lunes, 28 de septiembre de 1998

Renate Schottelius fue una pionera

Lunes 28 de septiembre de 1998 | Publicado en edición impresa

Ayer, a los 77 años, murió víctima de cáncer Renate Schottelius, una de las figuras prominentes de la danza moderna en la Argentina.

Nacida en Alemania, estudió en la Opera Municipal de Berlín ballet clásico y danza moderna con Ruth Abramovitz y Alice Uhlen, discípulas y bailarinas de la compañía de MaryWigman, gestora de esta vía en ese país y estilo que luego se denominaría expresionista.

Su padre, director de teatro profundamente antinazi y su madre, judía, previeron la guerra y los problemas que sufrirían los contrarios al régimen que estaba imperando en Alemania, por lo que decidieron alejar a su hija de su patria. En Buenos Aires tenían familiares que acogieron, en 1936, a la pequeña de 14 años.

Su vocación era la danza. Ese amor nunca la dejó y fue el que la hizo persisitir en sus intenciones. Aquí estudió en el Conservatorio Nacional y, cuando la norteamericana Miriam Winslow asentó sus bases para formar la primera compañía con salario de danza moderna del país, Renate fue parte de su elenco. Winslow le dio perfeccionamiento y experiencia escénica, más Schottelius, dotada de gran talento como intérprete y creadora, comenzó su camino a solas.

Tenía alma de pedagoga. Más bien, de formadora, siempre respetando los caminos creativos de los otros, así como ella había sido educada en una filosofía que se asentó en la libertad del hombre. Para subsistir, aunque trabajaba como secretaria de oficina, desde 1940 impartía clases. Luego, cuando tuvo mayor fogueo y se insertó en el ámbito local, inició los que serían los primeros cursos de composición coreográfica. Esto significó no sólo dictar clases sino y sobre todo alentar y guiar a los bailarines en su creatividad. De allí surgió su más eminente discípulo, Oscar Aráiz, quien en toda oportunidad que tuvo, como director del Ballet de Ginebra y hasta el año pasado,como conductor del Ballet Contemporáneo del San Martín, adhirió a Schottelius en su staff como asesora y docente.

Seguramente, la rectitud, el calibre de sus ideas, la dedicación total a su trabajo promovieron un respeto profundo en el mundo de la danza argentina, donde fue apreciada, a partir de 1945, como excepcional intérprete de sus propias obras. Así como abrevó de las fuentes mismas de la danza moderna alemana, también lo hizo en las norteamericanas.

Sus recitales aquí, en los teatros Smart, Alvear, Cangallo, Del Pueblo y otros, en casos, con su grupo, mostraban a una bailarina sensitiva, que incidía en la técnica para dar vuelo a la expresión. Utilizaba toda clase de música, desde los clásicos a los modernos, de Gershwin y Bartok a Bach y Schumann y también autores nacionales.

Su brillo no pasó desapercibido en los Estados Unidos, cuando en 1953 fue a tomar contacto con las técnicas de ese país. Al mismo tiempo que estudiaba con Louis Horst y así se adentraba en el estilo de Martha Graham, los popes Agnes De Mille, José Limon y la alemana Hanya Holm, del grupo de Wigman, le ofrecieron interpretar sus obras. Por clásusulas de reglamentos sindicales norteamericanos, Schottelius no pudo cristalizar estas experiencias.

Más tarde, en la década de los sesenta, no tuvo trabas para ser dar cursos magistrales en el Boston Conservatory. También dictaba clases y era frecuente invitada para dar conferencias en Alemania, donde sus conocimientos y experiencias eran muy valorados.

"Lo que entiendo por danza -dijo a La Nación - es usar nuestro instrumento, que es el cuerpo y expresar a través de él una idea, un mensaje. Mi visión personal es que hay que permanecer en lo que es danza, sin negar lo novedoso, pero no convertirla en otra cosa. Danza es el movimiento, la expresión, la intuición, aunque se trate de figuras abstractas, que pueden ser tan hermosas como aquello que requiere de una anécdota o de un argumento. Creo en la fusión de las técnicas clásica y moderna, porque todo es un incentivo para exprimir lo que puede decirse a través de este arte."

Oscar Araiz repuso hace unos años, con el Ballet Contemporáneo del San Martín, su obra "Paisaje de gritos", que bailó ese elenco como homenaje a una de las mayores impulsoras de la danza de nuestro país. Ese aliento también lo había dado Schottelius cuando, junto con otras personalidades, formó parte de la Asociación Amigos de la Danza, que convocaba a nuevos coreógrafos y daba oportunidades para que los talentosos mostraran sus obras a la par de los consagrados. La primera vez que el novel Araiz le presentó un trabajo fue rechazado de plano por Renate. Más tarde fue su predilecto y con los años, ambos se reían del miedo de uno y la rigidez de la otra. Exigente, cálida por dentro y muy sobria por fuera, Schottelius jamás buscó la fama ni el éxito. Arte, danza eran sinónimos de sagrado, de disciplina, de trabajo sin concesiones. Por eso decía que los requisitos para ser bailarín eran inmenso amor hacia el arte, total dedicación y muy buena salud.

