lunes, 31 de diciembre de 2012

Teatro 2012: TODOS LOS ESCENARIOS


LUNES, 31 DE DICIEMBRE DE 2012

TEATRO › BALANCE DE LA TEMPORADA TEATRAL 2012

Voluntad y representación de la realidad argentina

Teatro 2012: Una vez más, la actividad teatral desbordó por el empuje de los creadores. Del circuito alternativo y de los elencos de los teatros oficiales surgieron, en tanto, las quejas a los funcionarios por cuestiones relacionadas con el atraso en la entrega de subsidios y la demora en la firma de contratos.

Por Hilda Cabrera y Cecilia Hopkins

El año que hoy termina mostró un crecimiento –en cantidad de obras y en contenidos– del teatro alternativo. La militancia, el peronismo, Malvinas, el exilio y el interés de los jóvenes por la historia y la política fueron algunos de los temas preferidos.

Cierra el año teatral y se impone el recuento, siempre incompleto ante una actividad que desborda por el empuje de los creadores. La cartelera no dio respiro al espectador interesado en compartir los secretos y las transformaciones de la escena. En principio, las obras del circuito alternativo, previamente escritas o elaboradas en ensayos o a partir de dramaturgias colectivas, sumaron la mayor cantidad y diversidad de contenidos. De este circuito y de los elencos de los teatros oficiales surgieron las quejas a los funcionarios de Cultura de la Nación y de la Ciudad por cuestiones relacionadas con el atraso en la entrega de subsidios y la demora en la firma de contratos y el pago correspondiente. Hubo reclamos de la Asociación Argentina de Actores y de entidades que agrupan a los independientes, pero no acciones en conjunto. La fragmentación sigue siendo un estado aún no superado por los mismos que reclaman cambiar los ejes de la discusión.

Se dice que la complicidad es fundamental en el teatro y que “la obra se va haciendo” con el público, pero esas aspiraciones no se cumplieron siempre. No basta con propuestas ligadas a situaciones y estéticas que importan. Por otro lado, el interés de los más jóvenes por los sucesos de la historia y el devenir político no fue novedad sino rebrote de años anteriores. Entre otros ejemplos, algunas de las obras ofrecidas en el ciclo Teatro por la Identidad, además de diferentes en cuanto a enfoque, fueron estrenadas antes en otros espacios, incluido el ámbito estudiantil, como Islas de la Memoria, donde el equipo dirigido por Julio Cardoso demostró que era posible rescatar para la escena el silenciado período de la posguerra de Malvinas.

En este punto hubo continuidad y uso de materiales relativos a la militancia, el peronismo, la crisis y el exilio. Hasta Héctor Presa, especialista en teatro infantil y juvenil, se animó a abordar en Cenizas quedan... siempre, y en clave musical, el tema de la apropiación de niños, hijos de víctimas de la última dictadura militar. Sobre dos relatos del escritor Haroldo Conti –uno de éstos, A la diestra, cuento que Conti corregía antes de su secuestro–, Alfredo Martín montó Lo que llevó de ausencia; y en tono de comedia, Ampelmann, de Víctor Winer, estampó la frustración del militante que no pudo ser útil a una causa. Dirigió Mónica Viñao, quien llevó a escena Recordando con ira, del “iracundo” John Osborne, en adaptación del dramaturgo Mauricio Kartun, donde el eje fueron los vínculos difíciles de contemporizar. Del mismo Kartun, el actor y director Manuel Vicente presentó El partener, en el Teatro Nacional Cervantes. Luis Romero estrenó Argentinien, de Pedro Gundesen, con un destacado trabajo de Alejandro Awada; y en El arco de triunfo, de Pacho O’Donnell y puesta de Daniel Suárez Marzal, una familia de clase media asumía el rigor del exilio para salvarse de la crisis económica. Marzal estrenó una ambiciosa versión de Yerma, de Federico García Lorca, en el Teatro Nacional Cervantes.

