martes, 11 de diciembre de 2012

Milagros de la Vega una artista con todas las letras

Talentosa y sensible, fue una de las actrices más notables de la historia del teatro y el cine argentinos. 

Nacida el 3 de febrero de 1895 en Buenos Aires, su nombre verdadero era María de los Milagros de la Vega pero fue conocida como Milagros de la Vega a secas. Vivió un tiempo en Salguero al 500, en el barrio de Almagro, en la que fue su casa natal. Se educó en Chile, donde a los 5 años estudió en el Conservatorio Nacional. 

Cuando regresó a Argentina, ingresó al Conservatorio de Teatro y al de Música. Actuó en Montevideo y fue pilar de la Comedia Nacional Argentina. Dueña de una trayectoria teatral extensa e impecable, actuó en el Teatro Cervantes y sobre todo en el Teatro San Martín, donde descolló en un amplio repertorio de piezas clásicas.

En 1915 interpretó a Manuelita Rosas en la obra Amalia, de José Mármol, un duro retrato de la etapa rosista. Otros trabajos teatrales memorables fueron en La casa de Bernarda Alba, de García Lorca, en 1958, donde compartió el elenco con Margarita Xirgu en la última aparición de esta renombrada actriz;Romance de lobos, de Ramón Del Valle Inclán, dirigida por Agustín Alezzo; Un guapo del 900, donde hizo una composición brillante en el papel de Natividad,en 1967, y Las aguas del mundo, ambas de Samuel Eichelbaum; Los mirasoles, de Julio Sánchez Gardel.

En 1950 tuvo el privilegio de estrenar en Buenos Aires La muerte de un viajante, de Arthur Miller, junto a Narciso Ibáñez Menta, y años más tarde también se lució en otro personaje del mismo autor, al actuar en Las brujas de Salem en 1972, con Alfredo Alcón y la dirección de Alezzo. Asimismo, participó en otras obras como Israfel, de Abelardo Castillo; Todo en el jardín, de Edward Albee; Ollantay, con la dirección de Luisa Vehil; El último perro, dirigida por Carlos Gorostiza y con música de Astor Piazzolla. Con su esposo Carlos Perellirealizó largas y exitosas giras por Argentina y los países limítrofes. Ejerció la docencia en el Conservatorio Julián Aguirre de Banfield y tuvo una importante carrera en la radio.

En cuanto a su labor en el séptimo arte, en 1919 debutó en el cine mudo en El mentir de los demás, de Roberto Guidi, a la cual siguió El último centauro, en 1923, donde su marido interpretaba a Juan Moreira. Cuenta con 26 películas, entre ellas, La chismosa;Veinte años y una noche; Malambo, con música de Alberto Ginastera; El pecado de Julia, basado en la obra de August Strindberg; La bestia debe morir; La pasión desnuda; La Quintrala; La patota; La cifra impar; El reñidero, con Alcón; El loro de la soledad; Los orilleros, con guión de Borges y Bioy Casares; Saverio el cruel. Su despedida del cine fue una colaboración en el documentalBuenos Aires, la tercera fundación(1980), de Clara Zappettini.

Se dio el lujo de ser dirigida por realizadores de la talla de De Zavalía, Soffici, Saslavsky, Amadori, Del Carril, Bayón Herrera,Viñoly Barreto,Tinayre, Antín, Mugica, Kuhn, Wullicher. Algunos datos merecen subrayarse. Por ejemplo, en uno de sus primeros filmes, La chismosa (1938), tuvo la posibilidad de trabajar con la gran Lola Membrives y de ser dirigida por Enrique Susini, uno de los legendarios “locos de la azotea”, inventores de la radio. Con Mirtha Legrand compartió elenco en Vidalita (1948) y el clásico La patota (1960); trabajó con Pepe Arias en Todo un héroe (1949).También fue compañera de Atahualpa Yupanqui en Horizontes de piedra (1956), basada en la novela Cerro Bayo del mítico folklorista, quien además compuso la música de la película.

Entre sus ciclos televisivos se destacan No me digas que no, en 1960, en Canal 13, y El teatro de Alfredo Alcón, en 1966, en Canal 9. En ese mismo año fue galardonada con el Gran Premio Fondo Nacional de las Artes junto al dramaturgo Armando Discépolo. En 1979 se publicó su libro de memorias En aguas del recuerdo, testimonio recogido por el periodista Julio Ardiles Gray.Esta esplendorosa artista falleció el 11 de diciembre de 1980 en Buenos Aires, a los 85 años.

Una anécdota que cuenta Alcón refleja su ternura y su nobleza:“Eran sus últimos días, estaba muy enferma, en cama. Yo la visitaba bastante. Era como un romance el que teníamos. Yo era un pibe y ella una señora grande. Un día, poco antes de que se muriera, yo me iba y me dijo: ‘¿Te gustan los proverbios árabes, che?’. Sí, le dije yo. ‘A ver si te gusta éste: «Cada vez que veas caer la hoja de un árbol, soy yo que me estoy despidiendo».‘¿Te gusta?’. Le contesté que me parecía hermoso. ‘Bueno, no es un proverbio árabe, lo escribí pensando en vos’ ”.                                                                          
                                                                           Laura Brosio

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