Ella era el ejemplo y nunca dejaba de acompañar, con sus sugerencias o tranquilas charlas, a los que luchan en este camino.

Como solaz, tenía una casa en Córdoba: fue su deseo, que será cumplido por sus amigos y colegas, que sus cenizas se esparzan en ese bello paraje. .
Silvia Gsell

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/112215-renate-schottelius-fue-una-pionera

sábado, 26 de septiembre de 1998

Talento despojado de ornamentación

"(Con) Ciertos (Con) Textos", espectáculo unipoersonal a cargo de Carlos Juárez. Sobre textos de Borges, González Tuñón, Girondo y otros. Bar Ciudad Vieja (17 y 71). Sábados 21 hs. Entrada libre y gratuita. Hoy última función.

Juárez ha elegido una serie de textos de escritores argentinos -algunos, injustamente olvidados-, que tienen la virtud de ser a la vez actuales e intemporales, es decir, clásicos. Los textos recorren toda una gama de situaciones humanas: la soledad, el amor, los miedos, las pequeñas victorias y los pequeños fracasos, las mezquindades y los actos de nobleza de que somos capaces. Pero además, Juárez ha tenido la inteligencia de enlazarlos de modo que conformen un todo equilibrado y de buena factura dramática. Un recorrido intenso, pero sin llegar a saturar, donde el humor, ácido a veces, tampoco falta.

En un unipersonal el actor esta muy expuesto. Juárez lo sabe, y maneja todos sus recursos con maestría. Juárez crea climas. Domina la escena con ductilidad y su cuerpo con sutileza. El tono de voz, el modo de cerrar un gesto o un movimiento de la mano acompañando una última palabra crean momentos difíciles de olvidar.

(Con) Ciertos (Con) Textos, que se presenta hoy por última vez, demuestra una vez más que el hecho teatral no necesita casi elementos para desarrollarse plenamente. Puede prescindir de casi todo. Cuando se encienden las luces y el actor comienza, uno se olvida de que se trata de un bar, de que no hay escenografía, ni vestuario, ni nada. Sólo talento. En los umbrales del próximo milenio, un buen actor sigue siendo un mago, creando de la nada, haciendo entrar al espectador en un mundo intenso que lo regocija, lo enternece, lo inquieta y lo hace reflexionar.

G.LL

Fuente: Diario El Día (26/09/1998)

martes, 8 de septiembre de 1998

El legado de Torre Nilsson

Martes 08 de septiembre de 1998 | Publicado en edición impresa

Hoy, cuando se cumplen 20 años de su temprana muerte, la figura y la obra de Leopoldo Torre Nilsson siguen provocando casi tanta polémica como admiración.

El director, en el recuerdo. Foto: Archivo
Es que, para sus detractores, este cineasta que filmó 30 largometrajes en apenas un cuarto de siglo (murió a los 54 años) no es el mismo Torre Nilsson que muchos ubican en el altar del cine argentino.

Pero, más allá de los debates que aún hoy sigue generando su filmografía -especialmente entre la nueva y la vieja cinefilia-, la reciente encuesta realizada por el semanario Trespuntos entre 100 artistas, técnicos y críticos nacionales deja en claro la vigencia e importancia de varias de sus obras: Torre Nilsson figuró sólo detrás de Leonardo Favio y Lucas Demare entre los directores más votados.

A la hora de revisitar su cine cabe preguntarse cuál es el verdadero Torre Nilsson: el que adaptó a Borges y a Bioy Casares y el que logró junto con Beatriz Guido -su compañera durante 27 años- joyas como "La casa del ángel", "El secuestrador" o "La mano en la trampa", o el que rodó acartonadas películas históricas ("Martín Fierro", "Güemes, la tierra en armas", o la fallida "El santo de la espada"), donde perdió el favor de la crítica, pero se ganó el apoyo popular.

Torre Nilsson, el único director argentino que figura en cuanta enciclopedia se haya editado en el exterior, un invitado permanente a los principales festivales internacionales, un cineasta cuya obra incluso ha llegado a ser vinculada con la de sus admirados Robert Bresson, Luis Buñuel, Ingmar Bergman y Orson Welles, es el mismo que sobre el final de su carrera intentó sin éxito retomar la línea de las adaptaciones literarias.

Lo que sí quedará para siempre son las búsquedas expresivas de sus primeras películas, la profundidad psicológica de sus personajes, las grandes interpretaciones que muchas veces consiguió de sus actores, el indudable padrinazgo que ejerció sobre la "Generación del 60" de David José Kohon, Rodolfo Kuhn, Manuel Antín, José Martínez Suárez, Simón Feldman, Eduardo Calcagno y también sobre el cine de Leonardo Favio, quien lo consideró su gran maestro.

El verdadero Torre Nilsson es el hombre que mantuvo una desigual y encomiable batalla contra la censura en todas sus expresiones, pero también aquel que hacía ampulosas declaraciones públicas en las que se vanagloriaba de su condición de mujeriego, timbero y que terminó sus días sumergido por el cáncer y las deudas financieras.

