viernes, 27 de septiembre de 2002

jueves, 26 de septiembre de 2002

Homenaje

Hoy a las 21 en el Galpón de la Comedia (49 e/3 y 4) se presentará el espectáculo Malvinas (Canto al sentimiento de un pueblo). Con música de Litto Nebbia y textos de Osvaldo Buzzo y Néstor Zapata. Musical en homenaje a los héroes de la guerra de Malvinas de Arteon Grupo Teatral Argentino (Rosario).

Adhiere el Centro de ex combatientes de Malvinas, La Plata. Entrada a $2,5, $3 y $5.

Fuente: http://pdf.diariohoy.net/2002/09/26/pdf/20.pdf

miércoles, 25 de septiembre de 2002

De festejo


La Comedia de la Provincia de Buenos Aires festejará esta noche desde las 21 sus primeros 44 años de vida, reponiendo en su sala del Galpón (49 e/3 y 4) la premiada obra Jugando con el General, del autor platense César Genovesi, que se presentará nuevamente el próximo sábado y todos los sábados de octubre.

Previamente, el director general de la Comedia, Jorge Córdoba, dirá unas palabras.

Fuente: http://pdf.diariohoy.net/2002/09/25/pdf/20.pdf

viernes, 20 de septiembre de 2002

Roberto Cossa en Estudiantes

Roberto Tito Cossa estará hoy a las 19 en la sede social del Club Estudiantes (53 nro. 620 e/7 y 8). Dará una charla sobre Teatro y comunidad coordinada por Sergio Marelli. Entrada gratuita.

Fuente: http://pdf.diariohoy.net/2002/09/20/pdf/20.pdf

Agenda del fin de semana: Teatro

Fuente: http://pdf.diariohoy.net/2002/09/20/pdf/18.pdf

Obra teatral para ayudar a los niños

DOCENTES ACTUAN EN FAVOR DE LOS COMEDORES COMUNITARIOS

Se presentará “No somos actores” en el Teatro Argentino. La entrada será un alimento. Será protagonizada por docentes y preceptores

La solidaridad volverá a ser protagonista en nuestra ciudad. Hoy, a partir de las 20.30, en el Centro de las Artes Teatro Argentino de La Plata se llevará a cabo una nueva función a beneficio de los comedores comunitarios de la región.

Tal como lo adelantó oportunamente este medio, en la Sala “Alberto Ginastera” se ofrecerá la obra teatral “No somos actores”, con la particularidad que estará compuesta por autoridades, docentes y preceptores del Instituto José Manuel Estrada de City Bell que, a través de este original emprendimiento, buscarán ayudar a los niños que menos tienen en la región.

La entrada, como en otros eventos solidarios, será libre y gratuita, aunque se solicitó a los concurrentes que colaboren con la donación de alimentos no perecederos que serán destinados al Banco Alimentario, la Casa Esperanza de la Federación Argentina de Apoyo Familiar (que dirige la candidata a tres Premio Nobel de la Paz, Ana Mon) y “La Casita” de Gorina. El objetivo
será llegar a recaudar dos toneladas de alimentos.

Se espera entonces que la comunidad se acerque a la sala de 51 entre 9 y 10. El evento, que será de carácter solidario, contará con la dirección y puesta en escena de Edgardo Ranieri y la musicalización de Josia Gil Adamo, mientras que entre los profesores, preceptores y directivos del Instituto de City Bell actuarán: Alejandra Koch, Alicia Navarrete, Beatriz Faraón, Leticia Ferreyro, Leticia Salas, Nancy Noielli, Sara Mon, Susana Solas, Adrián Aude, Marcelo Bourgeois, Nicolás Cuenca Saraví y Diego Vallejo.

Pero, además, participará la Banda Sinfónica de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, dirigida por Oscar Barraza; la Escuela de Danzas Contemporáneas de la Asociación Sarmiento, bajo la guía de María Andrea Santillán y la Escuela de Danzas de Nelly Moretón.

La obra que se presentará en forma solidaria tuvo su primer aparición en público el 14 de mayo de 2001, cuando el Instituto José Manuel Estrada de City Bell cumplió 45 años. La idea era conmemorar el aniversario con un evento protagonizado por un grupo de profesores que realizarían un programa de radio ambientado a la época en que nacía el colegio.

El éxito interno de la obra despertó en ellos una nueva vocación: ser actores, y se propusieron como meta para despedir a los egresados, hacer una nueva obra de teatro. El trabajo comenzó con el texto, ya que parte de la obra la conforman escenas de clásicos de distintos autores
y el resto fue escrito por el grupo.

Este proyecto sumó rápidamente al director teatral Edgardo Ranieri, quien apoyó y estimuló al conjunto en cada momento durante el arduo trabajo y las largas horas de ensayo. Así fue como nació este grupo de actores-profesores que decidió llamarse “No somos actores” que, además, es el título que lleva su primera obra.

Con el correr del tiempo se adhirió al elenco el musicalizador Josia Gil Adamo. Y llegó el 16 de diciembre, día del esperado estreno, que se llevó a cabo en el Teatro San Francisco de Asís de Villa Elisa, y en el que se pidió, a modo de entrada, un alimento no perecedero para destinarlo a Cáritas La Plata. La sala se colmó de espectadores con más de 600 asistentes, mientras
que el hall quedó desbordado de alimentos no perecederos.

Este hecho motivó a los integrantes del elenco a seguir adelante con las funciones, porque “comprendieron que a través del teatro también es posible ayudar a aquellos que más necesitan”, se explicó en tal sentido.

La pieza que presentarán en la sala mayor del Teatro Argentino es una versión renovada de la obra ofrecida a sala llena durante el pasado mes de abril sobre el escenario del Coliseo Podestá. Y se espera tener más éxito aún ya que la meta del festival solidario es alcanzar las dos toneladas de alimentos.

http://pdf.diariohoy.net/2002/09/20/pdf/14.pdf

jueves, 19 de septiembre de 2002

Bolero criollo

Hoy a las 18 y a las 20.30 en la Sala de Teatro 420 (Calle 6 entre 40 y 41) subirá a escena la obra Bolero Criollo, con la dirección de Rubén Monreal. Se trata de una de las obras ganadoras del Concurso de la Comedia Municipal año 2002. Para asistir a otras funciones de esta obra para escuelas u otras instituciones, comunicarse con los Tel. 427-1817 o 427-1210, de lunes a viernes
de 8 a 16. Entrada libre y gratuita.

