sábado, 16 de abril de 2011

La ciudad de Buenos Aires perdió muchas salas

Teatro / Demasiados cadáveres culturales

Nadie hace cumplir aquella ley que obliga a erigir un teatro donde hubo otro teatro

Sábado 16 de abril de 2011 | Publicado en edición impresa

Claudio D. Minghetti
LA NACION

Teatro Marconi, demolido de 1967, exponente de un academicismo italiano en sus comienzos era una sala de ópera. Estaba ubicado en el barrio de Balvanera...

Crisis siempre hubo. De no ser así, a finales de la década del 50 no se hubiera dispuesto que allí donde estuvo un teatro siempre deberá funcionar uno. Algunas veces esa regla se ha cumplido, sin excepción con dificultad y muchas otras no. Lo cierto es que, por ejemplo, cuando a principios de la década del 60 se decidió demoler el viejo Marconi de Rivadavia al 2300 para construir un gran edificio de departamentos, se resolvió que sobre una extensión lateral del terreno sobre la calle Pichincha se levantara una sala, luego conocida como Armando Discépolo, de manera tal que se cumpliera, viveza criolla mediante, la misma ley. Claro está que dos décadas más tarde, y en una de tantas crisis, esa nueva sala cerró y se la intentó vender para cualquier destino. Como no se pudo, se convirtió en garaje primero y en algo que no se sabe lo que es ahora. Durante el gobierno militar de Lanusse ardió el Argentino, en Bartolomé Mitre al 1400, en vísperas del estreno de Jesucristo Superstar . Se abrió una nueva etapa en materia de cierres de teatros, los relacionados con el fuego, el accidental y el intencional. Como habría de ocurrir después con las salas del Estrellas, cuando allí se exhibía La leyenda del Kakuy , con la compañía de mimos de Angel Elizondo; el Astros, más tarde demolido y ahora en vísperas de una reapertura con formato subterráneo; con El Nacional, reconstruido por Romay, y el majestuoso Avenida, todo un símbolo de los vínculos que nos unen con España, mientras allí se presentaba El diluvio que viene .

O los negocios, o la desidia o el fuego, así ocurrieron una y otra vez. En la actualidad, hay por lo menos media docena de salas que siguen conservando sus plateas y, o están cerradas o funcionan con espectáculos no necesariamente teatrales. Entre las primeras están el Auditorio Kraft, mayormente usado como cine y ocasionalmente para otros espectáculos, ahora regenteado por una agrupación religiosa, o el Planeta, en Paraguay y Suipacha, como el anterior en el interior de una galería comercial, que se usa ocasionalmente para peñas folklóricas. En cuanto a salas en subsuelos de galerías, uno de los más exitosos fue el Theatron, en el cruce de Santa Fe y Pueyrredón, donde por años se vio La lección de anatomía , de Carlos Mathus, hace rato cerrado. También en Santa Fe, pero al 1800, el Grand Splendid terminó conservando buena parte de su fisonomía, pero reciclado como librería, mientras que el Versalles, al 1400, fue cerrado al promediar la década del 50, y es ahora una tienda de ropa, con formato de petit teatro. Angel Magaña estrenó allí Los ojos llenos de amor , de Abel Santa Cruz, y Tita Merello presentó algunos de sus espectáculos.

En la mencionada calle Suipacha, casi esquina Córdoba y más allá de una coqueta puerta coronada con un arco de medio punto, funcionó La Capilla, donde hubo, principalmente, presentaciones de cantantes o comedias musicales, ahora convertido en sala para fiestas.

Cruzando esta última avenida hacia el Sur, funcionó el Embassy. Allí Pepe Cibrián se hizo famoso con su musical Aquí no podemos hacerlo . Hoy ya no está.

Más allá de Corrientes, sobre Esmeralda, el esplendoroso Odeón, donde se hizo la primera proyección del cine de los Lumière en la Argentina, y por donde pasaron artistas de renombre nacional e internacional, desapareció por completo. Allí Sergio Renán presentó su versión de Drácula y Libertad Lamarque, la maravillosa Hello, Dolly! La sala, al igual que el edificio que la albergaba, sobre un terreno de unos 2000 metros cuadrados con fachada lateral sobre Corrientes, fueron demolidos a pesar de las quejas de los ciudadanos. A casi tres décadas de aquello, el solar sigue siendo una gran playa de estacionamiento. Algunas cuadras más arriba, al 1400, donde alguna vez se levantó el monumental Politeama, siguen riéndose las losas de un gran edificio que se prometió pero nunca se concretó, en algún momento con un cartel que anunciaba hasta un complejo cinematográfico.

Pasando la calle que nunca duerme, en el subsuelo de Sarmiento 777 funcionó el Olimpia. A finales del siglo XX, cerró y hoy, igual que el edificio superior, está en proceso de transformación, no se sabe con que destino, ya que no hay cartel de obra.

Frente a la 9 de Julio, en Cerrito al 200, el acceso al sótano de una galería donde funcionó el teatrito Del Plata está cerrado, ocasionalmente con un cartel que lo ofrece en alquiler.

En el edificio del Estrellas, de Riobamba al 200, hace rato funciona Crónica TV y en lo que fue el Eccos, de Rivadavia al 2200, ahora hay una academia de chefs.

Al parecer mejor suerte podrán correr el Lasalle, en Perón al 2200, que primero lució un cartel con una gran H negra sobre fondo amarillo y ahora un cartel de Telefónica que promete el sponsoreo de su puesta en valor. A tan sólo cinco cuadras de allí, en el Pasaje Discépolo (ex Rauch), por donde pasaban las vías por la que circulaba La Porteña, el Del Picadero, aseguran, volverá a funcionar próximamente. En todo el tiempo que lleva cerrado, la calle primero cambió de mano y se convirtió en peatonal.

HECHO EL TEATRO, NACEN LAS LEYES

La ley 14.800 fue promulgada en 1959. Declara que "en los casos de demolición de salas teatrales, el propietario de la finca tendría la obligación de construir en el nuevo edificio un ambiente teatral de características semejantes a la sala demolida". Surgió cuando se demolió el teatro Odeón. Por otra parte, la ley 24.800 (ley nacional del teatro), expresa que "la actividad teatral, por su contribución al afianzamiento de la cultura, será objeto de la promoción y apoyo del Estado Nacional".

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1365878-la-ciudad-perdio-muchas-salas

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