Desde el personaje de una anciana discapacitada, viuda de un socialista de prestigio, la actriz Ana María Casó reflexionó sobre los vaivenes de la política en ¿Qué fue de Betty Lemon?, obra de Arnold Wesker; y en Cachafaz, de Copi, Tatiana Santana, Emilio Bardi y Claudio Pazos dieron cuenta de la transformación que se produce en unos personajes dispuestos a acabar con el hambre propia y ajena, y con los uniformados que hostigan al vecindario. En El miedo, el actor y autor Totó Castiñeira presentó a tres personajes en trance de develar el secreto que esconde un aljibe colonial, y partiendo de El matadero, de Esteban Echeverría, el actor y director Diego Starosta propuso una inversión de roles donde el discurso federal partió de una familia patricia.

Cenizas fue una de esas obras en las que la intensidad desplazó al adorno. La transgresión, el tabú y la muerte fueron pilares en este monólogo de Neil LaBute que protagonizó Patricio Contreras; en tanto La voz de la sirena, de Alberto Muñoz, actuada por Claudia Tomás y dirigida por Leonor Manso, halló nuevos significados en la soledad, el sometimiento y la violencia de género. La mirada femenina dominó en ¿Qué me has hecho, vida mía?, retrato de la actriz Fanny Navarro elaborado por María Merlino; y en 2040, Elisa Carricajo se refirió en clave de ciencia ficción al cuerpo femenino como territorio en el que pueden verificarse los cambios sociales y culturales. Escrita por Amancay Espíndola y dirigida por Ana Alvarado, Ojos verdes propuso un soliloquio a dos voces; en Aviones de papel, de la colombiana Diana Cheri Ramírez y dirección de Teresita Galimany, se abordó el tema del desencuentro en las grandes ciudades; y en Las lágrimas que me tragué, de Ezequiel Matzkin, actuada por Marina Castillo, se habló de la necesidad de descartar objetos para conquistar la libertad. Escrita y dirigida por Diego Faturos, Amanda vuelve, con Marta Lubos, mostró a una mujer madura que sobrelleva la soledad. La espera del ser querido se convierte en metáfora del deseo inalcanzable.

La última sesión de Freud, una de las mejores obras del año

Las criadas, del francés Jean Genet, sacudió con una irreverencia que el director Ciro Zorzoli atenuó sin dejar de escarbar en el fiero vínculo de locura y defensa de lo propio que encadena a las criadas y la patrona, actuada por Marilú Marini. Irreverente fue también el montaje de La cabra, de Edward Albee, donde Julio Chávez compuso a un personaje ocurrente y provocador, dispuesto a sincerarse con los suyos. La última sesión de Freud, de Mark St. Germain, permitió a los actores Luis Machín y Jorge Suárez concretar un trabajo admirable. Conducidos por Daniel Veronese, dieron vida a dos valiosos personajes metidos en un clima social y político de perversión y exterminio en masa. Un tiempo en el que cabía cuestionar la existencia de un Dios justo. Este y otros planteos, como el de la inconstancia de los humanos respecto de lo que dicen creer, fue central en El Gran Inquisidor, creativa versión del célebre monólogo de Los hermanos Karamazov, novela de Fiodor Dostoievsky, que protagonizó el destacado director y régisseur francés Patrice Chéreau, en breve gira por Buenos Aires.

Frente al desastre, ¿qué le resta al que sufre y no ve en el otro a un enemigo? Quizá Las multitudes, de Federico León, sea un paso en pos de la transformación y el crecimiento junto a los otros. En un 2012 activo en materia de edición de libros teatrales, ciclos y homenajes, regresó el actor Miguel Angel Solá a la escena de Buenos Aires. Radicado en España, se lo vio junto al grupo La Típica en Leve Ascenso, recreando con música y palabras la historia de un personaje que padeció mal de amores. Junto con la danza, los textos del poeta y escritor Juan Gelman inspiraron al actor y director Hugo Aristimuño la obra Dibaxu, ofrecida en el Teatro Celcit, uno de los ámbitos particularmente activos de 2012. El tema de la vida compartida apareció en Mineros, de Lee Hall, una convocante pieza del circuito comercial, donde Hugo Arana, Darío Grandinetti, Juan Leyrado y Jorge Marrale compusieron a unos personajes que, en huelga y poniendo a prueba la propia solidaridad, descubren la pasión por el arte. Dirigida por Carlos Rivas, Lo que vio el mayordomo, del inglés Joe Orton –autor de obras en las que predominan la farsa cruel y el humor negro– derivó en reflexiones sobre las reacciones de la sociedad frente al tema de la libre elección de la identidad sexual.

