martes, 13 de agosto de 2013

“El hijo de puta del sombrero”: Drama de una nota sola

Martes | 13.08.2013 Publicado en Edición Impresa:   Espectáculos

EL HIJO DE PUTA DEL SOMBRERO

Por Irene Bianchi

NANCY DUPLÁA Y PABLO ECHARRI, PROTAGONISTAS DE LA OBRA

“El hijo de puta del sombrero”, de Stephen Adly Guirgis. Traducción y versión: Fernando Masllorens y Federico González del Pino. Elenco: Pablo Echarri, Nancy Dupláa, Fernán Mirás, Marcelo Mazzarello y Andrea Garrote. Diseño de escenografía: Alicia Leloutre. Diseño de Iluminación: Gonzalo Córdova. Diseño de vestuario: Sofía Di Nuncio. Producción: Pablo Kompel & Contenidos El Árbol. Dirección: Javier Daulte. Teatro Municipal Coliseo Podestá.

“El hijo de puta del sombrero” comenzó como un mero ejercicio de escritura muy personal inspirado en una relación que se había terminado”, dice el propio autor en el programa de mano. Tras ver el espectáculo, la sensación es justamente ésa: se trata de “un mero ejercicio de escritura”, un borrador, un bosquejo, un punto de partida, más que de una obra teatral acabada.

El denominador común de esta propuesta es la estridencia y la violencia “da capo”. No hay matices en la puesta de Daulte. Las criaturas son estereotipos, “machietas”. Todo es gritado, exacerbado, vociferado, llevado al límite. Y eso, todo el tiempo, lo cual produce agobio y hastío. Tampoco hay dosificación de la energía. Los tres protagonistas (Echarri, Dupláa, Mirás) están “al mango” en todo momento. No hay respiro, salvo los bienvenidos y oportunos toques de comicidad que introducen los personajes de Mazzarello y Garrote, que distienden y alivian un poco.

Pablo Echarri no tiene casi voz, a pesar de contar con micrófono inalámbrico. Por otra parte, su lenguaje corporal, en esa suerte de bailoteo constante, no condice con el andar de un alcohólico en recuperación. Distrae y no suma.

El uso constante de (perdón, Fontanarrosa) malas palabras durante todo el transcurso de la obra, genera hartazgo y saturación. Y esto no dicho con un criterio pacato o seudo-moralista, sino por el simple hecho que la reiteración innecesaria, le resta peso y contundencia a las “puteadas”, las vuelve moneda corriente. Desconocemos si esto se debe a la versión de los traductores, a la decisión de la dirección, o al eventual libre albedrío de los actores.

Brillante el concepto escenográfico de Alicia Leloutre, que permite armar y desarmar tres ambientes diferentes en contados segundos. Lejos, lo mejor de la propuesta.

El recurso del “sombrero” olvidado, que delata al amante de la protagonista, nos recuerda la pieza del dramaturgo argentino Julio Mauricio, “La valija”, en la que el objeto olvidado y delator es un reloj pulsera en la mesita de luz.

El final edulcorado resulta poco creíble y forzado. Ese desenlace “feliz” no se desprende de la batalla campal que lo precede, plagada de traiciones, golpes, delaciones, infidelidades, insultos, agresiones físicas y verbales, y bajezas de todo tipo. De todos modos, es un final que dejó más que conformes a las “fans” de Echarri que colmaron el teatro, y no dejaron de piropearlo a viva voz.

“El hijo de puta del sombrero”: casi como una entrega de “Calles salvajes”.

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