miércoles, 3 de octubre de 2012

La Magia en los Rincones

REVISTA LA CULTUROSA

TEATRO EN EL VIEJO ALMACÉN EL OBRERO

Escapándonos de la literalidad encontramos grandes riquezas, descubrimos nuevos mundos simbólicos y aprendemos a través del arte. En La Casa de Rigoberta, dirigida por Cynthia Pierce, los tesoros se multiplican y además, hacen pensar.

Por Clarisa Fernández
El dramaturgo y actor argentino Arístides Vargas ya es leyenda en el mundo del teatro; sus obras polémicas, cargadas de contenido social y simbólico han sido premiadas en el mundo entero. Fue parte de grupos latinoamericanos como la Compañía Nacional de Teatro de Costa Rica, el Grupo Justo Rufino Garay de Nicaragua, el grupo Taller del Sótano, en México, etc. Actualmente dirige el grupo ecuatoriano Malayerba, fundado por él. La casa de Rigoberta es una de las obras de este gran director, llevada a los escenarios platenses por La Cháchara Teatro y dirigida por la actriz, docente y directora teatral Cynthia Pierce.

Siempre es un desafío decidirse a representar obras de la profundidad que ofrecen autores como Vargas, ya que se ponen en juego elecciones estéticas y técnicas que determinarán la posibilidad de dialogar más o menos con el público. El caso de la obra dirigida por Pierce nos presenta una puesta equilibrada, que sin desconocer el drama que atraviesa cada parlamento de las tres actrices en escena, tiene la capacidad de dar a conocer lo justo para captar la atención del espectador, conmoverlo, hacerlo entrar en la historia, sin caer en la literalidad explícita.

La obra original contaba con cuatro personajes: Rigoberta, la madre, la abuela y el padre. En esta versión el personaje del padre no está, pero la madre funciona como síntesis de ambos. Lo rico de esta obra no está solo en la excelente labor de las actrices, sino también en el modo en que se combinan las temporalidades, conflictos y dimensiones personales de los personajes, en un fluido ir y venir de miedos, historias e imaginaciones que vive cada una. Rigoberta, niña imaginativa y sensible, describe mundos creados desde el más allá, desafiando a la muerte que la encontró muy tempranamente. Su abuela, sufrida, fuerte, dura, la interpela mostrándole una realidad que las rodea y las entristece. Su madre, la personificación de los dilemas ideológicos y morales, representación de conflictos internos, melancolías y pensamientos que recorren desde el sentido común hasta cuestionamientos profundos.

Pocos elementos en escena, un tic tac de fondo marcando un tiempo lejano que aparece y desaparece, juegos de luces que abren y cierran escenas, estructuran un relato que si bien no es lineal ni previsible, se presenta como accesible para comprender un drama atravesado por dimensiones individuales y sociales, que se entremezclan en el vínculo particular de estas tres mujeres.

¿Cómo se logra ese poder mágico de ingresar en universos nunca visitados, simplemente a través de palabras que los describen, miradas puntualmente dirigidas, gestos magistralmente esbozados? Ese poder mágico es parte del arte de la actuación bien lograda, cuando el personaje no es sólo una representación de alguna persona que alguien imaginó en algún momento perdido. Se logra con trabajo comprometido del cuerpo y la voz, en los movimientos no exagerados pero suficientemente elocuentes, en la capacidad corporal para poder transmitir angustia en las palabras, mientras se pelan papas o se dobla un repasador. Se logra cuando aparece una mujer pero que es una niña, y se siente una niña, se escucha una niña, se percibe una niña. Es cuando la palabra “Revolución” suena en los oídos de los espectadores y eriza la piel, aún sin haber estado en una; o cuando se pueden ver en la mesa pituca de una cena de alta elite las máscaras de esos personajes detestables, aun sin haberlos visto nunca.

Lo bueno de esa magia es su posibilidad, su accesibilidad y su cercanía. La casa de Rigoberta da habida cuenta de que es posible atravesar paredes, historias y distancias cuando un trabajo artístico se lo propone. Permite hallar la magia en los rincones de la actuación, demuestra que el dolor y la felicidad pueden ser caras de la misma moneda porque no siempre viven en universos distintos, y podemos encontrarlos, acompañados por todos los matices que los atraviesan, en una obra de teatro.

Todos los viernes de octubre de 2012 a las 21 hs en el Viejo Almacén El Obrero (13 y 71), “La Casa…” te recibe con el texto impecable de Arístides Vargas y la dirección no menos destacable de Cynthia Pierce. Acercate a experimentar la magia; Jordana Eddi (Rigoberta), Magalí Ventimiglia (abuela) y Emilia Benítez (madre), no te van a defraudar.    

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