lunes, 28 de junio de 2010

Darío Schmunck

Darío Schmunck, Monica Sardi

28/06/10

Volver al Argentino. El tenor que deseaba cantar en Londres, triunfó allí e hizo el camino de regreso para ser profeta en su tierra.

PorEduardo Slusarczuk

Cuando decidió volar hacia Europa, Darío Schmunck llevaba en su equipaje un par de ilusiones inmediatas, y el pasaje de regreso en mente para un par de años después. “Nunca fui un tipo de proyectarme a largo plazo, de soñar con cantar en La Scala de Milán, o en lugares así. Porque si no dormís soñando cosas así, podés llegar a frustrarte. Y eso es algo que pasa mucho en este tipo de actividad, en este mundo”, argumenta.

El tipo de actividad del que habla Schmunck es el canto lírico, y su mundo es, en gran medida, el de la ópera, al que llegó desde el rock hace poco más de dos décadas, empujado por el “sueño principal de vivir de la música”. “Nunca pensé que iba a cantar ópera. Yo cantaba rock, y empecé a estudiar para llegar a cantar en el coro del Argentino de la Plata y punto. Pero apareció la ópera, y elegí cambiar de rumbo”, recuerda.

Cuenta el tenor que a partir de entonces fue haciendo “los pasos naturales”. Primero un rol, después otro, una Flauta mágica en el Teatro Colón, una propuesta de audición en Alemania, un contrato, un pedido de licencia en el teatro platense, un vuelo directo a Essen, y los sueños más urgentes en marcha.

Sin embargo, la decisión de subirse al avión abrió las puertas de un mapa que no tenía fronteras a la vista. El cambio de planes llegó en 1999, de la mano de una Maria Stuarda, de Gaetano Donizetti. “Llamé, pedí la renuncia, devolví el pasaje, y ya no volví más”, resume.

“Sin darme cuenta, los sueños se iban cumpliendo”, dice. Y, aunque intenta poner en su justa medida cada paso dado – “Lo de La Scala, como vino también pasó, como sucedió con el Colón, y con otros grandes teatros”, comenta-, el tono cambia cuando aparece Londres en el itinerario que recorre con la memoria. “Siempre pensaba lo lindo que sería cantar allí, en gran medida porque los grupos de rock que más me gustan vienen de Inglaterra. Deep Purple, Black Sabbath... Además, es una cultura tan distinta. Es una ciudad impresionante. La más grossa que hay en Europa, en cuanto a la variedad de lo que se puede ver. Tiene una apertura enorme, al mismo tiempo que una gran personalidad. Ahí conviven el punk con el tipo del bombín al lado”, explica Schmunck.

“La primera vez que canté en Londres fue un cover que hice en un Dom Sébastiem, de Donizetti. Se hacía en concierto, para Opera Rara, en 2005 o 2006. Un año más tarde, canté La Juive, de Jacques Halevy; con la orquesta de la Royal Opera House, grabamos La Straniera, de Vincenzo Bellini. Y el año pasado hice I Capuleti e i Montecchi, del mismo autor”, puntea Schmunck.
Y sigue: “Entrar en el Royal Opera House, en el Covent Garden, fue impresionante. Recuerdo que lo primero que hice cuando llegué fue recorrer los pasillos y los rincones del teatro. Y que mientras miraba las fotos de la gente que cantó allí, desde 1800 y pico hasta ahora, en la sala que precede a la principal, pensaba: ‘Puta, éste cantó acá. Este otro también’, sintiendo que todo eso queda impregnado en los muros, en el lugar. Imaginate que son 2000 personas que vibran con los cantantes que pasan por ahí. Y algo de eso queda. Me pasa en todos los teatros. Pero estar allí era como una graduación.”

Entonces, Schmunck, el recientemente nombrado ciudadano ilustre del municipio de San Martín, por donde paseaba sus sueños adolescentes de cantante, desempolva sus anécdotas del Covent Garden, y en el relato toma forma un seleccionado de la lírica. “El barítono Dmitri Hvorostovsky, el tenor Roberto Alagna, la soprano Anna Netrebko, la mezzo Elina Garanca”, enumera el cantante, y se ríe cuando rescata el momento de su espadeo con la mezzo letona: “Ella tenía que golpear con toda su fuerza, para que se escuchara el golpe metálico. Pero puse mal la mano, y lo que se escuchó fue el toc de su espada contra mi dedo, que todavía está insensible. Eso sí –aclara-: la escena quedó bárbara.”

Y, aunque la consigna está cumplida, Schmunck elige cerrar con un sueño que alimenta desde el mismo día que anulaba su reserva Essen – Ezeiza, poco más de una década atrás, y que se está cumpliendo mientras lo cuenta. “Volver al Argentino siempre fue una cuenta pendiente, una especie de sueño. Canté ahí, cuando aún no existía la sala nueva, en el Teatro Rocha, justo antes de irme, 13 años atrás. Y a pesar de que siempre hubo propuestas, desde hace dos o tres años, se iban frustrando, porque sentía que el rol no era apropiado para mi voz, porque tenía algún compromiso establecido para la misma fecha. Sin embargo, esta vez fue distinto”, concluye, antes de despedirse rumbo al Teatro Argentino de La Plata para interpretar al Duque de Mantua en el ensayo general del Rigoletto que estrenó anoche.

Fuente: http://www.clarin.com/espectaculos/musica/Dario-Schmunck_0_288571265.html

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