Fuente: http://pdf.diariohoy.net/2002/09/19/pdf/20.pdf

Mujeres al borde de un ataque de nervios

TEATRO-CRITICA / ANTIGONA, LINAJE DE HEMBRAS

Está en escena en nuestra ciudad esta obra de Jorge Huertas, que fue presentada en el Primer Festival Internacional de Teatro Griego Antiguo realizado en Grecia

Por Ana. M. Tótoro
Especial para Hoy

Antígona es un personaje mítico griego, a quien el dramaturgo Sófocles recrea en una de sus grandes tragedias. La joven, hija de Edipo, acompaña a su padre en el destierro y regresa a Tebas una vez muerto éste. Por ese tiempo sus hermanos Eteocles y Polinices se han dado muerte mutua, uno defendiendo y el otro atacando la ciudad. Sin tener en cuenta los motivos por los cuales esto ha sucedido, Creonte, tío de los jóvenes y nuevo rey, determina honrar a uno como héroe y castigar al otro como traidor, negándole la sepultura.

Antígona no cumple esta orden por considerarla contraria a la ley divina y realiza el ritual correspondiente, por lo cual es encerrada viva en una tumba. La joven se ahorca en la prisión y Hemón, su prometido e hijo de Creonte, se suicida sobre su cadáver. También Eurídice, madre de Hemón y esposa de Creonte, se quitan la vida y al rey le toca pagar sus culpas vivo y en absoluta soledad.

Huertas traslada esta historia tebana a una Buenos Aires atemporal, en la que cantidad de mujeres han sido sacrificadas en el falo patrio. Violaciones y desapariciones se entremezclan trayendo ecos de casos distintos pero igualmente dolorosos, entre los que aparece el recuerdo de la catamarqueña Soledad. También la Embalsamada Peregrina (la legendaria Eva Perón) se alza para recordar la larga lista de profanaciones sufridas por su cuerpo en un itinerario que parecía sin fin. Y el tango aporta sus versos, escritores y músicos, junto con el gemido del bandoneón.

Macedonio Fernández, Oliverio Girondo, José Hernández y Jorge Luis Borges son citados a reconstruir la historia actual. La obra se desarrolla como un largo poema en verso en la que un grupo de jóvenes actrices representan todos los papeles, salvo el de Creonte. Actúan, además, como el coro griego que entremezcla sus voces con la música ejecutada en vivo por orquesta y bandoneón.

El trabajo actoral se apoya en la buena dicción del texto, aunque en algunas escenas se refuerza con acertado manejo corporal. Desde la escenografía, vestuario y maquillaje se recrea también el clima teatral de la Grecia clásica: los fragmentos de máscaras en los rostros de las actrices, las túnicas que se transforman para crear figuras imponentes, las mesas que sirven de tarima para las escenas actorales. Imágenes bellas que han sido especialmente consideradas. En síntesis: una propuesta teatral poco común en nuestro medio.

Ficha técnica:
Obra: Antígona, linaje de hembras
Autor: Jorge Huertas.
Intérpretes: María Paula Compañy, Ivana Pantoff, Verónica Calderón, Karina Androvich, Ximena Hoffmann, Silvia Ruivo, Manuel Barreiro..
Escenografía y vestuario: Jutta Lupprich.
Iluminación: Martín Hoffmann.
Música: Eduardo Zvetelman.
Dirección: Roberto Aguirre.
Lugar: Sala Astor Piazzolla (T. Argentino).
Funciones: Viernes y Sábados 20:30 hs.
Domingos 17 hs.

Fuente: http://pdf.diariohoy.net/2002/09/19/pdf/18.pdf

lunes, 16 de septiembre de 2002

Aniversario

Recordando un nuevo aniversario de La noche de los lápices, hoy a las 20 subirá a escena en la Sala A del Pasaje Dardo Rocha (50 e/6 y 7) la obra de teatro Treblinka. Esta producción cuenta con la actuación y dirección de Horacio Rafart, también autor de la realización (foto) La entrada para asistir a la misma es libre y gratuita.

Fuente: http://pdf.diariohoy.net/2002/09/16/pdf/20.pdf

domingo, 15 de septiembre de 2002

Lolita Torres: una voz que les cantó a los corazones

Domingo 15 de septiembre de 2002 | Publicado en edición impresa

Murió ayer a la mañana: será inhumada en el Panteón de Actores

Fue una artista integral aclamada por varias generaciones


Ayer, a las 9.20, falleció Lolita Torres a causa de un paro cardiorrespiratorio. El deceso se produjo en el Hospital Español, donde estaba internada desde hacía tres semanas. Sus restos serán inhumados hoy en el Panteón de Actores, en la Chacarita.

No queda en claro cuáles fueron los motivos que determinaron que Lolita Torres alcanzara un lugar especial en la preferencia de los públicos nacionales y extranjeros. Sin lugar a dudas, esas causas existen, porque ese privilegio el público lo reserva para muy pocas elegidas.

Y Lolita Torres lo fue, en más de un sentido. Casi se podría decir que estaba predestinada a integrar la galería de los artistas que forman parte del patrimonio cultural de un pueblo.

Beatriz Mariana Torres nació el 26 de marzo de 1930, en Buenos Aires. Dicen aquellos que gustan de expresarse con anécdotas que la niña no sabía hablar cuando empezó a cantar. Si el dato es verídico realmente no importa, porque hay registros que revelan que su inicio en la profesión comenzó cuando, con apenas 11 años, mandó su fotografía a un concurso organizado por Radio Splendid, para descubrir nuevos valores.

Fue convocada. Tuvo la oportunidad de cantar y la suerte de que se encontrara en el mismo estudio el actor español Manolo Paredes, que supo intuir el talento y la pasión que se escondían dentro de la precoz cantante. Una argentinita que encaraba temas hispanos con acento español.

"No puedo explicar -dijo la actriz- el porqué del acento español. No sé, me viene de adentro, y eso que mis padres eran argentinos. Mis abuelos paternos eran navarros y los de mamá eran gallegos. Por un tiempo, todos creyeron que yo era española y eso provocó el estallido en la comunidad hispana. Cuando se enteraron de que era argentina no tuvieron el menor prejuicio y me siguieron apoyando."

