sábado, 21 de agosto de 2010

Federico D´Elia: “De chico era muy peleador”


EL CONFESIONARIO

21.08.2010 / Cuenta que con los años se tranquilizó, pero “sigo siendo impulsivo”. Soñaba con ser futbolista. Se animó a ser actor. Pasó hambre, pero evitó la portación de apellido.

Una función de teatro, ajena, hace 30 años, fue el quiebre para la toma decisión y no necesariamente por lo que esa noche sucedería arriba del escenario. “Mi viejo estaba haciendo Domesticados, con Bárbara Mujica, Aldo Barbero, Marzenka Nowak, la mujer de Hugo Arana, y un día se presentaron en el teatro Opera de La Plata. Esa tarde Hugo me dijo que quería comprar un casete y lo acompañé al centro. Después fuimos a tomar algo y me preguntó qué haría cuando terminara la secundaria. Yo tendría 14 años. ‘No sé, tal vez actor, pero todavía no me animo a decirlo’. Y me dijo ‘¿Cómo no lo vas a decir? Decilo’. No tenía mucha 
confianza con él, pero fue el primero con el que lo hablé. Cuando llegué a casa se lo conté a mi vieja, a la que mucho no le gustó, y luego, a mi viejo. Ese día tomé la decisión y no me la replanteé nunca más. Me acuerdo que una de las cosas que le dije a papá fue: ‘No quiero que hagas nada por mí... A menos que te lo pida’. Le pareció bárbaro. Y jamás le pedí que hablara con alguien por mí, ni nada”, reconoce Federico D’Elía, quien, lejos de hamacarse en la portación de apellido, tuvo la chance de ser él quien convocara a Jorge D’Elía para sumarlo a Los simuladores.

“A mí me encantaba la idea de trabajar con papá y todos mis amigos querían que estuviera en el programa”, regala, con los valores heredados. Nacido en La Plata, en 1966, cree que “no pintaba para actor. Yo quería ser jugador de fútbol (ver La anécdota)... También pensé en ser bombero y en otro momento me gustaba la oceanografía. Creo que buscaba algo para lo que no hubiera que estudiar mucho. Me iba bien en el colegio, pero era vago y quilombero. Y medio justiciero. Cuando notaba algo raro, yo saltaba por quien fuera”.

Entre otras definiciones de sus buenos viejos tiempos, asegura que “de chico era muy peleador... Hasta los 17 años me agarraba a las piñas seguido. Un poco lo hacía por cabrón, por calentón y otro poco por esa cosa de pendejo de salir en grupo y hacerte el guapo. Por suerte pude modificar ese costado mío que no me gustaba demasiado. Ahora sigo siendo impulsivo, pero trato de controlarlo”.

Con un café a metros del Teatro Apolo -donde protagoniza Todos eran mis hijos, de Arthur Miller-, siente que entre las cosas que no cambiaron de la infancia hasta ahora figura “la de ser un generador de buenos climas entre los amigos o los compañeros. No me lo impongo, me sale naturalmente. Lo grupal me tira”. Tal vez, por su infatigable paso por los deportes colectivos, como el fútbol, el básquet y el rugby. También practicó judo y taekwondo y, de grande, se perfeccionó en acrobacia, especialidad que le permitió integrar las huestes de Claudio Hochman, para montar distintas obras en el Teatro San Martín, como las adaptaciones de La comedia de las equivocaciones, Cyrano y El médico a palos.

Pero mucho antes de pisar ese emblemático escenario, el admirador de arqueros como el Pato Fillol o el alemán Sepp Mayer -campeón del Mundial de 1974- anduvo por otras baldosas, no siempre firmes. “Cuando estaba en tercer o cuarto año, me encantaba venir a la Capital a ver mi viejo, meterme en los teatros, en los camarines, me gustaba eso del actor: no el laburo específico, sino la vida, salir a comer con los compañeros, la vieja mística, digamos. En el colegio, además, tenía un profesor, Carlos Vallina, muy piola, que a la tarde nos enseñaba teatro. Montamos algunas obritas y eso reforzó la decisión”, comparte el padre de Teo, Juan y Miranda, un tipo de mirada tan transparente como el color de sus ojos.

Terminada la secundaria, armó el bolso y se instaló en Buenos Aires, primero en la casa de su padre y luego “con mi primer sueldo, un bolo en Yo fui testigo, me fui a un hotelucho de Solís y Alsina. Era un lugar terrible, pero yo quería mi independencia y era un tanto orgulloso. Después de ese trabajo, mi viejo, con quien tomaba clases -también se formó con Carlos Gandolfo y con Silvina Sabater, la segunda mujer de su padre-, me convocó para El organito, sobre Discépolo, y luego me morí de hambre un buen rato. En esa época me compraba 10 alfajores Guaymallén por un peso y mataba el tiempo leyendo el diario. A la noche me iba al bar Pernambuco, que era como un punto de encuentro de los actores. En ese tiempo, Gustavo Belatti me dio una mano enorme”.

Un día lo llamaron para actuar en Tiempo cumplido, por canal 7 y así se sucedieron sus papeles en Clave de sol, en la película Tango feroz, en Poliladron, su salto con Los simuladores, su Miller de ahora o sus grabaciones en Caín y Abel, la tira que el mes que viene estrenará Telefe.

Coherente entre lo que dice y lo que hace, confiesa que “el medio, particularmente, me hincha un poco las pelotas, me aburren los actores que hablan de trabajo todo el tiempo. A mí la vida me pasa por otros lados antes que por el laburo, lugares asociados con el afecto. Y con eso no negocio”.

Fuente: http://www.clarin.com/espectaculos/personajes/Federico-DElia-chico-peleador_0_320968109.html

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