jueves, 28 de febrero de 2002

"La crisis económica no va a terminar con el teatro argentino"

Jazmín García Sathicq es una de las creadoras más jóvenes del ámbito teatral argentino. Con sólo veinte años escribe, actúa y dirige sus obras y se consolidó como directora con ‘Hasta que el agua me lleve’. Muchos proyectos y una visión original del hecho artístico hace que sus producciones sean atractivas y novedosas. El año pasado fue becada por el Centro de Investigación Teatral en la Scquola Europea di Teatro e Cinema di Milano. Este año vuelve a Italia para perfeccionarse pero asegura que a pesar de la crisis elige su país y en este estado de cosas "el teatro es más necesario que nunca para poder seguir viviendo".

Blas Arrese Igor, BUENOS AIRES

¿A partir de qué estímulos surgen tus obras?

Para escribir yo me baso en imágenes. Generalmente parto de una situación muy real y concreta. Desde allí despego y desarrollo un imaginario que surge de esa misma imagen. A veces tengo dos o tres imágenes y le doy hilaridad para construir una historia. Concretamente me dejo llevar por estímulos sensitivos: olores, imágenes, recuerdos.

¿Existe un universo común en todas tus obras?

No exactamente. Sí hay un común denominador: la angustia de los personajes. Generalmente aparecen oprimidos por una sociedad de consumo, establecen relaciones que los saturan y los ahogan. Descargan su agresividad en el mismo ámbito que genera ese malestar. Son personajes son monstruos que de repente estallan revelando un estado que crece dentro de sí por la saturación. Los universos son ficcionales y particulares. Mis obras tienen elementos de absurdo, de realismo pero, sobre todo, son universos verosímiles en tanto lo son para los personajes.

¿Cómo defines tu estética?

Dramatúrgicamente mis obras tienen una forma muy particular. En mis textos se ve la influenciada de mi madre que es escritora. Hay un trabajo muy cuidadoso con la textualidad de los personajes, una textualidad poética y fragmentaria. Nunca están dichas las cosas en una hilaridad continua, sino que se van mezclando las ideas y produciendo diferentes lógicas y formas de articular los pensamientos. Es una modalidad de texto extrañada pero muy orgánica a cada personaje. El personaje de Dolores en Hasta que el agua me lleve, por ejemplo, puede ayudarnos a pensar esto. Es irreal que una persona por pedir agua construya una divinidad que la persiga y que como consecuencia de eso le llueva sobre su cabeza toda su vida pero, sin embargo, para este personaje tan fantástico es real y de hecho lo padece, además escénicamente ocurre eso, durante toda la obra está cayendo agua en forma de lluvia sobre ella.

¿Cómo fue el proceso de producción de Hasta que el agua me lleve, tu opera prima?

Partí de una imagen muy fuerte para mí. Un baño con casillas en las cuales se veían los pies de una persona, y de repente aparecían un par botas rojas. Por eso construí el personaje de Soledad, que está en el baño encerrada. Tiene una historia personal que si bien tiene que ver con la obra, no se desarrolla ni tiene mucha incidencia en el argumento. Ella acaba de ser violada y por esa misma circunstancia se encuentra en el baño. Allí llega Dolores con un par de botas rojas. Ella es perseguida por una divinidad que la castiga por haber prendido fuego a un local, esa divinidad hace que le llueva sobre su cabeza hasta la muerte. El trabajo comenzó con un entrenamiento muy fuerte para lograr que las actrices unifiquen el lenguaje de actuación que a mí me interesaba trabajar en la obra.

¿Cómo defines ese lenguaje de actuación?

Me interesa que cualquier texto u obra esté sostenida por estados, es por eso que construyo para los personajes una estructura interna muy sólida, creo que si el actor encuentra esa lógica propia del personaje puede sostener cualquier historia por más fantástica o irreal que sea. Es necesario abordar los textos con variedad de estados de actuación para que tome vitalidad, es la única forma de que un universo muy ficcional sea creíble.

¿Cuáles son tus gustos teatrales?...¿Qué es lo que te interesa ver en un escenario?

No tengo un gusto definido, sí tengo un criterio por el cual me guío, es un criterio mas bien sensitivo que me dice cuándo una obra me gusta o no. Me parece esencial que una obra proponga cosas nuevas a esto que es el teatro, que pruebe ideas escénicas, dramatúgicas, lenguajes de actuación, códigos visuales y estéticos. Creo que una obra que no contempla la investigación es una propuesta muerta. Particularmente me gustan las obras que tienen mucha plástica visual y que logran alcanzar la síntesis. Me gusta la poesía en la escenografía.

¿Cuáles son tus influencias a la hora de producir?