Manolo Paredes no se quedó simplemente con esa intuición: sin vacilar la recomendó al maestro de arte flamenco Ramón Zarzoso, quien no hizo otra cosa que confirmar las condiciones de la pequeña Torres.

Es por esta conjugación de intenciones que la niña, ya bautizada Lolita Torres, llega en 1942, con apenas doce años, al escenario del teatro Avenida, para debutar en "Maravillas de España". Será otra casualidad la que la llevará de la mano a las puertas del cine.

Abandona la escuela y continúa formándose con una maestra particular. Lolita desarrolla su actividad alternando los estudios radiales de El Mundo, Belgrano, Splendid, con el escenario de El Tronío.

En una de esas funciones teatrales se encontraba el director Luis Bayón Herrera, quien estaba preparando la filmación de "La danza de la fortuna", protagonizada por Luis Sandrini y Olinda Bozán. El guión contemplaba la participación de una bailaora y fue ver el desempeño de Lolita Torres sobre el escenario para convencerse de que ésa era la persona que necesitaba. Así debutó la cantante en el cine, en 1944, y necesitó poco más para agregar al canto su condición de actriz.

Su actividad musical siguió desarrollándose sobre el escenario. En 1948, actúa en una revista de Carlos A. Petit, "Reunión de estrellas en Paraná y Corrientes", y en 1950, alcanza el primer papel protagónico en "Ritmo, sal y pimienta". Es aquí donde empieza a perfilarse un género que más tarde Abel Santa Cruz iba a denominar "comedias con canciones". Un género que Lolita Torres iba a adoptar como propio. Luego vinieron "El mucamo de la niña" (1951), "La niña de fuego" (1952), "La mejor del colegio" y "La edad del amor (1953).

La difusión que le ofrecía la pantalla grande trajo una inmediata repercusión social. Las jovencitas de aquella época encontraron en Lolita un modelo digno de imitar. Así se acentuó la enseñanza del arte español entre las adolescentes.

Pero, además, la joven artista era un nuevo modelo de mujer: suave, dulce y, al mismo tiempo, enérgica, aspirante a la emancipación y sincera para defender esa condición sin prejuicios. Este era el perfil que transmitía a través de sus personajes, que también avalaba con su conducta personal.

Con "La edad del amor", Lolita Torres alcanzó un éxito sin precedente en la Unión Soviética (fue vista por un millón de espectadores), donde se convirtió en el símbolo de la joven emprendedora y emancipada. El éxito cinematográfico le sonreía, pero a ella le seguía atrayendo el escenario. Entre filmación y filmación, en 1954, subió al escenario del Grand Splendid para interpretar "Ladroncito de mi alma", junto a Juan Carlos Mareco.

Cada nuevo film repetía el suceso anterior: "Más pobre que una laucha" (1954), "Amor a primera vista" (1955), "Un novio para Laura" (1955), "Novia para dos" (1956), "La hermosa mentira" (1958).

Hasta que un día descubrió -cuando conoció a Santiago Rodolfo Burastero-, que ella tenía la edad del amor. Se casaron y tuvieron un hijo, Santiago. La fatalidad quebró su dicha cuando, en 1959, en un accidente automovilístico, camino a Mar del Plata, Burastero perdió la vida dejando a Lolita Torres desolada en una prematura viudez. Superados los primeros tiempos de esa tragedia, la actriz retomó su actividad en el teatro y en el cine, sumando además su actividad televisiva.

Hubo varios films: "La maestra enamorada", "Cuarenta años de novios", "Ritmo nuevo y vieja ola", "Pimienta", "Joven, viuda y estanciera", "Allá en el Norte", nuevos proyectos teatrales y televisivos ("Señorita Medianoche", "Dos gotas de agua", "Candilejas", "Mariana"; giras por la Unión Soviética, los Estados Unidos, Canadá, Armenia, Kasakhstán, Crimea, Pretoria y Yalta, entre otros países.

Pero también llegó el equilibrio emocional cuando conoció a Julio Caccia, otro marido que le ofreció la tranquilidad de un hogar y cuatro hijos: Angélica, Mariana, Marcelo y Diego, el continuador de su vocación artística.

Esa vida familiar le iba a demandar un tiempo de atención que ella no dudó en restárselo a su actividad. Cuando consideró que era el momento oportuno para el regreso, lo hizo con el canto y, en más de una oportunidad, unió su voz a la música de Ariel Ramírez o al piano de Oscar Cardozo Ocampo.

En esta etapa de su carrera, Lolita se sintió más próxima a los temas nacionales y sumó a su talento la emoción por el reconocimiento de los sonidos propios como el camino propicio para la expresión artística.

En 1992, realizó un concierto celebración por los "50 años con el arte". Además de hacer un repaso de su vida artística con temas muy conocidos -"No me mires más" y "Castillito de arena" y otros, como "Por el río Paraná", "El día que me quieras" y "Milonga sentimental"-, se comportó como una cálida anfitriona de sus colegas: Jaime Torres, Landriscina, Antonio Tarragó Ros, Ariel Ramírez, Patricia Sosa, Víctor Heredia, León Gieco, Charly García y Mercedes Sosa. En esa oportunidad, Lolita Torres demostró una muestra cabal de una envidiable evolución estilística y estética, interpretado con una voz plena,profunda, que justificó el entusiasmo del público.

Su sonrisa se veló y su voz se apagó, pero su imagen y su canto quedarán registrados en ese imaginario popular, el de su público, que siempre es generoso y agradecido con el recuerdo de sus artistas.

Susana Freire

EL DESENLACE

En 1993 tuvo un problema cardíaco que motivó su internación. Posteriormente, se descubrió que padecía fiebre reumatoidea, que luego derivó en una delicada artrosis generalizada que le provocaba fuertes dolores que la obligaron en varias ocasiones a su internación.
Hace tres semanas fue internada en el Hospital Español por una deficiencia cardíaca y complicaciones pulmonares.
Desde hace quince días estaba asistida por un respirador mecánico. A las 9.20 de ayer falleció a consecuencia de un paro cardiorrespiratorio .

