jueves, 26 de diciembre de 2002

Murió un Mito: Tita Merello

Clarín.com  »  Edición Jueves 26.12.2002  »  Espectáculos  

MURIO EN BUENOS AIRES A LOS 98 AÑOS

Tita Merello, una muñeca brava de verdad

Jorge Göttling

Nació en un conventillo en 1904. Era hija de un cochero y de una planchadora. Fue corista, bataclana, actriz, cantante y animadora de tevé. Y una de las figuras más populares del país.

Fue una mujer de especie dura. Llegó a los palcos impelida por la miseria ingente y fabricó su figura por simple prepotencia de trabajo. Impermeable a todo intento sospechosamente académico, dinamizó su carrera a punta de intuición, fatiga y talento. No se pareció a nadie y no dejó escuela ni herederos artísticos.

De joven, ni fea ni bonita, pero con el atractivo implícito de la fruta campestre que madura sin ser cultivada. Sus buenas piernas la acompañaron hasta su primera vejez. Era la prototípica estampa del arrabal, más que una noción catastral, una manera de ser y de sentir. 

Con dignidad 

La Merello envejeció con la dignidad de los que aceptan la decadencia sin desesperar, con la actitud indolente y resignada con la que se reciben las primeras canas. La sobrevive una profusa iconografía, con el denominador común de una boca carnosa, la frente amplia y las cejas finas, techando esos ojos chicos, algo achinados. Y en los últimos años esa voz imperiosa y dramática con palabras de fuego y lengua filosa como una espada.

Pero el sello distintivo estuvo en su registro. Nada de contralto: entre la ronquera y la afonía, con permanente retintín de barrio y grosería. Ajena por completo a las buenas intenciones de los maestros de canto, Tita Merello cuidó la originalidad de ese magro capital inicial, preservándolo de toda contaminación. Es así que, sin pretenderlo, fabricó un registro para el tango: una voz que alude al sabor de los cafés madrugadores y al de los cigarrillos que decoran las toses matinales.

Laura Ana Merello, su nombre de familia, nació en un conventillo de San Telmo, el 10 de octubre de 1904, hija de un cochero y una planchadora. Su historia parece un tango mil veces escrito, un radioteatro de segunda mano.

A los cuatro meses, muere su padre y la vida de miseria obliga a su madre a internarla en un asilo. Tenía cinco años y se quedó hasta los nueve, internalizando sus primeros resentimientos. Para entonces, le diagnostican una incipiente tuberculosis y es llevada a trabajar a una estancia cerca de Magdalena, como boyera. Boyera y sirvienta, a cambio de casa y comida.

Cuando retorna al conventillo para vivir junto a su madre, es una mujer de doce años. Niña con la niñez desalojada, analfabeta y pobre, un cóctel que precede a su debut con un papel insignificante en una zarzuela del teatro Avenida.

El penoso rol de un extra sin frase, siempre sola, siempre aparte es también la referencia de aquella vida.

Tiene, en 1920, dieciséis años, pero sólo en la cédula. Amparada por el desparpajo, se incorpora como corista al teatro Bataclán. En ese lúgubre decorado, canta su primer tango, con su voz feroz y desafinada. Se llama Titina y posee una letra entre lo lunfardo y lo prostibulario.

Acaso por sus buenas piernas, quizá por el poder visceral de esa mina potente, el empresario Roberto Cayol la lleva al teatro Maipo. Allí comienza otra historia.

La cancionista derivó de la bataclana y rápidamente devino en vedette. La vedette rea tenía una contracara, la negrísima Sofía Bozán, con quien confrontaría alimentada por su temperamento escénico y por la elección de un repertorio tanguístico que la distinguía del resto.

Crece amando a su madre y temiendo repetirla. Su mundo doméstico discurre en un departamento pequeño y húmedo. Sentimentalmente, está sola, una constante que la acompañará, más allá de su posibilidad de elección. 

Amor y silencios

A los 29, asoma su figura en el celuloide, otra constante repetida: Tango es la primera película argentina sonora y su nombre se asocia a los de Francisco Canaro, Hugo del Carril y Luis Sandrini.

Con Sandrini viviría una historia de amor y desamor, de encuentros y desencuentros. Como en la menos creíble telenovela, Tita Merello mantuvo fidelidad a ese momento, toda una decisión de coraje, toda una elección de vida.

Hasta el fin, fue dueña de sus silencios y propietaria de sus renunciamientos, pero con un costo: la ausencia de un compañero de ruta. Como actriz, la Merello fue la Bardot de Puente Alsina, la Garbo del Abasto o la Dietrich de San Telmo.

