domingo, 8 de julio de 2012

Dramaturgia y conciencia social

Suplemento Cultura

08.07.2012 | Roberto Arlt, de la escena independiente a clásico del teatro nacional

Por:
Jorge Dubatti

Basta con echar una mirada sobre los caminos que ha recorrido el teatro argentino en el siglo XX, para comprobar la relevancia de los aportes de Roberto Arlt (1900-1942) a la escena nacional y latinoamericana. Hoy sabemos que Arlt dramaturgo tiene la monumentalidad de un clásico. La lectura de su Teatro completo (Losada, con un prólogo de David Viñas escrito especialmente para esta edición, seguramente una de sus últimas producciones ensayísticas), lo ratifica.

Pero Arlt compuso su teatro entre 1932 y 1942, acompañando los pasos iniciales del Teatro del Pueblo. Encarnó en sus obras el proyecto de modernización escénica y generación de conciencia social que caracterizó a la escena independiente de Buenos Aires. En poco más de diez años, Arlt escribió una docena de obras de diversa extensión, entre las que brillan tres textos insoslayables, perfectos: Trescientos millones (1932), Saverio el cruel (1936) y La isla desierta (1937). Menos logradas, pero igualmente expresivas de sus obsesiones y su poética, son las piezas extensas El fabricante de fantasmas (1936), África (1938), La fiesta del hierro (1940) y El desierto entra en la ciudad (1942, estrenada póstumamente en 1952), así como las obras cortas Prueba de amor (1932), Escenas de un grotesco (1934, antecedente de Saverio el cruel), La juerga de los polichinelas y Un hombre sensible (ambas de 1934). El fabricante de fantasmas fue el único estreno que Arlt concretó en el circuito del “teatro profesional de arte”; el resto de sus piezas las puso en manos del fundador del teatro independiente, Leónidas Barletta.

El Teatro del Pueblo, “Agrupación al servicio del Arte”, fue creado el 30 de noviembre de 1930 por convocatoria de Barletta. Su objetivo: “Realizar experiencias de teatro para salvar al envilecido arte teatral y llevar a las masas al arte general, con el objeto de propender a la elevación espiritual de nuestro pueblo”. El nombre de la agrupación coincide con el del libro de Romain Rolland, El Teatro del Pueblo, que circulaba en Buenos Aires en traducción al castellano desde 1927. Bajo el lema “Avanzar sin prisa y sin pausa, como la estrella”, una frase de Goethe, el grupo apunta a la continuidad y la perseverancia.

La Municipalidad de Buenos Aires le asigna a Teatro del Pueblo una sala en Corrientes 465, “un cuchitril –según Luis Ordaz− que había sido lechería y en el que cabían 120 espectadores mal sentados en rústicos bancos de madera”. Para convocar a la función, Barletta hace sonar una campana que impacta con su sonido varias cuadras a la redonda. Es la misma campana que Guillermo Facio Hebequer ha dibujado en el logotipo que identifica al grupo.

Arlt es testigo de los comienzos de la agrupación. En su aguafuerte “El Teatro del Pueblo” (El Mundo, 21 de junio de 1931), escribe con cierto irónico desinterés: “Honradamente dicho teatro puede ser definido así: un salón sombrío como una caverna y más glacial que un frigorífico, donde jugándose la salud media decena de muchachas y muchachos heroicos, ensayan obras de escritores jóvenes a quienes los sesudos y expertos directores de nuestro teatro no dan ni cinco de bolilla”. Y agrega: “El salón-caverna, que no hace mucho tiempo debió haber sido un criadero de cucarachas, ratas y arañas, ha sido pintarrajeado actualmente por dos artistas: Abraham Vigo y Facio Hebequer.”

Pero ya en un texto del año siguiente, Arlt sabe vaticinar la relevancia que el Teatro del Pueblo alcanzará gracias a la fuerza de sus fervorosas convicciones estético-ideológicas y de su capacidad de trabajo, la misma “voluntad” que Arlt se autoatribuye −y celebra− en su prólogo a Los lanzallamas, donde elogia la actitud de conquistar el futuro “por prepotencia de trabajo”. La noche del 3 de marzo de 1932 el Teatro del Pueblo estrena El humillado (versión teatral de la novela Los siete locos) y Arlt lee unas palabras de agradecimiento a Barletta, que se reproducirán en la revista Conducta diez años después bajo el título “Pequeña historia del Teatro del Pueblo”. Arlt habla allí de una “camaradería invisible que se liga al porvenir de esta obra indestructible”, advierte que el Teatro del Pueblo está construyendo un territorio de subjetividad alternativo (“una isla”), e intuyendo la potencia que adquirirá el teatro independiente en la historia de la escena nacional, afirma que “aquí se está preparando el teatro futuro” y que “estamos en los comienzos de la lucha”. Arlt está convencido de que “dentro de algunos años el Teatro del Pueblo será una empresa montada con todas las exigencias del teatro moderno” y asegura que entonces ya nadie recordará que “Barletta y sus camaradas han hecho y hacen aquí el trabajo de peones de limpieza, albañiles, carpinteros, pintores, electricistas, apuntadores, actores, decoradores; nadie recordará que esta gente vive como en una isla, combatiendo contra toda clase de dificultades...”. Vaticina: “Creo que estamos en presencia de una realización que, con el tiempo, va a crecer hasta convertirse en sede oficial de nuestro teatro nacional. No digo palabras de optimismo, sino de hombre que conoce y sabe valorar los efectos de una terrible fuerza humana: la voluntad.” Sus augurios fueron avalados enfáticamente por la historia.

La primera obra teatral de Arlt, Trescientos millones, fue escrita a pedido de Leónidas Barletta y subió a escena en el Teatro del Pueblo el 17 de junio de 1932. Arlt cumple en ella con el doble reclamo del teatro independiente: actualizar los procedimientos composicionales de acuerdo a las nuevas tendencias del teatro mundial, y exponer un problema social que movilice en el espectador la toma de conciencia. La escritura de la pieza participa, híbridamente, del realismo, el expresionismo (a la manera de Henri Lenormand, El hombre y sus fantasmas) y el teatro de “personajes autónomos” (como Seis personajes en busca de un autor, de Luigi Pirandello). La tesis de Arlt es que la realidad social, con su miseria, su injusticia, su brutalidad, es más fuerte que toda compensación imaginaria y destruye a los débiles. Pero la imagen de “proletario” o “desposeído” de Trescientos millones no responde al maniqueísmo idealizante de la literatura de Boedo. La sirvienta no es el personaje positivo del melodrama, sino un alma compleja y llena de prejuicios, pasiones y violencia. Acaso se vea la huella de Babilonia de Armando Discépolo, un autor que Arlt admiraba. En su prólogo, Viñas dedica dos páginas luminosas a comparar a Arlt con Discépolo. De las relaciones y las diferencias surge una clara conclusión: se trata de dos de los más grandes autores del teatro nacional.

Fuente: http://tiempo.infonews.com/2012/07/08/suplemento-cultura-80410-dramaturgia-y-conciencia-social.php

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