LOLITA POR ELLA MISMA

Evolucionar: "El artista necesita evitar encasillamiento, por eso decidí un día no cantar únicamente temas españoles. A esa actitud me llevó el deseo de evolucionar. Ahora, por ejemplo, me encanta volver a la actriz".

Renovación: "Me siento madura, vital, con inquietudes, con deseos de brindarle a los espectadores, y a mí misma, algo más. Si una no anhela hacer cosas nuevas, una envejece, muere por dentro".

Autenticidad: "Siempre me gustaron Gardel, Julio Sosa y, entre las mujeres, Mercedes Simone. Pero, pese a que crecí en el tango tradicional, estoy abierta a los nuevos giros que sufre el género. Nadie debe estancarse sobre todo en lo artístico. De lo nuevo perdurará aquello que sea auténtico".

Sensibilidad: "Los artistas por lo general somos demasiado sensibles y fáciles de resentirnos cuando sufrimos alguna contrariedad por parte de productores, empresarios en general o cualquiera que tiene que ver con nuestro desempeño. Para poder soportar esas contradicciones entre lo que el artista cree y lo que los otros quieren o pretenden de ese artista, hay que tener mucha fuerza de voluntad para no quebrar los ideales trazados".

Sin prejuicios: "Por un tiempo creyeron que yo era española y eso provocó el estallido en la comunidad hispana. Cuando se enteraron de que era argentina no tuvieron el mejor prejuicio y me siguieron apoyando".

Intuitiva: "Me acerqué al arte por intuición. De cantante me convertí en actriz simplemente porque una de las cosas que me enseñaron fue a volcar sobre el escenario lo mejor de mí". 

viernes, 13 de septiembre de 2002

miércoles, 11 de septiembre de 2002

Admirable presentación de Carlos López Puccio


OPERA CRITICA / ALCESTE EN EL TEATRO ARGENTINO

El famoso músico e integrante del popular grupo Les Luthiers dirigió una memorable versión de Alceste, de Gluck. Las funciones continuarán los próximos viernes y domingo

Por Carlos Sacanell
Especial para Hoy

“Escribí la música de Alceste con la resolución de luchar contra los abusos de la música italiana, la vanidad de sus cantantes y la complacencia de sus compositores”. Así se dirige Gluck a Leopoldo II, Emperador de Austria, dedicándole la partitura de su obra y explicando los principios que la rigieron desde su concepción.

Gluck fue, en sus primeras composiciones, un partidario del estilo italiano, mucho más ornamentado, y compuesto especialmente para el lucimiento de los virtuosos cantantes de ópera de aquellos días, y poniendo un acento en la importancia de la música por sobre la poesía o el texto de la obra.

Hasta 1762, Gluck escribió ópera en ese estilo, que era el de sus contemporáneos, pero con el tiempo se fue mostrando en desacuerdo con un tipo de obra tan superficial y tan densamente ornamentado. Su búsqueda consistió en rescatar el propósito original de la ópera: expresar claramente sentimientos y emociones por medio de la música.

Alrededor de 1760, entró en contacto con el libretista italiano Ranieri de Calzabigi, que escribió un libreto para una ópera que coincidió perfectamente con las ideas del compositor. El resultado de esa unión fue Orfeo y Eurídice, la más grandiosa de sus óperas escritas. También de esa colaboración surgió Alceste, estrenada en 1767.

Las presentaciones de la sala Alberto Ginastera del Teatro Argentino están de acuerdo con la versión francesa, con texto traducido por F. Le Blanc du Rollet, estrenada en 1776 en París. La primera cuestión sobresaliente fue la puesta en escena y el vestuario, ambos de oscuros tonos, dando una lúgubre imagen para la apertura del telón, imagen que tiene mucho que ver con el momento en que comienza la acción, con Admeto -rey de Feres y amante esposo de Alceste- enfermo y en su lecho de muerte.

Podría decirse que el único punto flojo de la escenografía tuvo que ver con la dudosa puesta del tercer acto, totalmente despojado de decorado, dejando ver los fondos del teatro y equipos de iluminación, y coronada por la caída de una de las estatuas en el momento de abrir el telón.

Otro pobre aporte lo tuvieron los subtítulos de la traducción simultánea, no siempre presente, y que hasta por momentos brilló por su ausencia durante prolongados diálogos. Pero éstas fueron sólo pequeñas manchas que no llegaron a nublar una gran noche en lo que a música se refiere, ya que la batuta de Carlos López Puccio comandó con gran seguridad y extremada sutileza a una orquesta perfectamente aceitada.

Esto se vio claramente en los momentos instrumentales de apertura de los actos, como así también en los fragmentos de danza, acompañados con una fineza digna de mención. También destacable fue la participación del continuista Federico Ciancio en el clavicémbalo.

Dentro de las voces, cabe destacar la increíble sensibilidad del tenor Gustavo López Manzitti, en el papel de Admeto, quien ya ha demostrado en diversas ocasiones su gran capacidad musical. También Virginia Correa Dupuy, como Alceste, debe ser recordada por una gran ejecución, en una puesta en la que tal vez ninguno de los protagonistas sobresale demasiado.

Fuente: http://pdf.diariohoy.net/2002/09/11/pdf/18.pdf

viernes, 6 de septiembre de 2002

Amelia Bence

VIERNES, 6 DE SEPTIEMBRE DE 2002

PERSONAJES

Es la de los ojos más lindos del mundo, que siguen siendo de un extraordinario verde esmeralda. Amelia Bence, una de las grandes damas del cine argentino, continúa en plena actividad. Hace teatro, radio, da charlas, hace fierros, y en esta nota rememora su larga y prolífica carrera.

Por Moira Soto

Aparece por una puerta lateral de la sala Miguel Cané de la Secretaría de Cultura y se desliza con porte señorial hacia el escenario, de larga falda recta morada y chaqueta corta al tono levemente entallada, los legendarios ojos verdes realzados por el maquillaje, recitando “Quisiera esta tarde divina de octubre...”. Amelia Bence, estrella de la llamada época de oro del cine argentino, comienza de este modo –una vez más, desde hace cinco años– el espectáculo Alfonsina, que viene representando en diversas bibliotecas públicas acompañada del actor Ricardo Alanés y el músico Ricardo Axit, bajo la dirección de Rodolfo Graciano.