Mientras en el circuito independiente o alternativo se multiplicaban las quejas por la “sordera” de los funcionarios, el teatro oficial seguía alentando las coproducciones. Fue así con Sallinger (sic), del escritor y director francés Bernard-Marie Koltès, en cuya puesta, en el Teatro San Martín, participaron La Cie Mû y L’Héliotrope, de Francia, compañía fundada en 1997 por Paul Desveaux. En ese espacio se ofrecieron versiones de Enrique IV y de Macbeth, de William Shakespeare, y en el marco de la temporada internacional, la celebrada 1984, versión de la novela de George Orwell, por la compañía estadounidense The Actor’s Gang, dirigida por Tim Robbins. Cerrando diciembre pudo apreciarse el afinado trabajo del Piccolo Teatro de Milán en Arlequín, servidor de dos patrones, pieza de Carlo Goldoni, en la versión de Giorgio Strehler.

El especulador, de Honoré de Balzac, se constituyó en una pieza fuera de serie. La adaptación y dirección fue de Francisco Javier, quien, dentro del grupo de artistas que llevan años de trabajo, estrenó Sol de noche (en el Cervantes) y propuso un homenaje a Jean Vilar y un estudio sobre este actor y director francés, creador del Festival de Aviñón y el Teatro Nacional Popular de París. Otro incansable fue Agustín Alezzo, que llevó a escena una nueva versión de Master Class, actuada por Norma Aleandro, y quien, junto a Nicolás Dominici, continuó dirigiendo El círculo, de Donald Margulies, y dio nueva vida a Jettatore, con gran lucimiento de Mario Alarcón. Entre otros creadores de trayectoria, el actor y director Norman Briski publicó textos y estrenó obras propias en su espacio Caliban; y Manuel Iedvabni dirigió ¿Cuánto cuestan los cristales?, basada en una pieza breve de Bertolt Brecht y otra de Jacques Attali.

La literatura incidió con distinta fortuna en la escena. Relevante fue el estreno de Molly Bloom, versión del famoso monólogo de la novela Ulises, de James Joyce, donde Cristina Banegas, dirigida por Carmen Baliero, retrató, con palabras de Molly, la rebeldía y el disgusto de una convivencia. La hasta entonces inédita puesta de La mujer justa surgió de la adaptación de la actriz Graciela Dufau y el director Hugo Urquijo de la novela del escritor húngaro Sándor Márai. El Caballero de la Triste Figura atrajo a la banda Los Macocos y nació Don Quijote de Las Pampas. Conversaciones con mamá, adaptación de la película de Santiago Carlos Oves, permitió a los actores Pepe Soriano y Luis Brandoni renovar el carismático contacto con el público, y en Para qué vamos a hablar de la guerra, el director y autor Román Podolsky recuperó a los inolvidables Gelsomina y Zampanò, de La strada, película de Federico Fellini, para radiografiar a los desplazados del sistema. También dirigida por Podolsky, Globo flotando contra el techo de un shopping, de Alberto Rojas Apel, ofreció al espectador una suerte de racconto a tres voces acerca de lo que desencadena en un hombre la muerte imprevista de su hijo.

