miércoles, 17 de julio de 2013

"No soy un caballo": La imaginación al poder

TEATRO / "NO SOY UN CABALLO"

Agradable sorpresa: en un PH de Montserrat se puede ver una gran obra, con grandes actores.

17.07.2013
Por Gaspar Zimerman

Tres talentos Francisco Egido, Walter Jakob y Diego Cremonesi

A veces Buenos Aires da estas sorpresas. El primer piso de un PH de Monserrat resulta ser un simpático teatro; en una de las habitaciones hay vinito para paladear -cortesía de la casa- antes y después de las funciones, y en otra de las habitaciones está la salita donde puede verse una muy buena obra.

No soy un caballo, de Eduardo Pérez Winter, lleva cuatro temporadas en cartel y está claro por qué: es teatro puro, sostenido por muy buenas actuaciones y un ingenio afilado para hacer virtud de la escasez.

La anécdota es mínima, pero lo que más importa es cómo se la cuenta. Tres amigos viajan al campo del abuelo de uno de ellos, que quiere cancelar antiguas deudas familiares vendiendo un par de caballos heredados del misterioso viejo. Y, como suele ocurrir en los viajes, la intensidad de la convivencia saca a flote algunas desavenencias subyacentes que ponen en juego la amistad.

El trabajo de los actores es fundamental, y no sólo por la credibilidad que les dan a sus personajes, sino porque Pérez Winter escribió la obra en colaboración con ellos.

Diego Cremonesi y Francisco Egido son ejemplo de otra sorpresa que suele dar la escena porteña: cuántos buenos pero ignotos actores andan sueltos por ahí. Y si Walter Jakob, que completa el elenco, no está incluido en esta observación, es porque a esta altura ya habría que mencionarlo como una de las figuras del off: es autor, junto a Agustín Mendilaharzu, de dos de las mejores obras que hay en cartel, Los talentos y La edad de oro (en la que además actúa) que también, a su modo, exploran los recovecos de las amistades masculinas.

La escenografía es ínfima, y esto es parte de la gracia de la obra: con muy pocos recursos, estamos instalados en plena pampa húmeda. Con sólo un abrir y cerrar de puertas, una mesa, algo de humo y poco más, el living-escenario de la casona se transforma en un casco de estancia, un establo habitado por un par de caballos, un campo con tanque australiano, una pulpería. Y, si bien hay tres actores, los personajes son cuatro: apenas un cambio corporal hace que Egido oscile entre un abogado concheto y un peón taimado. Una vez más, el teatro concreta una utopía: la imaginación al poder.

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