Entre un poema y otro de Alfonsina Storni, interpretados apasionadamente por la actriz, su coequiper va desgranando datos biográficos de la poeta. En un momento, Bence recuerda a Federico García Lorca, “defensor de los derechos de las mujeres”, y ahí nomás manifiesta su deseo de hacer Yerma, aunque más no sea un fragmento. Alanés, que se ha presentado como la “sombra de los poetas”, le sigue el tren y juntos interpretan una escena de la pieza. Más adelante, pretextando que a Alfonsina le gustaba cantar tangos para los íntimos, la actriz entona con personal acento arrabalero “De mi barrio” y “La Cumparsita”, temas a los que suma luego un valsecito y una canción pacifista con la música de Mackie Navaja, de la Opera de dos centavos.

–¿Te das un gustazo al incluir una escena de Yerma en Alfonsina? Se te trasparenta la fruición con que lo hacés.

–Ah, sí. Por supuesto, me pareció que enriquecía el espectáculo. Ese poema que digo al final del cuadro

–”Ay, qué prado de pena, ay, qué puerta cerrada la hermosura, que pido un hijo que sufrir y el aire me ofrece dalias de dormida luna”– es una maravilla absoluta, de una pena muy profunda... Siempre menciono que Lorca vivió unos meses aquí y conoció a Alfonsina, se hicieron muy amigos. En una ocasión hice por Radio Nacional La casa de Bernarda Alba.

–Un rasgo tuyo poco explotado por el cine es tu sentido del humor, que aflora en Alfonsina.

–Claro, y a mí el humor también me sirve para incorporar al público, hacerlo mi cómplice. El humor te hace ver más claramente algunas cosas, te divierte sin dejar de lado la profundidad. No creo que a Alfonsina le hubiera gustado un espectáculo solemne sobre ella, porque era de transmitir sus ideas, sus críticas con mucha chispa, por ejemplo, en la carta que dice “Quién soy yo...”. Y en “Hombre pequeñito”... ¡cómo se burla de los hombres que exigen lo que ellos no pueden ofrecer! Creo que unos cuantos en la platea han de sentirse reflejados cuando lo digo. Pero Alfonsina también puede tener otro tono cuando el tema lo pide: “Cuando mueran mis rosas, las del alma, bésame las pestañas temblorosas y ponme en mis cabellos y en mis sienes una pálida corona de rosas...”. Qué belleza, qué gran poeta además de una persona valiente.

La niña que supo cumplir su deseo 

“Yo vivía en el 1913 de la calle Paraguay, en una casa espaciosa con dos patios grandes. Era una época de puertas abiertas, tan distinta de lo que está pasando ahora... Las chicas jugaban en la vereda, yo estaba a menudo tranquilamente sentada en el umbral. Tengo grabada mi propia imagen a los tres años, el pelo corto con flequillito... Recuerdo que un día pasó una mujer que tendría unos 18, 20, pero que a mis poquitos años me pareció casi una vieja, toda andrajosa, que me pidió comida. La hice entrar a mi casa y le dije a mi mamá: ‘Esta señora tiene mucha hambre’. Y ella me miró con una sonrisa muy dulce y le dio un plato de sopa a esa mujer. Nos mudábamos muy seguido, mi padre –que había llegado de Rusia– era lituano...”, evoca Amelia Bence desde el living de su departamento, rodeada de libros –como las obras completas de Anatole France– y de exquisitos dibujos, firmados por Jan Marzan, de antiguos integrantes de la Comédie Française que decoran un par de biombos y algunas puertas. No es tarea fácil conseguir que la estrella de Los caranchos de la Florida (1938), Nuestra Natacha (1944), El pecado de Julia (1947) –entre otras muchas recordadas actuaciones– se ponga a hacer historia, su propia historia. No sólo porque anuncia que todo, absolutamente todo va a estar en sus memorias sino porque a ella le gusta vivir en el presente, activa y actualizada, dispuesta y esperanzada. 

“Cuando entré a los cinco años al Lavardén fue porque Berta –que ya era profesora de declamación– y Paulina Singerman –que estaba en el Conservatorio y ya empezaba en el teatro–, vecinas nuestras, les dijeron a mis padres que me veían condiciones”, prosigue Amelia después de hacerse rogar un poquito. Precisamente, la actriz, en su espectáculo Alfonsina, memora una anécdota que protagonizó junto a su entonces profesora Storni: la niñita de preciosos ojos claros debía hacer un personaje que escribía una carta a los Reyes Magos, y al intentar pegar la estampilla mojándola con la lengua, se la tragó. Asustada porque creyó que le iba a hacer daño, se puso a gimotear: “Vamos, no llore, mocosa”, la calmó Alfonsina Storni.”A escena, que usted va a ser actriz.” “Y creo que ahí empezó realmente mi carrera”, rubrica Bence.

“Es algo muy importante poder realizar la propia vocación. Yo peleé contra mi familia porque no me dejaban ser actriz. Luché y lo conseguí, pese a que a los diez años me sacaron del Lavardén porque querían apartarme de este oficio, pero a los doce logré volver”, sonríe orgullosamente. “Era la mía una familia muy burguesa, europea, tradicional, que quería que sus hijos estudiaran, que fueran profesionales con título universitario... Pero ese deseo recién se cumplió con mis sobrinos. Sin duda, la mía ha sido una vocación muy fuerte y definida: a los doce le dije a mi madre que en el Conservatorio Nacional de Música y Declamación aceptaban chicas de mi edad para estudiar. Yo sabía que no, pero me habían dicho que acercándome allí podía ingresar al teatro... Y a mis padres, todo lo que fuese estudiar les parecía perfecto. Entonces mi madre me llevó y se encontró con que no había lugar en Arte Escénico, pero si en Danzas Clásicas, con Mecha Quintana, donde entré. Y al poco tiempo ya estaba haciendo de figuranta en Wunder Bar, la primera obra que hice como bailarina. La dirigía Armando Discépolo, que había pedido chicas jovencitas del Conservatorio: yo tenía 13, en ese momento, recién cumpliditos, así que Mecha Quintana me mandó con un grupo de chicas muy adelantadas para trabajar en esa pieza. Simultáneamente estuve en la película Dancing: a esta filmación llegué como extra, pero el director Moglia Barth se fijó en mí, se ve que le gustó mi presencia y me dio una escenita de dos palabras. Entonces, yo estaba trabajando en la obra de teatro y en la película, y un día me despierto a la mañana, confusa, sin saber qué me tocaba hacer. Y ahí decidí que nunca más iba a estar en dos cosas a la vez, para mí era demasiada exigencia. Y lo cumplí hasta el presente. Por suerte, sigo realizando mi sueño de chica gracias a que poseo una memoria privilegiada, y un físico en forma porque me muevo, hago mucha gimnasia, y no estoy sentada ni bordando ni tejiendo ni mirando televisión todo el tiempo. Quizás no tengo todo el trabajo que querría, pero está bien, porque tanta actividad quizás no me conviene y, como suelo decir, soy bastante haragana.”

