jueves, 17 de enero de 2013

Santiago de Chile y un festival de mil caras


Jueves 17 de enero de 2013 | Publicado en edición impresa

El encuentro congrega a 71 obras y 400 funciones en 17 días

Por Verónica Pagés  | LA NACION


SANTIAGO, Chile.­- Da un poco de vértigo el Festival Santiago a Mil... y escribir sobre él. Es que los números impresionan. Para muestra, un botón: se presentan 71 obras -distribuidas en 400 funciones- en 17 ciudades de distintos (y lejanísimos) puntos del país, en 20 comunas de la Región Metropolitana y en 24 salas de la ciudad de Santiago. Son 17 días de fiesta para un encuentro que cumple 20 años casi al mismo tiempo (apenas con unos meses de diferencia) que se conmemoran los 40 desde el golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende (uno de los temas fuertes de este encuentro).

Da vértigo tener pocos días para contar lo que aquí pasa? ¿cómo elegir qué ver? ¿Cómo decidir a dónde ir? Si quedarse en el bellísimo GAM (así se lo conoce al centro cultural Gabriela Mistral) para ver teatro de sala (como aquí le dicen) en algunos de sus múltiples espacios, o dispararse a la Plaza de Armas para ver -rodeado de una multitud- alguno de los impactantes números callejeros. Todo es cuestión de tomar decisiones rápidas, seguir pistas, escuchar pareceres? desde los del taxista que atraviesa raudo la ciudad para que esta cronista llegue a tiempo a la próxima función; los de la pareja de jóvenes que repasan en voz alta lo que vieron en el colorido punto de encuentro del festival; los de aquellos programadores extranjeros que pululan tratando de pescar alto impacto para llevarse a sus respectivos países; leyendo en cada "recreo" las muchas publicaciones que el propio festival ofrece a modo de brújula; apelando al propio background; a la intuición o a todo eso junto.

Parece locura, pero es puro disfrute y se lo puede vivir desde el minuto cero de pisar esta ciudad que está tomada, literalmente, por el encuentro.

La cartelería callejera no deja cuadra o manzana sin intervenir. días, horarios, medios de transportes, precios, todo va renovándose con el paso de los días para mantener al tanto no sólo a quien "ex profeso" busca el festival sino -y principalmente- para que se lo choque la gente en la calle. Y eso es lo que marca la diferencia.

Si bien es cierto que el Festival tiene ya 20 años, el gran salto (en cuanto a repercusión masiva) lo dio en 2007 con la presencia callejera de la compañía francesa Royal de Luxe, que dirige Jean-Luc Courcoult, con La pequeña gigante y el rinoceronte escondido . Esa muñeca enorme de madera y su historia fue el detonante que hizo que los chilenos se apropiaran de este festival que había ido creciendo de a poco, pero con una fuerza que lo hizo estallar (en el mejor de los sentidos). Allí Santiago a Mil encontró una visibilidad para su gente y para el público de afuera que lo fue posicionando como uno de los encuentros teatrales más importantes de Iberoamérica, equiparándolo -sin lugar a dudas- al increíble Festival Iberoamericano de Bogotá.

Así este año, el festival -que empezó el 3 de enero y termina este domingo- comenzó con todo Santiago en el puño, felices los santiaguinos de participar, de salir a las calles, de dejarse sorprender. Y volvió a suceder. Esta vez con Las jirafas y Las ruedas de colores , los dos espectáculos a gran escala de los franceses -invitados de honor- de la Compagnie Off, que dirige Philippe Freslon.

Parece magia, pero es pura cabeza creativa. La gente que se conmueve en las calles más pronto que tarde llena las salas. Si no sería imposible explicar que con la cantidad de funciones y de propuestas (danza, teatro, música, circo) de Chile -claro está, España, Brasil, Italia, los Estados Unidos, México, Australia, Polonia, Canadá, la Argentina y demás. hoy es dificilísimo encontrar entradas disponibles.

Esa gente fue la que abarrotó la autobiográfica propuesta del canadiense Robert Lepage, La cara oculta de la Luna , uno de los puntos altos de la semana pasada. Lo mismo sucedió con Diario de viaje: veinte para las ocho , de la coreógrafa alemana Sasha Waltz, en su segunda vez en el país.

NO HAY MÁS LOCALIDADES

Así, no fue nada raro ver carteles de entradas agotadas -anteayer- en las boleterías de Cachorro morto, El año en que nací o El taller . La primera es una de las tres obras que trajo la Compañía Hiato, de Brasil. Cachorro morto es una maravilla inspirada en un libro de Mark Haddon ( El curioso incidente del perro a medianoche ), que da permiso a un exquisito elenco de contar una historia pequeña con -aparentemente- pocos recursos. No hacen falta más que esos cinco actores y el buen libro de Leonardo Moreira (también inspirado director) para emocionar y encantar a la abarrotada platea de una de las salas del GAM. Es difícil dejar de mirar a Luciana Paes, la actriz hace que uno se olvide de elevar la mirada a los carteles de la traducción. Basta con verla a ella.

Luego de una furiosa corrida, aparece ante los ojos El año en que nací , una coproducción argentino-chilena que dirige Lola Arias, inspirada en su propio montaje Mi vida después . Del mismo modo en que narró la historia personal de seis actores argentinos nacidos durante la época de la dictadura, aquí la directora buceó en las vidas de once actores chilenos -nacidos entre 1971 y 1989- para contar a través de sus historias personales los casi 20 años de la dictadura de Pinochet. Vuelve a emocionar y a divertir (parece increíble, pero divierte de verdad) apelando a fotos, cartas, videos y representaciones de fragmentos de estos hijos de ex militantes revolucionarios, junto a hijos de marinos, carabineros. El mecanismo es perfectamente viable, no hay reiteración (si uno vio las dos obras) que moleste, porque si bien son parecidas las épocas y las situaciones, la diferencia lo hace el detalle personal de cada narración. Hay historias impactantes y verdaderos hallazgos dramatúrgicos que ayudan a empalmarlas.

Y con la noche llega El taller , una obra chilena de la compañía La Fusa, que dirige Marcelo Leonart, que viene siendo un éxito desde antes del festival. Inspirada en un hecho real, la historia se centra en el taller literario que durante los años 70 dictaba la escritora (y agente) Mariana Callejas en el Cuartel Quetrupillán de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA). Lo macabro y lo hilarante se equilibran de manera inquietante en un montaje absolutamente "pop" en el que brillan Nona Fernández (también es la autora) y Francisca Márquez. Unos minutos menos no le hubiesen venido mal; apenas un detalle.

Para ese momento ya era medianoche... y había un Encuentro de Trasnoche (charlas con elencos) esperando en algún otro lugar de la ciudad. ¿Cómo decir que no?.

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