Fue la cinematografía la que aprovechó semejante conjunción de polenta y expresividad. La fuga, Arrabalera, Los isleros, Guacho, Mercado de Abasto, El andador y Filomena Marturano son los títulos más recordados en una trayectoria vivida desde la boca de un volcán.

En rigor, la Merello excede el tango, al cine, al teatro y a la revista porteña: por el peso de sus caprichos y de su talento, por el poder de su llegada al público, fue, por sí misma, el gran espectáculo argentino.

Entre el oro y el barro, Tita edificó una discografía particular e irrepetible, inmune a cualquier intento de repetición. Del barrio de las latas, Arrabalera, Dónde hay un mango, Haragán, El que atrasó el reloj, Garufa, Julián, Qué vachaché o Llamarada pasional, este último de su autoría, un autorregalo para quien aprendió a leer a los 20 años, configuran sus éxitos. 

Se dice de ella

Acaso se defina, como ninguna, en la milonga de Leopoldo Díaz Vélez, por la cual la Tita de Buenos Aires seguirá subiendo la cuesta.

Se dice de ella “que soy fea/ que camino a lo malevo/ que soy chueca y que me muevo/ con un aire compadrón” . El falso autorretrato define también su postura frente al tango: como que fue la vocera de varias generaciones de mujeres feas, chuecas y malevas ¿sólo en su imaginería? que redondearon el círculo vistoso de una ciudad decorada por lindísimas mujeres.

Detrás de una gran mujer suele merodear un gran vacío. Sus últimas devociones afectivas reclutaron pocos nombres conocidos. Su perro Corbata, legendario no sólo en las veredas de Rodríguez Peña y Santa Fe; Ben Molar, algunos periodistas contemporáneos como Jorge Miguel Couselo, Víctor Sueyro y Jorge Jacobson; Nélida y Roberto, los porteros del departamento del sexto piso desde cuyo balcón atisbó, como pocos, los viejos tics de Buenos Aires.

Por años, se refugió voluntariamente en la Fundación Favaloro. Hasta que, a los 98, el roble se derrumbó. 


SU PASO POR LA PANTALLA GRANDE

Tita Merello fue una estrella del cine y una actriz de personalidad arrolladora


Su primer filme, Tango, de 1933, fue también la primera película sonora del cine argentino. Con Filomena Marturano, en 1950, se consolidó como actriz. Poco después, empezó a actuar bajo la dirección de Lucas Demare, su etapa más brillante. 

Es cierto que todas las facetas de Tita Merello confluyeron hasta redondear una personalidad arrolladora. Pero no lo es menos que, en función del cine argentino, ella llena un capítulo aparte, y lo merece.

Como que está en la primera película sonora, Tango (1933, de Luis Moglia Barth). Allí, el guionista y dialoguista Carlos de la Púa imaginó a la muchacha rea, y ya casi treintañera, en el patio de un conventillo, trinando “yo quiero un hombre”. La soltura orillera, una picardía desbordante y un rostro moreno ¡imperfecto pero sensual! asumieron la fuerza de un cachetazo y excedieron en mucho la voz que se había ido a buscar al contratarla. Había sido, claro, el principal motivo de la convocatoria.

Tita Merello superaría con creces esos límites canoros, pero en su película siguiente, Idolos de la radio (1934, de Eduardo Morera), la cancionista todavía escondía a la actriz. Su presencia allí es mínima, pero conspicua: distendiéndose en una creciente picardía, glosa en un tema toda la mishiadura que caracterizó a los años treinta.

Sigue el primer título que revierte la situación, La fuga (1937, Luis Saslavsky), de gran refinamiento plástico, le permite consagrarse como actriz seria en varias inolvidables secuencias. “Brillás y te apartan”, ironizaría Tita, porque sucedió el inexplicable hueco de un lustro hasta Ceniza al viento (1943), donde el mismo Saslavsky volvía a valorizarla.

Con su popularidad en el pico más alto, será convocada por el cine mexicano en Cinco rostros de mujer (1947). Pero todavía es la cantante que de vez en cuando filma. La consolidará definitivamente como actriz un texto que también ella había estrenado en la escena Argentina, Filomena Marturano (1950, Luis Mottura) y que la convierte, dicho sea de paso, en la primera intérprete cinematográfica de un papel que luego harían otras, incluida Sofia Loren.

Ese mismo año, el éxito alcanzado con la obra teatral de Eduardo De Filippo hizo que se recurriera a otro dramaturgo (el argentino Samuel Eichelbaum y su Un tal Servando Gómez) para que ella, dirigida por un novel Tulio Demichelli, se desbordara en matices con los que el autor seguramente no había soñado. La película fue Arrabalera.