Los ojos más lindos, la voz más sensual

De Dancing (1933) a Adiós Alejandra (1973) la carrera cinematográfica de Amelia Bence ronda los cuarenta films e incluye joyas de la calidad de La vuelta al nido (1938), Todo un hombre (1943) y A sangre fría (1947). Requerida por los mejores directores, gracias tanto a su notable fotogenia como a su ductilidad interpretativa, la actriz ganó numerosos premios y asimismo rodó en España y en México. Fue la hija del puestero solicitada por padre e hijo en Los caranchos de la Florida (1938); se vistió de época con En el viejo Buenos Aires (1942); pasó de ama de casa a frívola vedette en Mi mujer está loca (1952); se convirtió en criolla de pura cepa en La guerra gaucha (1942); asumió plenamente a la aristócrata que se prenda de su sirviente (nada menos que Alberto Closas) en El pecado de Julia (1947). Y desde luego protagonizó dos producciones que la han marcado a fuego, por distintas razones: Los ojos más lindos del mundo (1943) y Alfonsina (1957), y enamoró, al igual que en la vida real, a Closas en Romance en tres noches (1950).
–Flor de privilegio el tuyo: haber protagonizado esa obra maestra, tardíamente reconocida, de Leopoldo Torres Ríos, La vuelta al nido...

–Y pensar que cuando se estrenó, resultó un fracaso. Fue un experimento del director que yo acepté porque me pareció interesante, y ya en esa época hice mi propio aporte: en esa escena, luego tan comentada, en que José Gola está leyendo el diario, yo, sin que Torres Ríos me dijera nada, me senté a su lado y le acaricié la cabeza. Porque yo, desde siempre, antes que trabajar a los personajes intelectualmente, prefiero dejarme llevar por la intuición. Por supuesto, con el tiempo, además de usar miintuición, he aprendido recursos técnicos, me he cultivado, he reflexionado, y todo ese bagaje enriquece mi actuación.

–Decime, ¿José Gola era tan divino personalmente como se lo ve en las películas?

–Yo no me di cuenta. Tenía 17 años en ese momento, me llevaba el mundo por delante. Estaba enamorada y no reparé demasiado en él. He sido enamoradiza desde los cinco, que me fasciné con un chico de doce que iba al Lavardén. Cuando yo tuve doce, caí enamorada del hijo del hermano de mi profesora de colegio; a los 17, de un director de cine... Ninguno me correspondió, claro, porque para mí todavía el amor era estar en una nube. Después sí, a los 25 quise a alguien muy importante en mi vida. Pero con Gola, además, tenía una relación bastante impersonal. Ningún director me dijo nunca lo que tenía que hacer. La única vez que Mario Soffici me hizo una observación fue en El pecado de Julia: yo me despertaba luego de soñar que era un hada y estaba entre otras hadas en el agua que me llevaba y me iba hundiendo, y pegaba un grito. Soffici me enseñó cómo hacerlo para no quedarme con la garganta rota.

–Trabajaste con casi todos los directores más importantes del momento, e incluso varios de ellos te volvieron a llamar.

–Sí, a partir de Luis Saslavsky, quien fue el que me descubrió en La fuga, cuatro años después de Dancing. Carlos Schlieper, amigo de un cuñado mío, me llevó a ver a Saslavsky cuando preparaba esa película. El me miró con una expresión especial, como si lo asombrara y me dijo: “Es una lástima, ya está el elenco completo...”. Al día siguiente, a las 11 de la mañana, yo todavía vivía con mi familia, suena el teléfono: era Saslavsky que me decía: “Inventé un papelito para usted, venga vestida como ayer, si tiene un pantalón de montar, tráigalo”. En esa época yo era muy deportista, y también andaba a caballo, así que tenía el pantalón. Fueron pocas escenas, pero gracias a La fuga mi carrera despegó. Para mí, en nuestro cine, fue antes y después de Saslavsky. Antes de él, la gente de clase alta no iba a ver cine argentino, y gracias a sus películas cambió esa actitud. Tenía un gran refinamiento en todo sentido, pero también quiero recordar a otros realizadores como Soffici, que me dirigió en El hombre que debía una muerte; a Daniel Tinayre, con quien hice El camino del infierno, A sangre fría, La danza del fuego, La cigarra no es un bicho. Y Pierre Chenal, Luis César Amadori, Luis Mottura, Kurt Land... Por supuesto, Carlos Schlieper, con quien trabajé en Las tres ratas.

–Eran épocas en que las estrellas estaban muy cuidadas, desplegando un glamour un poco al estilo de Hollywood...

–Había un lujo que ya no existe en la ropa, en la escenografía. Se tenía muy en cuenta la iluminación, incluso en las fotos periodísticas. Era la época en que nuestro cine pasaba las fronteras, llegaba a toda América y más allá. Yo, por ejemplo, fui vestida por Vanina de War: en la película Los ojos más lindos del mundo, que producía Argentina Sono Film, Atilio Mentasti me había destinado una ropa que confeccionaban en el estudio. Pero cuando me pruebo uno de esos trajes, Luis Saslavsky, que era un exquisito, dictaminó: “No sirve”. Mentasti le respondió que otro vestuario iba a salir muy caro, y Luis le aseguró: “Si no tengo una ropa de Vanina de War, como yo creo que esta historia necesita, la película no se hace”. Mentasti aceptó finalmente, y cuando Los ojos... estuvo terminada, tuvo que reconocer que el director había tenido razón. Mi vestuario en esa película es brutal.