Las historias de vida inspiraron un bello espectáculo de Pepe Cibrián Campoy, quien mostró una sensibilidad a flor de piel en el unipersonal Marica, donde actuó y del que es autor. Allí, el poeta y dramaturgo Federico García Lorca ensayaba un relato de su vida frente a quien sería su ejecutor. De otra historia nació Cliff (Acantilado), del español Alberto Conejero López, dirigida por Alejandro Tantanian; también Los insolados, de Hernán Morán, con puesta de María Urtubey, sobre relatos de Horacio Quiroga. Y hubo más: Pessoa (Saudades), monólogo de Javier García que interpretó Gerardo Baamonde; Freshwater, de la inglesa Virginia Woolf (única pieza teatral que se le conoce), llevada a escena por Emilia Franchignoni; y Riñón de cerdo para el desconsuelo, dirigida por Carlos Ianni. Allí, el mexicano Alejandro Ricaño armó una pieza lúdica a partir del vínculo entre James Joyce y Samuel Beckett. La mención de tanto título resulta escasa si se atiende a lo hecho en el teatro, disciplina que por la riqueza de contenidos e interpretaciones, reconocidas a nivel internacional, merece un mayor compromiso de los funcionarios a cargo y la creación de políticas culturales más participativas

Un fenómeno aluvional

 Por Roberto Perinelli (Dramaturgo e investigador)

Si el teatro de Buenos Aires se caracterizaba por una cantidad de espectáculos inusitada, preciso es decir que durante la temporada 2012 el fenómeno aluvional se ha acentuado. Por supuesto que esta cuestión se manifestó con mayor vigor en una de las áreas en que se fracciona la actividad escénica de la ciudad, la alternativa, el off o de la manera que se la quiera llamar. Este andar avasallante fue acompañado, por cierto con una programación mucho más prudente, por la escena comercial, el llamado teatro de la calle Corrientes, que parece haber abandonado definitivamente a la revista y vuelto la mirada hacia un teatro de calidad, aunque con la lamentable carencia de la autoría argentina.

La tercera pata de la actividad, el teatro oficial, pudo seguir dividiéndose, como en años anteriores, en dos zonas bien limitadas: el Teatro Nacional Cervantes, que con una cartelera plena de autores nacionales, actuales y clásicos, ha mantenido un nivel de calidad y coherencia que se le extraña a su congénere municipal, el Complejo Teatral de Buenos Aires, de un andar vacilante, interrumpido y atento a un régimen de coproducciones que resulta, al menos, discutible.

No queda ninguna duda de que dentro de este cuadro sobresale claramente el teatro alternativo. Con afán de evitar injustas omisiones no mencionaré títulos ni protagonistas destacados (que los hubo y muchos), pero es evidente que dentro de esta zona es donde se ofreció el arte dramático más inquietante. La producción tan abundante guardó la saludable virtud de ser absolutamente versátil, donde convivieron sin problemas de habitabilidad desde la propuesta más experimental hasta el teatro histórico, el de corte confesional o el costumbrista. Quedaron atrás, por fortuna, mezquinas antinomias que alguna vez enfrentaron a los teatristas, cuando adhirieron a posiciones que hoy suenan ridículas, tales como preferir una estética denostando la existencia de otra posible. En 2012, los cultores del off encararon los proyectos que les vinieron en gana, sin obedecer a ninguna receta previa y con un atrevimiento que, por supuesto, a veces provocó resultados desdichados, pero que con mucha más frecuencia dio luz a frescas y deleitables aventuras teatrales, para que el público (muy a pesar, en muy lento aumento) pudiera aplaudir con entusiasmo y, a veces, con legítimo asombro.


Compromiso con el presente

Por Luis Cano (Dramaturgo y director)

A propósito de las pasantías en el Complejo Teatral de Buenos Aires 2012, ¿qué hacer en el teatro estatal? Si hacemos algo en el teatro estatal, ¿cómo lo hacemos? No son cuestiones pequeñas. Sé que algunos sonríen al escuchar estas preguntas; no les parece un tema de actualidad. Yo leo en esa sonrisa cómo no participan, ni siquiera hablan, acerca de la manera de ver y de pensar de esta época. Un teatro del Estado representa nuestro compromiso con el presente. Algún apresurado polemista ya estará disputando lo que digo. Bien. Estas palabras, que resumen sólo la opinión de un fin de año, no complejizan tampoco como debiéramos. Nos debemos una discusión detallada. La tesis de algunos es que el teatro estatal no puede usarse. O simplificando aun más: que está precisamente para usarse. Yo digo, por el contrario, que es un instrumento de cambio. Así que no perdí la oportunidad de plantear aquí la oposición entre dos ideologías muy diferentes. Lo que se necesita ahora es desarrollar la discusión. Cada uso dramático es expresión de una ideología. Yo digo que el Estado debe estar en nuestras manos, y creo en su transformación. Deliberamos, en principio, así tendremos más poder sobre su función.