Pero es sin dudas a las órdenes de Lucas Demare que Tita llega a ser la mejor Merello cinematográfica imaginable. Los unen varios títulos a partir de un éxito notable, Los isleros (1951), donde compuso una Carancha inigualable, con toda la fuerza que ella tenía y que el director de La guerra gaucha supo aprovechar.

Con Demare volverían a encontrarse en Guacho (1954), melodrama maravillosamente filmado (en el que los adolescentes Luis Medina Castro y Alejandro Rey eran su hijo y su entenado), y Mercado de Abasto (1955, con Pepe Arias), en la que canta uno de sus temas paradigmáticos, Se dice de mí. Mucho más tarde se reencontrarían en La madre María (1974) pero allí ni Lucas Demare era el de antes ni ella tampoco (no sería, de todas maneras, su último trabajo).

Sería ingenuo pedirle a ella, o a cualquier otra actriz sujeta a los vaivenes y fluctuaciones del cine argentino, una carrera de pareja calidad. Hizo mucho y allí hay bastante que es muy bueno.

También merecen citarse el dramatismo sin fisuras (salvo el final) de Deshonra (1952, Daniel Tinayre). La textura a medio camino entre el cine popular y el cerebralismo de Para vestir santos (1955, Leopoldo Torre Nilsson). El folletín vistoso de Amorina (1961, de y con Hugo del Carril).

La versión a medias lograda de un éxito teatral, El andador (1967, de Enrique Carreras sobre el texto de Norberto Aroldi). Y su conmovedora composición, ya anciana, en Los miedos (1980), de Alejandro Doria.

Su última aparición en la pantalla fue en Las barras bravas (1985), de Enrique Carreras, donde su personaje disparaba sentencias morales, casi como en la TV.

En toda la historia del cine argentino difícilmente se aúnen la estrella popular y la actriz de raza. Tita Merello fue ambas cosas y, además, un arquetipo porteño. Un caso realmente excepcional. 


UNA HISTORIA CON LA POTENCIA DE LO OCULTO

Tita y Sandrini, la historia de un amor inolvidable

Se conocieron cuando filmaron Tango. La relación, que comenzó años más tarde, fue apasionada. El ambiente lo sabía, pero miraba hacia otro lado.

Luis murió de amor cuando conoció a Tita, porque era una mujer bellísima”, solían repetir los amigos más íntimos de Sandrini. Historia de una pasión intensa, los dos se habían conocido en la década del treinta. Pero durante varios años sólo fueron amigos que compartían las noches del “mundo artístico”, como acostumbraban a bautizarlo las revistas de espectáculos de la época.

En la década del cuarenta, la amistad se transformó en un amor casi adolescente, de “novios” que se escribían cartas y se enviaban flores. Cuando años después comenzó el deterioro de la relación, el fuerte carácter de Tita se hizo sentir: se cuenta que no le perdonó ni el menor desliz, y que sus celos le impedían a Sandrini una amistad con otra mujer. Después de la ruptura, Tita no quiso hablar más de ese amor. Intentó sepultarlo en el olvido, y omitió hasta el detalle más obvio. Alguna vez, sin embargo, dijo que el tiempo que compartió con él fue “hermoso, tibio, impregnado de sinceridad”.

Tita nunca contó por qué se separaron.

No quería hablar de ese pasado, que marcó su vida sentimental. Con tristeza, con nostalgia, sólo dijo: “Todo cumple un ciclo. Nuestra relación cumplió el suyo.

No hay que mirar más allá”. Tita y Luis nunca se casaron.

Las crónicas mundanas aseguran que la actriz Malvina Pastorino enamoró a Sandrini, y lo alejó de la Merello. En mayo de 1952, Sandrini se casó con Malvina en el Uruguay. Pero Pastorino contó siempre que ella irrumpió en la vida de Sandrini mucho después que éste rompiera su relación con Tita. Nunca se supo claramente qué pasó en realidad. Tita optó por el silencio (durante años, se limitabó a decir ¿Rezo por Sandrini todas las noches? cuando se le preguntaba por él. Sandrini, por su parte, no ocultaba su molestia cuando algún periodista pretendía indagar en sus dos grandes amores.

Hace casi diez años, Tita volvió a hablar de su relación con Sandrini. Fue una confidencia, un testimonio, un homenaje a ese gran amor: “Vivimos una hermosa historia. Dejé muchas cosas para estar junto a Luis, pero no me arrepiento de nada”. 

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