jueves, 19 de julio de 2012

Marilú Marini: "Nunca perdí contacto con todo lo argentino"

La actriz argentina, radicada desde hace 30 años en Francia, estrena hoy en el Alvear “Las criadas”, de Jean Genet. Habla de las dificultades de volver a actuar en castellano, de la posibilidad de instalarse en Buenos Aires y recuerda a Jorge Luz, “un entrañable amigo”.

18.07.2012 | Por Juan José Santillán

A pocas horas del estreno, Marilú Marini tiene su estrategia para encarar la recta final de un espectáculo: “Voy a tomar otro café para ponerme bien nerviosa antes del ensayo”, bromea la actriz radicada en Francia. Volvió a Buenos Aires para interpretar, desde hoy, en el teatro Alvear, a La Madame/La señora, una de las protagonistas de ese desquiciado monstruo de tres cabezas que Jean Genet plasmó en Las criadas . “Es una obra donde la alineación y la muerte están muy presentes: Genet habla poéticamente de la locura y de la lucha por tener una individualidad”, dice Marini. Esta versión dirigida por Ciro Zorzoli ( Estado de ira , El niño en cuestión ), con las actuaciones de Paola Barrientos y Victoria Almeida, propone, continúa la protagonista, “hacer hincapíé en cómo la locura desestructura a estos seres. Se trabaja, como concepto de la puesta, el teatro dentro del teatro, algo que pide el autor desde las primeras escenas.” Jean Genet escribió Las criadas, a finales de los ´40, en la cárcel donde estuvo guardado algunas temporadas. El autor se basó en hechos reales: el asesinato en la década del ‘30 de una mujer, y de su hija, por dos hermanas que trabajaban como empleadas domésticas en su casa. Una de las claves de la pieza es el cambio de roles. Los personajes son prácticamente hologramas cuyas voces deambulan frenéticamente por los intérpretes. La Madame toma el rol de la sirvienta, y viceversa. Sartre, en una de sus odas al lumpen de Genet, escribió que estas criadas son larvas que han nacido del sueño de un amo... Forman parte de la gente pálida y abigarrada que vegeta en la conciencia de las personas honradas.

Este año ha trabajado en la misma obra en París, ¿a qué dificultades se enfrenta cuando traslada la interpretación de un mismo material del francés al castellano? Hice la experiencia hace unos años con Los días felices , que había actuado en francés, la lengua original en que Beckett la escribió, y luego la hice aquí en castellano. Esa es mi lengua, aunque en mi casa se hablaba alemán por mi madre y mi tía. Tuve esa dualidad de idiomas desde niña. Sin embargo, pasar del francés al castellano es un cambio muy importante. El francés es un idioma literario muy sublimador; y el castellano, en cambio, está lleno de matices con una carnalidad más densa. Cada palabra produce una inmediatez tremenda en todo lo que expresa. Aquí, en los primeros ensayos, sentí que no estaba llenando la materia de esas palabras con mi cuerpo. Intentaba actuar en español, pero con la mentalidad que me da el francés para acercarse a un texto. Y el castellano requiere otro punto de vista para ver el mundo y el teatro. Me llevó un tiempo importante adecuarme a eso.

Hace más de tres décadas que vive en Francia, ¿se siente extranjera en Buenos Aires?

Para nada, nunca perdí contacto con todo lo argentino. Hay distanciamientos y cosas que tengo que precisar cada vez que vuelvo a trabajar en mi idioma.

¿Qué es la lengua para usted en su oficio?

Es una herramienta de trabajo que tiene una densidad de expresión igual que un cuerpo. Estoy convencida de que el cuerpo es lo que expresa a una persona en la realidad y lo que le otorga su carácter individual. Y el idioma es parte de eso. Además, me brinda la forma de llegar al compañero que está conmigo en una escena. Es el instrumento con el que acaricio, golpeo y excito al espectador: esa persona que viene a vernos para verse a sí mismo. Nuestro trabajo como actores consiste en la posibilidad de brindar un espejo nítido, y sin prejuicios de la realidad. Ofrecemos una desnudez que puede aterrar o regocijar. Para eso, en cada función, debemos ir a lugares inconfesables del espectador con ligereza y mucha ironía.

¿Cómo fue el encuentro con las dos actrices jóvenes con las que trabaja?

Ellas tienen una inteligencia enorme para meterse y sostener cualquier situación teatral. Están formadas con una experiencia muy distinta a la mía.

¿Cuáles serían las diferencias?

En estos meses aprendí mucho, Paola y Victoria me han abierto las puertas de trabajar con la inmediatez de la situación, con lo que sucede en el momento, y no con “lo que debe ser”. Suelo plantearme, antes de ensayar, qué va a pasar en una escena y veo todos los caminos posibles para llegar a ese lugar. Ellas, en cambio, definen el objetivo sobre la marcha de una manera muy eficaz. Ese tipo de trabajo es muy nuevo para mí.

¿Cómo encuentra la ciudad en cada regreso?

Mi primera vuelta fue en el año ´86 con la delegación cultural del presidente François Mitterrand, y desde la década del ´90 intento venir más seguido a Buenos Aires. A esta ciudad la encuentro siempre rica en contrastes y con una energía extraordinaria de la gente. Acá todo cambia cotidianamente mucho más rápido que en Europa, y la gente tiene una capacidad de adaptación increíble. Me nutro de todo eso.

¿Se plantea la posibilidad de vivir en Buenos Aires?

Es una pregunta muy difícil. Me gusta y necesito venir por varias razones. Es el lugar que me vio hacer mis primeras cosas, también es el país que me formó. Acá viví mi infancia y no sé quién dijo que la única patria es la infancia. Yo creo profundamente en eso. Genet decía que “uno escribe siempre sobre su infancia”. En fin... En Francia tengo mi historia, mi familia, pero es cierto que pasa por mi pensamiento, y por el de mi marido, terminar de vivir en este país.

El recuerdo de Jorge Luz

El fallecimiento de Jorge Luz, el sábado pasado, fue un duro golpe para Marilú Marini. “Fue un amigo entrañable que me enseñó y me hizo descubrir el teatro -dice la actriz-. Me dio una lección de vida y de fuerza ante las adversidades. Cuando él subía a un escenario entendía inmediatamente todo lo que pasaba alrededor. Tuvo un código de actores que pertenecen a otra época, a otro estilo. Era alguien que podía hacer un Tennessee Williams y, a la vez, mantener en vilo al público en un music hall, en una comedia o con sus imitaciones. Lo conocí, antes de irme a Francia, en un espectáculo que se llamaba Polvo de estrellas , con Bárbara Mujica y Enrique Pinti. Tuve el privilegio de estar al lado de un gran maestro.”

Fuente: http://www.clarin.com/espectaculos/teatro/Marilu-Marini_0_739726026.html

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