Interpelar a otros públicos

Por Mariano Pensotti (Dramaturgo y director)

En lo personal, 2012 fue un año en el que tuve la oportunidad de mostrar mis trabajos en contextos culturales y sociales muy diferentes. Arrancamos el año con una larga gira por Estados Unidos con El pasado es un animal grotesco, que nos llevó desde Nueva York hasta Los Angeles, pasando por casi diez ciudades, en tanto que a mediados de año fuimos a Corea. Ahora estoy terminando otro proyecto, una intervención urbana en Calcuta, India. Estos trabajos, que fueron originalmente pensados específicamente para el contexto argentino, terminaron interactuando con públicos que uno podría pensar que están en las antípodas del nuestro. Sin embargo, terminamos encontrando muchas más coincidencias de las imaginadas, tanto estéticas como vitales. Independientemente de las historias que narran mis obras, muchas veces muy vinculadas con cosas particulares de Buenos Aires, creo que hubo ciertos conceptos que interpelaron a estos públicos. Contar una multitud de historias complejas con recursos mínimos, interrogarnos sobre cómo hablar de nuestras ciudades a través de la producción artística de sus habitantes. Sobre todo preguntarnos en qué medida nuestra ficción puede modificar la realidad y cómo esa realidad transforma nuestras ficciones.


Lo que hay y lo que no hay

Por  Ingrid Pelicori (Actriz, traductora teatral)

La cantidad de espectáculos que hubo este año en Buenos Aires vuelve imposible una mirada capaz de abarcarlos. Hay mucho y hay de todo. Hay calidad, talento, creatividad. Y una proliferación impresionante que, por de pronto, habla bien de nuestro pueblo que se reúne, se expresa, y realiza una tarea colectiva y poética muchas veces con total desinterés económico. Ultimamente observé también, sobre todo en la escena independiente, una preocupación por abordar temas que hacen a nuestra identidad.

Ahora bien, ¿qué no hay? No hay un cuidado de este “tesoro”, un hacerse cargo de esta singularidad. No hay políticas teatrales que surjan de pensar el rol del teatro en una comunidad y en la nuestra en particular. No existen (y para mí es una barbaridad) elencos estables, grupos subsidiados; difícilmente podríamos tener una versión criolla de Peter Brook o de Ariane Mnouchkine o de Robert Sturúa, porque los intentos grupales no pueden sustentarse y se vuelven a la larga inviables. La profesión estrictamente teatral –y en todos sus circuitos– está arrojada a la lógica del mercado.

Hago mías estas palabras de Giorgio Strehler: “Hace falta una red de teatros públicos con una concepción que los articule, pero con formas múltiples, que reflejen las diversas formas de expresión artística y las diversas formas de organización, tomando al teatro como ‘servicio artístico’ y dando trabajo a grupos enteros de trabajadores del espectáculo de una manera continua. Se trata de poner el teatro al servicio del interés público”.


Asombro y admiración

Por Patricio Contreras (Actor y director)

La grabación del doblaje de una película, los ensayos y la posterior actuación en Los poetas de Mascaró y en Cenizas no me dejó tiempo para estar al día con la actividad teatral. Quiero sí manifestar mi asombro y admiración ante tanta producción, variedad y calidad que hay en los ofrecimientos. Todo esto indica que el teatro en la Argentina sigue derrochando salud y que, más allá de los fallidos, es para celebrar que haya tantos talentos volcados a esta actividad. Lo único que verdaderamente me inquieta es algo que hasta hace poco era para mí, como para muchos, motivo de admiración: la asistencia mayoritariamente femenina a las salas. Esto se me ha trocado hoy en preocupante sensación por la notoria ausencia de público masculino. Vaya a saber uno cuántas razones pueden explicar este fenómeno, pero valdría la pena hincarle el diente en algún momento.
 
 Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/10-27434-2012-12-31.html

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