Placeres de la escena y la televisión

“Justamente ayer –cuenta Amelia Bence–, en Argentores, estuve en un homenaje a Enrique Susini. Me emocioné mucho porque él fue uno de mis primeros directores de teatro. Recordé que cuando Susini empezó con comedias musicales, yo fui y con mi frescura de 14 años en ese momento, le golpeé la puerta de su oficina en el Teatro Odeón y le dije: ‘Doctor, sé que usted busca chicas que quieren empezar a trabajar. Me gustaría que usted me guiara...’. ‘¿Qué sabe hacer?’, me preguntó. Y yo, desenvuelta, le respondí: ‘Yo creo que tengo condiciones para todo’. ‘Ah, muy bien, mijita’, sonrió y empezó a interrogarme: ‘¿Sabe cantar? ¿Sabe bailar?’. ‘Claro, claro, doctor’, le aseguraba yo. El se puso al piano, tocó unos compases y yo empecé a cantar. El se volvió a reír, seguramente divertido por mi desparpajo, y me dijo: ‘No importa, la tomo igual...’. Yo había hecho Wunder Bar y quería más: cantar, bailar, actuar. Susini me tomó para el cuerpo de baile, pero tuve la suerte –para mí, claro– de que en esa temporada enfermase Amanda Varela, que hacía el papel de dama joven (encabezaban Mecha Ortiz y Florencio Parravicini). Entonces nos viene a ver el doctor Susini. Pasa revista al cuerpo de baile, se fija en mí y me señala: ‘A ver usted, vampiresita, venga para aquí. ¿Se anima a reemplazar a la señorita Amanda Varela mañana a la noche?’. ‘Y claro, doctor –le contesto–, todas las noches me quedo entre cajas mirando la obra, me la sé de memoria.’ Mentira, pero era tal mi ambición de llegar, de demostrar mis condiciones, tal la inconciencia de mi juventud que no dudé un instante. Bueno, agarro el libreto, lo leo, tenía que hacer la función un sábado, con el teatro repleto. Yo era gordita en ese entonces, con mucha pechuga, quería adelgazar y casi no comía. Todas las noches soñaba con comida; a los 15 me alimentaba con un menú que me dio el doctor Susini, un bifecito de lomo así de chiquito, media manzana y una galleta marinera. Y le daba a la gimnasia, al baile. Amanda Varela era más alta que yo, y flaca. Como la ropa de ella estaba hecha al bies, se acomodó a mi cuerpo perfectamente. Parravicini era un actor muy especial, nunca te daba los pies, él decía lo que se le antojaba, había que seguirlo. Entonces yo, que me había aprendido los finales de frase, me quedé esperando en vano. Permanecí muda, y él, con ese estilo que lo caracterizaba, empezó a decir mi letra y la de él. El público, que por supuesto se dio cuenta al verme la expresión, me empezó a aplaudir para ayudarme. Te cuento que termina el primer acto y me llama don Florencio a su camarín y me dice: ‘Mijita, está contratada para el año que viene: primera damita joven en mi teatro con Mecha Ortiz y conmigo’. Fue un paso decisivo en mi carrera. Pensá que yo no había hecho arte escénico, dos meses de baile, nada más.” 

–¿Te parece que el cine es tu elemento natural, pese a que te has lucido en el teatro y la TV?

–Sí, a mí siempre me gustó más el cine, pero creo que por pura comodidad. Cuando hago teatro, soy muy cumplidora, pero nunca me ha gustado estudiar tanto como saber. Por eso he tratado de rodearme de gente inteligente, culta, de la que pudiera aprender. Entonces, por el sistema de trabajo, el cine exige menos esfuerzo de estudio, algo que me aburre mucho. En el cine, yo tan tranquila, me aprendía los textos mientras ponían las luces, las cámaras, también se ensayaba. Además tuve la ventaja de que ningún director me indicó cómo tenía que hacer mi personaje. Pero mientras que en el cine cada día es diferente, en el teatro hay que estar todos los días a la misma hora, tengas o no ganas, estés con el ánimo por el suelo o un poco enferma... Sin embargo, este año que hice Venecia en Lima, de martes a domingo, estuve muy contenta y divertida. Lo pasaba bomba: fue una puesta preciosa de Osvaldo Cattone, totalmente diferente de la que se hace acá.

El calor que brindan el amor y la pasión

–Tenés fama de haber sido una mujer muy amada...

–Sí, muy amada, es verdad. Pero yo también amé muchísimo. Tengo la suerte de que mi capacidad amatoria sea realmente importante. Creo mucho en el amor, pienso que es fundamental en la vida. Si hubiese más amor no habría tanta lucha, tanta violencia, tanto desgarramiento, tanta miseria... Creo en el amor en un día de lluvia, en un día de sol. Creo en el amor a un ser humano, a un perro, a un gato, a un loro. Pero sobre todo en el amor de pareja.

–¿En la pasión?

–Ah, sí, la pasión es un gran momento que no hay que dejar pasar. Pero también cuando veo una pareja de viejitos muy juntos, que se apoyan mutuamente, me enternecen mucho. Porque yo siempre tuve la fantasía de que el amor es para toda la vida, como ocurrió con mis padres. Lamentablemente conmigo no fue así. Ahora yo no hablo de pasión sino de compañerismo, de afecto... Pero resulta que, sobre todo el hombre, cuando se termina la pasión, busca en otras relaciones la cosa del sexo, nada más. Yo, personalmente, soy de un solo hombre. Cuando ese hombre se ha portado conmigo como yo con él, puedo seguir toda una vida. Pero si hay un engaño, una infidelidad, bajo el telón como si fuera el tercer acto y se termina la obra. Se me acaba el amor, ya no puedo sentirlo. He tenido fracasos en el amor, y todos han sido por infidelidades, por ninguna otra causa.

–Formar una pareja idealizada por el público con un supergalán como Alberto Closas no es lo mismo que tener un romance privado, sin injerencia de los medios, que de todos modos eran mucho más mesurados en esa época.