Creo que mis influencias más importantes han sido mis maestros. Gustavo Vallejos, por ejemplo. Él me enseñó a pararme como actriz en un escenario y tener conciencia del espacio, los objetos, la relación con los compañeros, y con todo lo que tiene que ver con la plástica visual, me dio la apoyatura filosófica para abordar el teatro. Me estimuló para tener una actitud crítica frente a un método muy clásico como el que uno aprende en la Escuela de Teatro. Como en toda institución te enseñan lo que luego tenés que destrozar, no te enseñan a investigar o a pensar sobre lo teatral sino que te enseñan una fórmula. Pero eso en el arte no funciona. Precisamente el proceso creativo consiste en todo lo contrario. Se tratar de romper, de violentar esos cánones establecidos para encontrar otros nuevos. Otra maestra fue Beatriz Catani. Me enseñó muchísimo. Sobre todo desde la dramaturgia. Empecé a escribir a partir de estar trabajando con ella. Aprendí a arriesgarme, a ir más allá.Dramatúrgicamente también me ayudó mucho la beca de estudios que realicé con Renzo Casali en el Centro de Investigación Teatral en la Scquola Europea di Teatro e Cinema de Milán, allí sistematicé nociones estructurales sobre la escritura escénica. Esas son algunas de las personas con las cuales me formé y siento que de ellos aprendí mucho.

¿Tenés referentes en los clásicos del teatro contemporáneo?

Claro que sí. Siento la influencia de Ionesco, Ibsen, Eugenio Barba, Grotovsky, Artaud, entre otros. Estos grandes del teatro influyeron en mí desde muchos lugares. Los espectáculos del Odin, por ejemplo, me aportaron mucho desde el tratamiento espacial y el abordaje de un mito, o Peter Brook, con la lectura de sus libros o en la obra que vi de él en el II Festival Internacional de Buenos Aires, The Man Who... Fue una puesta muy sintética espacialmente. La obra proponía muchas cosas que él persigue en su planteo y tratamiento del espacio. En ese sentido el teatro inglés me parece muy interesante.

¿Cómo ves el teatro en Argentina y en el mundo?

En Argentina varía mucho según la parte del país en la que estés produciendo. Se juega con tiempos distintos en lo que es una región céntrica, como puede ser capital federal, Rosario o Córdoba, no pasa lo mismo en el interior del país. Hay desigualdades en el acceso a la información, esa falta de información produce ciertos estancamientos. De hecho en capital se maneja más información y hay más contacto con el teatro del mundo, por eso mismo se puede ver una diversidad de propuestas estéticas muy amplias en las ciudades capitales, desde teatro clásico, hasta performances, instalaciones. Esto es muy importante para el enriquecimiento de lo sensitivo, de la recepción del público. En algún punto coincido con aquello de que en Argentina, al no contar con apoyo privado o estatal, estamos obligados a ser más creativos. Uno tiene que ser sintético y despojado necesariamente. Claro que esto no siempre garantiza que el espectáculo sea bueno, sí es cierto que estimula la creatividad...

¿Entonces vos crees que la crisis no frena la producción de teatro?

Creo que la crisis no impide hacer teatro, sí dificulta los procesos. La crisis por sí sola no aborta ningún proyecto teatral independiente. De todos modos la falta de medios económicos está como marco general, es una variable más que incide a la hora de generar cosas. Pero creo que nada puede contra la fuerza de la energía creativa. El teatro está sostenido por la pasión y eso es una fuente inagotable. La crisis económica no va a hacer que el teatro se extinga, ni en Argentina ni en el mundo.

¿Cuáles son tus próximos proyectos?

Ahora estoy como asistente de dirección de Beatriz Catani para Ojos de Ciervo Rumanos, una obra corpoducida por el Complejo Teatral de Buenos Aires y THEATERFORMEN de Hannover, Alemania. Con esa obra saldremos de gira en junio, pero antes de eso quiero dejar estrenadas dos obras. Una es Los Pétalos que te recubren, es de mi autoría y pienso dirigirla, voy a trabajar con un elenco formado por la Compañía Teatral Romanelli y actores invitados. La otra obra es La Conjura Sveikas, un texto de Susana Tale, con un grupo de actores que me convocaron para dirigir el proyecto, este último está en proceso de ensayo.
Como actriz estoy en un proyecto, Anotaciones sobre Pólvora que lo realizaremos también con la Compañía teatral Romanelli. Y sigo con Detrás de las Palabras, que próximamente saldremos de gira.
Además estoy escribiendo textos dramáticos cortos. Participo en Letras de Medianoche, un ciclo de teatro semimontado que se realiza en la Fabriquera. Es un espacio muy interesante porque es de prueba de textos, pueden ser leídos o actuados, lo importante es que se muestran los materiales para ver si funcionan con el público, con determinado espacio, con determinada propuesta estética. Es un formato de teatro chico, menos pretencioso. Eso me exige escribir ya que presento obras cortas con mucha regularidad. La dramaturgia me parece apasionante, es un desafío nuevo con cada texto que uno imagina. Es crear pequeños mundos diferentes a este en el cual vivimos. Creo que es una de las únicas formas de soportar esta realidad tan irracional y hostil.

