencia en 51 y 16. Ahí también era factible ver adaptaciones autores nacionales, como Roberto Arlt. “La Rosa en aquel momento sobre todo era un lugar de trabajo —reconoce Beatriz Catani, bastante reacia a dar valor a la movida platense—. La Rosa de Cobre tenía trabajo más potente, después se fue diluyendo”.

Además de ofrecer clases de teatro y danza, La Rosa fue un espacio de experimentación. “Inventábamos cosas. Cosas que hoy parecen re comunes… —cuenta Valencia, que participó del espacio en la primera época—. Se juntan tres y dicen: ‘Vamos a hacer una muestra’. El formato de muestra de arte contemporáneo, que ahora se ve mucho en la ciudad, no estaba instalado. No existía que tres personas se junten a pensar arte. Y para mí esto era la Rosa de Cobre”. Además, por esa casa pasaron bandas míticas del rock local, como Las Canoplas o Los Peligrosos Gorriones.

“Era re ecléctico. Hacíamos un Patio de Tango porque teníamos un amigo que bailaba tango; al otro día te traíamos a Los Brujos de gira; al otro día Mengano pintaba y entonces decíamos ‘Bueno, pintamos todas las paredes…’. Eran experiencias muy dispares, muy vinculadas a la voluntad de hacer, de probar. Era como un búnker donde resistir”.

Cuando Valencia se alejó del lugar, un poco por peleas internas y también por necesidad de “más espacio”, surgió otro búnker: La Fabriquera (2 entre 41 y 42), la quinta referencia ineludible de los entrevistados, que completa dedos de una mano.

Nacido en 1995, fue un proyecto de Valencia y su entonces pareja, el Pollo Canevaro, que pusieron sus ahorros en una vieja carpintería para convertirla en un lugar donde vivir —bastante precariamente— y generar un ámbito que fue, por esos años, lo más parecido a lo que hoy llamamos centro cultural. “A mí me encantaban las movidas donde juntaba a todo el mundo. Tenía dos amigos y los llamaba a hacer algo. Mezclaba esto, lo otro y armaba un evento. En ese momento no había eventos así, que mixturaban géneros. Después les pusimos un nombre: se llamaba Letras de medianoche o V de variedad. Esas cosas que ahora hay millones y son varietés. En ese momento no había varietés”.

La escena del rock

La Fabriquera fue ante todo un sitio de ensayo y de formación “abocado a la danza, al teatro y a lo experimental —cuenta Valencia—: Lo primero que decidimos fue no hacer un teatro a la italiana, no hacer un teatro con un único frente. Teníamos un cubo de 10 x 10 y todo el mundo usaba el frente que quería, las gradas se cambiaban de lugar”. En la experimentación con el espacio se podría advertir un aire de familia con La Hermandad, sólo que La Fabriquera se caracterizó por abrirles las puertas a distintas propuestas: “Cada grupo tenía la posibilidad de usar el espacio como quería, de poner las luces como quería, las entradas y salidas como quería”.

El mismo trato tenían con las bandas de rock, que fueron otra pata fuerte del lugar. La trayectoria de grupos como Mister América está indisociablemente ligada a La Fabriquera. “A la gente que iba a tocar le dábamos miles de horas, iban horas antes, imaginaban qué proyectaban, volvían, comían empanadas, nos hacíamos amigos, novios, tenías como todo un tiempo para dedicarle… Eso fue muy importante también. Hoy en día, una banda tiene que tocar en un escenario así chiquito, tenés 5 luces todas iguales y apurate que viene el siguiente”.

Las bandas de rock —que sobrevivieron a la impronta mercantil e individualista de la década— no tenían mucho lugares en la ciudad, y si no era en la Fabriquera la movida pasaba por un puñado de bares, entre los que se destacaron El bulevar del sol (1 y  53) y el Tinto a GoGo (10 y 49), un sitio donde se cruzaron músicos, artistas plásticos y trabajadores de la cultura. “En La Fabriquera la idea era darle a la banda lo mejor —evoca Valencia—, que el espacio no se convirtiera en un boliche, y que se echara al grupo para meter a otro grupo y vender más cerveza. Yo me pasé años y años y años que mi trabajo era armarle la puesta a grupos de música. Me encantaba, me fascinaba y aprendí un montón”.

En esas gestiones había aprendizajes y también debates ideológicos sobre la gestión cultural. “Había que ver qué pasaba en otros lugares”, dice Valencia sobre la apertura de los espacios y el trato con los artistas. Y arroja una discusión sobre el rol que cumplió el teatro liderado por Quico García: “Hay que estar a tres cuadras del Princesa y que el Princesa esté siempre cerrado y no se lo preste a nadie. No les interesaba para nada tener una política cultural con su lugar, nunca fue un centro cultural”.

Es notable, en ese sentido, cómo la arquitectura monumental y el discurso de preservación movilizan voluntades en defensa de la cultura: ninguna reacción semejante a la que suscitó la puesta en venta del Princesa ocurrió cuando tuvieron que cerrarse La Casa o La Fabriquera, también ante una decisión de venta de los propietarios.

Ayer y hoy

La Fabriquera, La Hermandad del Princesa o La Gotera fueron espacios culturales donde se respiraba otro aire, en el apogeo del menemismo, y también sitios de experimentación y producción artística por parte de grupos que tuvieron encendidas discusiones. ¿Qué queda hoy de ellos?

Uno lectura lineal podría trazar árboles genealógicos de los lugares; señalar múltiples descendencias: algo de La Fabriquera estaría en Área Chica (boulevard 83 entre 34 y 119, impulsado por el Pollo Canevaro junto a Julieta Ranno) y en La Fabriquerita (46 entre 13 y 14, un espacio de muestras vinculado al grupo de La Fabriquera, continuado por Laura Valencia más allá del cierre del espacio que le dio origen); algo de La Gotera quedó en el Viejo Almacén El Obrero y quizás otra parte esté en El puente (diagonal 74 entre 5 y 6, motorizado entre otros por María Ibarlín); en tanto el Espacio 44 (conducido por Daniel Gismondi) nació del riñón de la Hermandad del Princesa; y el Teatro de la Universidad sigue en el lugar de siempre, firme a sus convicciones.

Andrea Iriart prefiere hablar de las personas, más que de los sitios: “Hemos cambiado, somos otros, estamos en otros lugares haciendo cosas absolutamente diferentes —sugiere—. Pero todas aquellas personas nos seguimos cruzando. Todos están en la escena cultural de La Plata, en diferentes lugares ahora, pero hay una constante que es persistir. Eso es algo muy bueno. Tiene que ver con que fue una generación que se hizo muchas preguntas e intentó crear un discurso político y cultural en ese contexto. Yo ahora no me encuentro a nadie del proceso de construcción de los ‘80. Sin embargo me sigo cruzando con todos éstos. Eso es una confirmación de que fueron ideas claras. Tener o no tener espacio, la verdad, es circunstancial”

No hay comentarios.:

Publicar un comentario