–Mirá, yo fui muy feliz con Closas, mi primer marido, lo pasé muy bien. Pero creo que los dos estábamos todavía inmaduros. Bueno, te diría que él fue inmaduro hasta el último día de su vida. Murió a los 72, hace 8 años. Era del 21 de noviembre del ‘21. Y siempre totalmente inmaduro. Fijate que un día me la encuentro a mi suegra –la madre de él me quería muchísimo–, en España. Ya estábamos separados y él se había vuelto a casar con una española con la que tuvo varios hijos. Fue en una peluquería, donde estaba también la nueva mujer de Closas, con su primer embarazo, peinándose y hablando hasta por los codos, haciéndose la graciosa porque me había visto. Y mi suegra me toca la cara, me da un beso y me dice: “Déjala; lo que pasó contigo y con Alberto es que si tú hubieses tenido un hijo, nunca se hubieran separado”. En realidad él tuvo cuatro, cinco hijos con ésta, le metió los cuernos más grandes del mundo, la dejó, no pudo con su alma. Era un tipo así: para él era normal la infidelidad. Iba de una a otra mujer que lo atraía.

–¿Un picaflor?

–Mucho más que un picaflor. Aquí, por ejemplo, estuvo con una última mujer, Lía Centeno, cuando ya tenía el cáncer del pulmón por el cigarrillo. El se fue a España y le prohibió terminantemente a ésta que viajara, porque se había enamorado allá de una pintora. Y gracias a esa relación me parece que tuvo las fuerzas para sobrellevar su enfermedad. Esa mujer lo ayudó mucho y él mantuvo la ilusión de que se iba a curar (a continuación, Amelia imita el acento español de Closas), que iba a vencer a ese monstruo del cáncer. Decía: “Pues, a ésta, joder, que la venzo...”.Conmigo tuvo un gesto muy bueno al final de su vida: cuando ya estaba en la última etapa de la enfermedad, Chiche Gelblung fue a España a hacerle un reportaje, por el que le pagaron 50 mil dólares, y le preguntó con qué mujer quería hacer conexión aquí en la Argentina, y Alberto me eligió a mí. “Con la única que quiero hablar es con Amelia Bence”, le dijo. Debo decirte que me llamaron y por supuesto acepté, pero me dieron sólo 40 pesos, lo que Actores exigía. Salió la nota en vivo. Fue un homenaje fuerte. Lo que él dijo de mí en ese programa fue maravilloso. Reparó todo el mal que me había hecho en la vida. Me elogió como actriz, como mujer...

–¿Cómo fue el reencuentro cuando hicieron Cartas de amor en el teatro, en el ‘91? A esa pieza la hicieron varias parejas atractivas, pero la de ustedes fue la que batió todos los records...

–Nos volvimos a encontrar como dos compañeros de trabajo, nada más. Era una semana para cada pareja, pero fue tal el éxito que tuvimos con Closas que se extendió nuestra actuación. Reventamos el teatro, nos llamaron desde Miami, pero no pudimos ir porque él tenía un contrato con una española. Me acuerdo que yo estaba en el camarín maquillándome y él aparece con el pucho y le digo: “Alberto, por favor, el cigarrillo aquí no”. Se ríe: “Ay, guapa, pues, ¿qué te puede hacer? A mí no me hace nada?”. Mirá vos: un cáncer que no pudieron operar. Qué pena. Fijate qué cosa curiosa: yo lo extraño horrores. Después del alejamiento, del paso del tiempo, me falta. Así como siento nostalgia de mi último marido, también víctima del cáncer por el cigarrillo... Los extraño porque, sin que yo me lo proponga, a través de los años voy perdonando lo que me hicieron sufrir, no soy rencorosa. Me quedo con las cosas buenas.

Foto de tapa: gentileza del Museo del Cine

Se estrena Alceste en el Argentino

El próximo domingo a las 17 en la Sala Alberto Ginastera del Teatro Argentino (51 e/ 9 y 10) se estrenará en nuestra ciudad la ópera Alceste, drama lírico de Christoph Gluck, con libreto de Ranieri de Calzabigi, basado en la tragedia homónima de Eurípides. Las nuevas funciones están programadas para el martes 10 y viernes 13 a las 20.30 y el domingo 15 de septiembre, a las 17.

El director de orquesta será Carlos López Puccio, mientras que la dirección escénica corresponderá a Roberto Aguirre y la preparación del coro a Eduviges Picone. En cuanto al reparto, estará conformado por Virginia Correa Dupuy como Alceste; Gustavo López Manzitti (8 y 15) y Eduardo Ayas (10 y 13) como Admeto, Rey de Feres; Fernando Núñez como Evandro; Enrique Gibert Mellá (8 y 15) y Alberto Jáuregui Lorda (10 y 13) como El gran sacerdote Apolo; Leonardo Estévez (8 y 13) y Clodomiro Forn y Puig (10 y 15) como Heraldo; Clodomiro Forn y Puig (8 y 13) y Leonardo Estévez (10 y 15) como Apolo; Alejandro Di Nardo como el Oráculo y como Tánatos, Dios de la muerte; Enrique Gibert Mellá (8 y 15) y Alberto Jáuregui Lorda (10 y 13)mcomo Hércules y María Rosa Hourbeigt como una mujer.

La escenografía correrá por cuenta de Milan David, el vestuario de Horacio Pigozzi, la iluminación de Nicolás Trovato, la coreografía de Omar Saravia y la dramaturgia de Daniel Suárez Marzal.

Como Corifeos actuarán distintos integrantes del Coro Estable, mientras que las danzas estarán a cargo de miembros del Ballet Estable. Cabe resaltar que la producción escénica ha sido íntegramente realizada en los talleres del Centro de las Artes Teatro Argentino.

Las entradas pueden adquirirse en la boletería del Centro de las Artes Teatro Argentino (Tel. 0221-4291732/3), de martes a domingos, de 10 a 20. Tendrán un valor de $ 10 y $16, con descuentos especiales para estudiantes y jubilados.

Fuente: http://pdf.diariohoy.net/2002/09/06/pdf/18.pdf

miércoles, 4 de septiembre de 2002

Música y memoria con Fito, Chango Spasiuk e Isabel Parra

Estos tres músicos participarán del encuentro internacional denominado Crisis y memoria: pasado y presente del proyecto latinoamericano. También se presentarán la murga uruguaya Contrafarsa y la obra El fulgor argentino.

Fuente: http://pdf.diariohoy.net/2002/09/04/pdf/19.pdf