Fuente: Artez 58. Febrero de 2002

domingo, 24 de febrero de 2002

Volver a Berisso

Domingo 24 de febrero de 2002 | Publicado en edición impresa


SIGLO XXI / Por Esteban Peicovich

En la evocación personal, y al mismo tiempo objetiva, de esta localidad bonaerense se cifra la clave de una Argentina inconclusa

Cada vez que un agorero me plantea el acabóse del país le sugiero turismo de autoayuda: viajar a Berisso. Es un paso: a 65 kilómetros del Obelisco, a 7 de La Plata. Si responde: "¿Berisso?", lo felicito por dudar como un genio. Cuando en 1960 invité a Borges a dar allí una charla sobre Almafuerte lo aceptó solo porque creyó que se trataba de un lugar imaginario. "Iré, claro. Pero, ¿Berisso? Ese pueblo no existe. ¿Usted lo conoce?" Existe, doy fe. Allí, a partir de 1930, se me hizo la edad. Bajo dos bruscos generales (Uriburu y Justo), dos frágiles doctores (Ortiz y Castillo) y el cobijo de una familia mítica. Mi infancia allí fue la suma de tres calles, mucho miedo, varias sudestadas, una escuela templo, un reumatismo entero de mi padre y una media tuberculosis de mi madre. Esto, por el frigorífico y la hilandería, respectivamente y mediante.

Allí, desde un techo de zinc, admiré el primer OVNI de la época: el Graf Zeppelin, que cruzó el cielo como una oreja inflada y del cual después se habló mucho. Y vi algo más grande: una sociedad compuesta por 37 etnias diversas que, en medio de la crisis, hacía de la vida vecinal un acto religioso.

No piqueteaban. Se defendían con el trueque, la huerta y la mano pronta al caído en desgracia mayor. Una red de asistencia que permitía preservar la costumbre traída: mantener lo genuino y sostener a los hijos en medio de la adversidad. Eran activos, habladores, cantores. Vivían agotados, pero felices. Eran humanamente vírgenes. No violados por la televisión. En ese Berisso me doctoré: cociné puchero a los 7 años, recurrí a Dios (por miedo a los fantasmas) a los 9, me enamoré de la Chiappe a los 10 (Dios la guarde), porté la bandera papal al confirmarme a los 12, descubrí que una mujer es más que Bécquer (a los 14, gracias Felisa), a ser metafísico a los 15 y a ganar mi primer sueldo como pesador de chilled beef en un frigorífico en el que entré a los 16 y del que pude huir hacia el periodismo sólo a los 28.

Guerra europea, dictadura local, pobreza y la sudestada acosaban a Berisso. Entre el Armour y el Swift, de sol a sol, se mataban 5 mil novillos y 16 mil corderos. Nunca eran menos de cinco los barcos del mundo anclados a la espera. No había día o noche. Sólo ruido, humo, luz y sirenas. ¿El paisaje urbano? Por momentos mormón, isleño, polaco o vasco. Un paseo para temerarios lo ofrecía la calle Nueva York, puteril y viciosa, repleta de marinos ingleses y matarifes eslavos. Un arrabal por el que habían pasado Eugene O'Neill (premio Nobel y suegro de Chaplin), el padre de Anthony Burgess, las altas piernas de ébano de Josephine Baker, y también, trotado potrillos tan famosos como Federico Luppi y Lito Cruz.

Era un Berisso para Hemingway. Con cines que sin ironía se llamaban Progreso y Victoria. Y un prodigio de biblioteca popular (Pestalozzi) que aún llevo puesta de la cabeza a los pies. Ese Berisso tenía una estética sencilla: lo real ineludible, el arte povera. Los amantes amaban, los dolores dolían, los bailarines bailaban, la vida vivía, el chamamé sucedía al tango, la polca al vals, se comía pizza y fatai turco, y después del desfile del 9 de Julio quedaba una alfombra de cáscaras de semillas de girasol. No es que fuese una gloria, pero era la aldea soñada por Tolstoi. Un pueblo piloto. La película del mundo proyectada en un rincón de la Argentina. El símbolo de lo que la Argentina quiso ser a finales del siglo XIX y todavía no es. Museo viviente de un salto interrupto. Cuero salado, industria feudal, río pobre, trabajo a granel, oleadas de extranjeros y descalabro imparable del país. Y ahora, el resto aborigen de unas "naciones unidas" en miniatura que todavía siguen dándole color local al lugar.

No es mala idea aconsejarle al agorero (o a cualquiera que ande con el ánimo quebrado) darse un paseo por Berisso. Allí sigue latiendo el duende de la Argentina previa al salto fallido. Detrás de las chapas de zinc, de las hortensias, de los descascarados boliches de la Nueva York, late aún el proyecto inconcluso. De joven, soñaba con irme al mundo. Y me fui. Mi primera París fue La Plata. La segunda, Buenos Aires. Y así Praga, Budapest, Brujas, Delhi, Tokio, tantas. Un viaje demasiado largo para descubrir al fin que todas ellas estaban en Berisso. La que resis-te, mundial y soñadora. Con la memoria intacta. De autoayuda. 

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