domingo, 28 de octubre de 2012

Manuel Puig, su lugar en La Plata


Domingo | 28.10.2012 | Publicado en Edición Impresa:   Séptimo Día

TENDENCIAS

Por JUAN BECERRA


A la urna que guarda los restos de Manuel Puig no le ha faltado un buen mantenimiento mientras estuvo bajo la custodia de su madre, Male Delledonne. Si la memoria no miente, como nos tiene acostumbrados, el envase tiene ciertos relieves rococós, unas curvas similares a las de la Copa FIFA adelgazando hacia la base y una tapa como de tetera metálica, llamativamente pulida por quién sabe cuántas pasada de limpiador Brasso. La vi sobre un estante del departamento de la calle Charcas de Buenos Aires, al que Male había regresado luego de la muerte de Puig en México en 1990, y cumplía esa doble función de ciertos ornamentos, como los prestigiosos jarrones de la dinastía Ming, de los que se celebra su forma pero sobre todo su pasado.

Las cenizas, sin dudas las de un espectador de cine, estaban muy cerca de una habitación en la que se conservaba la sala de proyecciones que Puig había montado en sus largas estadías en Río de Janeiro y Cuernavaca: dos sillones, un televisor y miles de películas en VHS; y como para que no se dijera que ese no podía ser el ambiente natural de un escritor, en los estantes se infiltraban unos pocos libros, casi todos traducciones de su obra.

Male Delledonne murió en 2006, a los 99 años, y tanto ella como la urna de su hijo están guardados en una bóveda familiar del Cementerio de La Plata. Desde entonces, la ciudad tiene su escritor adoptado más famoso (en realidad su habitante más famoso entre vivos y muertos, sólo superado por Juan Sebastián Verón), un nombre capaz de evocar, con sólo nombrarlo, dos factorías de ilusiones globales: Broadway y Hollywood.

LA HERENCIA

Manuel Puig se subió a ambos caballos de comisario, desde los que irradió una obra que comenzaba en la literatura y terminaba en las versiones más populares del entretenimiento. Lo hizo, como todavía se recuerda, con El beso de la mujer araña (1983), un dramón sociogay que descontroló la cultura ideológica de la época y enloqueció a Burt Lancaster, quien no sólo quería ser el protagonista de la película que dirigió Héctor Babenco sino que, además, escribió varios guiones fallidos. Homosexualidad, violencia política, love story, final negro y la presencia del cine como una fuerza más poderosa que la vida de las personas. Si la pregunta es qué le faltaba para producir un éxito epidémico, la respuesta es: nada.

Pero esa, la de fines de los años ‘80 del siglo XX (cuando Puig llega a Hollywood en 1985, después de la adaptación de su novela) es la cima puiguiana. A nivel del suelo, ese valle árido y solitario en el que se planta la primera bandera de una obra al modo de un alunizaje, las primeras “locaciones” nombradas en los libros de Manuel Puig son General Villegas -el pequeño infierno pampeano del que el cine es su extranjero posible- y La Plata.

En Un destino melodramático, publicado en 2004 al cuidado de Graciela Goldchluk, se recopilan varios argumentos sueltos de la obra de Puig, entre ellos su prueba piloto: unas pocas páginas escritas en 1962, de las que saldría su primera novela, La traición de Rita Hayworth. Será difícil ver en otros escritores, incluyendo a los localistas, una serie de menciones tan frondosa de La Plata. Plaza Rocha, las calles 6 y 7, el tranvía 5, City Bell, la confitería La Perla, un almacén de gallegos en 3 y 42, una casa de 7 y 35, otra casa en calle 43, unas “negras de mota” de calle 5, San Ponciano y la Facultad de Humanidades forman la cartografía íntima de una ciudad en la que, aún presente en la memoria, “no pasa nada”.

TIEMPO Y ESPACIO

No es serio hablar de escenario -es decir de espacio- sin hablar de tiempo. Lo que está presente en esas referencias urbanas es menos la ciudad de La Plata que la infancia de Puig. Visto así, se entiende mejor que las primeras palabras del primer capítulo de su primera novela sean. “En casa de los padres de Mita, La Plata 1933”. Mita, como saben los estudiosos de Puig que son capaces de allanar todas las correspondencias entre vida y obra, no es otra que Male Delledonne, quien inició la carrera de Farmacia en La Plata. Pero esas correspondencias se hacen un picnic si imaginamos que tampoco es la infancia de Puig lo que está presente en ese impulso de escritura, sino la juventud de su madre.

Lo cierto es que, por afuera de las novelas, La Plata es para Puig una causa (no nos importa si temporal o espacial: una cosa lleva a la otra) de evocaciones frecuentes. El 23 de diciembre de 1957, durante su primer viaje a Europa que la familia parece financiarle para obtener su extraordinaria corresponsalía -como si hubiesen dicho: “que viaje Manuel, que es el que sabe contar”- recuerda a su abuelo mientras recorre Italia y escribe: “Nunca lo recuerdo como muerto, me parece que siempre tiene que estar en 43, cansando a las chicas. Imposible concebir que cuando vaya a La Plata no lo encuentre”.

Es una carta que de algún modo documenta las dificultades de concebir el final de la infancia. Una sensación que recrudece el 29 de diciembre de 1958 con otra carta, esta vez fechada en Londres: “Me acuerdo patente de cuando nos sentábamos con Bruno en un banco de la Plaza Italia, a la tardecita, después de la Pitman, creo. Mejor no acordarme de La Plata porque son tantos los recuerdos, las idas con la abuelita al cine Princesa y tantas tantas cosas que mejor cambiar de tema inmediatamente”. No querer recordar: imposible concebir una prueba más clara de dolor amoroso.

EN ESTUDIANTES

En la novela La yugoslava (2004), de Esteban López Brusa, que entre otras cosas cuenta la historia de un escritor que le pide a su mujer -de viaje por Europa- que vaya a Sarajevo y entreviste a Konstantin Zecevic, el referí bombero del legendario Manchester United-Estudiantes de Old Trafford, se aborda el “caso” Puig. Según el autor, Puig pasó el verano de 1945 en la pileta del Club Estudiantes, aparentemente habilitado por el carnet N° 149 de la categoría cadetes, uno de los pocos objetos -junto con sus discos- que se llevó cuando retiró las pertenencias que había acumulado en La Plata, ese patrimonio sentimental que agiganta su importancia si uno lo acopia cuando no está en casa.

También se dice que existe una posibilidad de que a Manuel Puig le haya interesado no sólo la natación de Estudiantes sino también el fútbol. La razón es que Puig “selecciona” algunos titulares de diarios de 1969 y “elige” insertar en su novela The Buenos Aires affaire la siguiente noticia: “Estudiantes de La Plata ganó por 3 a 1” (ante la Universidad Católica de Chile). Que me perdone López, pero veo el interés de Puig apuntando a los jóvenes futbolistas de entonces -y a sus particularidades: al dandysmo de Madero; la rusticidad de Bilardo- más que al fútbol, demasiado masculino para que encajara en sus gustos.

La extensa ronda de Manuel Puig por el mundo no puede reconstruirse sin que le falte algo. Nació en General Villegas y vivió en Buenos Aires, Roma, Londres, New York, Río de Janeiro, Cuernavaca... etcétera. Pero está discretamente sepultado en La Plata, la ciudad que a juicio de Borges -enemigo artístico número uno de Puig- lo mejor que se puede hacer con ella es abandonarla.

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