sábado, 12 de mayo de 2012

Alejandra Flechner: “De chica, yo quería ser grande”

EL CONFESIONARIO

Buscó su destino en el piano, en la danza en general, en el flamenco en particular. Y lo encontró en brillantes penumbras del under, con las Gambas al ajillo. Le decían “Mafalda”.

12.05.2012 | Por Silvina Lamazares

Con esa frase, dicha como al pasar en medio de la charla, desarma el molde del misterio, ése en el que muchos actores -y gente de otros oficios, obviamente- se amparan a la hora de la entrevista. Ella, más allá de su simpleza, confirma que “soy bastante lo que parezco. Me dejo ver con facilidad”. Y, a lo largo de las casi dos horas de encuentro, ese puñado de palabras revalida lo que dice. Y lo que calla, por qué no. No tiene discurso de casete , ni un personaje público que la disocie. Alejandra Flechner es de esa generación de artistas forjados a la luz de la oscuridad de los sótanos, en los ‘80, donde sólo se brillaba si había con qué. Fue una de las Gambas al ajillo. Es una actriz que marca diferencia.

La calle Corrientes no respeta el cambio de ritmo a la hora de la siesta, pero ese barcito protegido en el pulmón de manzana se convierte en una burbuja de tiempo y espacio. La serenidad, acompañada de fondo por la música de Norah Jones, la lleva a recorrer esas épocas en las que “buscaba, buscaba todo el tiempo. Hasta que un día encontré”.

Entre un verbo y otro, la vida. O parte esencial de ella, en la que decidió transitar a fondo cada una de esas búsquedas. “Yo soy más viajera del viajar que del llegar . Disfruto mucho de los procesos del trabajo. Además, soy muy disciplinada y pongo todo cuando elijo algo. Tengo mucha prepotencia de laburo, que es lo que me da seguridad”, reconoce la actriz que la semana pasada terminó de grabar En terapia , la serie que Canal 7 estrenará pasado mañana, protagonizada por Norma Aleandro y Diego Peretti.

Con un cortado y recuerdos concretos de una infancia ubicada en los alrededores del Cid Campeador -”nos mudábamos, pero siempre estábamos en zona”-, confiesa que “de chica, yo quería ser grande. Y, sin embargo, tengo clarísimo que pasé una niñez hermosa, a la que volvería sin problema”. En aquel tiempo no soñaba con ningún oficio, ni proyectaba qué hacer cuando el calendario le cumpliera su deseo de crecer: “Hacía, directamente. Y hacía muchas cosas. Estudiaba flauta dulce, iba a la escuela, a expresión corporal, al taller de plástica. Tenía inquietudes. Mi mamá tocaba muy bien el piano y yo empecé a tomar clases a los 8 años. A los 15 imaginaba que iba a seguir la carrera de Dirección Orquestal, en La Plata. Pensé que en algún momento iba a dedicarme a la música”.

Pero, cuando estaba por terminar el secundario, “veía a mis compañeras preparando sus cursos de ingreso para algo y yo, nada. En determinado momento, tal vez por todo lo que había leído de niña, se me cruzó la idea de meterme en Filosofía y Letras, pero no. Cuando me recibí, en vez de ir a la facultad, me fui de viaje a Brasil, con un novio, y cuando volví dije ‘Quiero ser bailarina’.

Bailé en el carnaval y me volví loca. Y eso se unía, quizás, con el placer que me daba ir con mi mamá a ver a Maia Plisetskaia. Y a los 18 me puse a estudiar danza en general. Luego sentí que la danza no era y empecé a estudiar teatro con Miguel Guerberof y sentí que eso tampoco era. Y caí en el flamenco, y estudiaba como una enferma”.

Criada en una “casa con aire progre, con reuniones políticas, con apertura al diálogo”, ella era “una nena que observaba, con una mirada crítica y graciosa sobre el mundo, cosa que conservo. Era medio Mafaldita...

De hecho mis viejos, que eran militantes, me decían Mafalda ”.

Me estás tirando muchos títulos...

Eso es muy mío, sí. Es como si siempre estuviera haciendo síntesis, como si tuviera una destilería en mi cabeza. Me interesa mucho observar, comprimir y poder ver el hueso. Y como actriz también trabajo un poco así. Soy muy intuitiva, más allá de la formación. A esta altura es la intuición la que no me defrauda de mí misma. Descanso mucho ahí.

Nacida en el ‘61, la coprotagonista de Lo que vio el mayordomo , junto a Enrique Pinti y Luis Luque, en el Lola Membrives (de jueves a domingo), encontró la vocación cuando estaba a punto de probar suerte en España. “En talleres, clases de clown y esas cosas me fui cruzando con la gente que luego estuvo en el Parakultural (emblemático refugio under de los ‘80). Eramos esa generación de actores que no sabíamos si éramos actores o qué. Era el corte con la generación del Conservatorio, de la búsqueda del texto. Bueno, ahí conocí a las chicas (ver Gambas...

), armamos un grupo y empezamos a ensayar. Pero ya tenía el pasaje. Y en un momento me di cuenta de que empezaba a encontrar algo después de tanta búsqueda. Además, me enamoré y el viaje entraba en duda. El panorama era ir a perfeccionar el flamenco, a empezar de cero mientras limpiaba inodoros en Europa o quedarme y jugarme con las Gambas (grupo transgresor que dejó huella en la creatividad). Y me quedé y fue genial”.

Madre de un niño de 9 años, no asoma como una consejera, pero comparte que “a alguien que estudia actuación le digo ‘Inventate algo, no quieras copiar el método de pirulo’ . Así como uno tiene una cara que es única, hay algo único en uno que, creo, debe ser fogoneado, no aplacado”.

Y ella, que a cuento de muchas cosas habla del fuego (“me prendo fuego en el escenario” o “cuando el sábado a la tarde armaba el bolso para ir al Parakultural, pedía a los dioses que se incendiara la sala, del terror que tenía”), sabe bien de fogoneos. Supo encender una llama en la supuesta oscuridad de los suburbios.

Fuente: http://www.clarin.com/espectaculos/personajes/Alejandra-Flechner_0_698930179.html

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