viernes, 8 de febrero de 2013

El escaso peso de la dramaturgia


Viernes 08 de febrero de 2013 | Publicado en edición impresa

Platea infantil

Por Juan Garff  | LA NACION

Sobre la cuerda floja, del inglés Mike Kelly. 

Breves escenas, gags, pinceladas y canciones coreografiadas. Con humor, destreza circense y números musicales se arma gran parte de la profusa cartelera infantil porteña. También de la que se ha ganado merecido prestigio, de la mano de puestistas, músicos y actores de indudable talento. Y no está nada mal. Sin embargo, algo falta en medio de tanto brillo. Uno de los directores de mayor trayectoria en nuestro medio lamentaba en una reciente charla informal el escaso peso de la dramaturgia en el teatro dedicado a los chicos en Buenos Aires. Hay pocas historias consistentes sobre el escenario.

Un doble prejuicio parece alimentar esta ausencia: que los chicos, naturalmente inquietos, no tienen aliento suficiente para seguir una trama mayor (y menos aún en los tiempos del zapping e Internet); y que no es conveniente ahondar en temáticas conflictivas frente al público infantil, aun cuando sean ellas la esencia del teatro desde el tiempo de los griegos clásicos. Una solución redonda, la versión en clave de clown de El círculo de tiza caucasiano de Bertolt Brecht que puso en escena Héctor Presa con La Galera Encantada, sobre los derechos ganados por el afecto frente a la jurisprudencia del poder, o Tengo un dinosaurio en el ropero , de María Inés Falconi, sobre la rebeldía infantil en la más tierna infancia, son dos solitarios ejemplos de que no es necesariamente así.

En otras latitudes se sostiene también sobre el escenario esta necesidad de aventura, emoción y dilucidación de conflictos. A fines del año pasado se presentó brevemente en Buenos Aires la compañía chilena Teatro Milagros con una delicada obra del inglés Mike Kenny, Sobre la cuerda floja , en torno a la ausencia de una abuela recién fallecida. Similar es la temática de ¿Podés silbar? , la obra de títeres de Jorge Onofri basada en un cuento del sueco Ulf Stark. También de Suecia trajo Hugo Álvarez la premiada Historia de un pequeño hombrecito , sobre la amistad entre un hombre solitario y un perro, tan marginales como lo son muchas veces los niños. La canadiense Suzanne Lebeau incursionó en el drama de los niños envueltos en conflictos bélicos, la argentina Perla Szuchmacher abordó la homosexualidad en Príncipe y príncipe , basada en un cuento de autores holandeses y estrenada en México. El éxito de todas estas propuestas se basó en la dramaturgia lograda que extrañaba el director teatral de la charla informal, vía regia para llevar a escena los conflictos que también atañen a los chicos, al vivir ellos en el mismo planeta de los adultos.

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