Seguramente tanto el Torre Nilsson que cuestionó como pocos la decadencia de las clases privilegiadas y las represiones y frustraciones de la sociedad en general, como el que abandonó sobre el final de su carrera todo viso de riesgo y experimentación en sus películas, sea producto, precisamente, de sus propias contradicciones, de sus miedos y fantasmas personales.

Quizá sea su propia visión del cine la que mejor alcance a definir una obra y una personalidad tan apasionantes como complejas: "No quiero -dijo- formar parte de un cine-píldora digestiva. No quiero hacer una película para que un indonesio digiera su comida y otra para que rían los que habitan la zona norte de Avellaneda. Ni transpirar por un film que congregará vastos auditorios de Cuba porque la protagonista tiene un hermano que es propietario de la zapatería más importante de La Habana. Quiero hacer un cine que tenga patria, sí, eso. Un cine que ande parásito entre las afligentes tinieblas de un mundo en descomposición. Intuyendo, ganando pequeñas y tremendas batallas para el espíritu, gritándonos que el hombre todavía no ha sido derrotado por el hombre. Ajeno a superficiales modismos de presuntas minorías. Vital y sangrante. Vivo y necesario. Ni cine-teatro, ni cine-pintura, ni de vanguardia, ni de masas. Un cine cálido y auténtico, producto de mi soledad, mi oficio y mi tristeza."

CUATRO GENERACIONES

Discípulo de su padre -el gran Leopoldo Torres Ríos-, el realizador de "Un guapo del 900" y "Boquitas pintadas" logró que en sus hijos Javier y Pablo perdurara su pasión por el cine. Y parece que el legado fue tan fuerte que hoy son también sus nietos los que, formados en la Escuela del Instituto de Cine, hacen sus primeras armas en el cortometraje y la escritura de guiones.

Este cineasta de sangre admitió que se enamoró de la cámara el día en que su padre lo llevó a un rodaje y lo dejó mirar por primera vez el visor. "Dentro de unos años vas a ser el mejor director", dice que Torres Ríos le decía cuando era apenas un niño que en realidad soñaba con ser un habilidoso wing izquierdo. Y también aprendió de él a soportar las vicisitudes de la realización cinematográfica.

"No tenía 30 años -recordó- cuando me contrató Argentina Sono Film. Me preguntaron qué era lo que quería hacer en cine, qué proyectos tenía, y saqué de mi bolsillo un rollo de adaptaciones que había hecho hasta ese momento. Recuerdo que el representante de la empresa miraba con incredulidad y suficiencia cómo yo le mostraba entusiasmado una versión modernizada del "Martín Fierro"; otra del "Hombre del Jueves", de Chesterton; y otra de "El proceso", de Kafka. Entonces, me dijo: "Bueno, ahora que sé cuáles son sus ideas le voy a confiar la dirección de "Para vestir santos", con Tita Merello. Era un melodrama de época denso, lagrimeante, lo más ajeno posible a mis intenciones. Sin embargo, lo filmé. Ya me enfrentaba por primera vez a la realidad y no tenía otra alternativa que asumirla."

UN ARTISTA CANSADO

Torre Nilsson tuvo un triste final que, lamentablemente, se asemeja al de otras glorias del arte, la política y el deporte nacionales. Murió amargado y enfermo, asistiendo en sus últimos meses a los estragos que no sólo en el cine provocaba la llegada de una nueva dictadura militar.

Por eso, en el texto "Estoy cansado", publicado en forma póstuma en el diario Convicción, escribió: "Yo ya no tengo ganas de pedir más. Tengo ganas de que ahora me vengan a pedir a mí. Estimo que mi posición en el cine mundial es importante. Podría trabajar fuera del país y no quiero hacerlo porque quiero trabajar en mi país. Y necesito libertad. Sin libertad no se puede hacer cine". Toda una declaración de principios.

UN REENCUENTRO CON SUS FILMS

Hoy, a las 22.30, se realizará en la sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín (Corrientes 1530) un homenaje a Torre Nilsson a propósito del vigésimo aniversario de su muerte. Tras el acto se proyectará "Boquitas pintadas" (1974), película basada en la novela de Manuel Puig que recibiera el premio especial del jurado en el Festival de San Sebastián. Encabezaron el reparto Alfredo Alcón, Martha González y Luisina Brando. Por su parte, el Museo del Cine continúa organizando un ciclo dedicado al realizador en su nueva sede de San Juan 350, que comenzó con la exhibición de "La casa del ángel". El miércoles 16, a las 18 y con entrada libre y gratuita, se proyectará "La caída" (1958), con Elsa Daniel, Lautaro Murúa, Duilio Marzio y Lidia Lamaison. El miércoles 30 se presentará "La mano en la trampa" (1959), con Elsa Daniel, Francisco Rabal, María Rosa Gallo y Leonardo Favio.

LA OPINIÓN DE SUS HIJOS

"Mi hermano y yo íbamos a un colegio religioso y optábamos por no decir que éramos hijos de Torre Nilsson, un hombre que era separado, que manifiesta públicamente su defensa del amor libre, de Cuba y de cosas que nos daban una vergüenza terrible." (Pablo Torre).

"Mi padre era magnífico, mundano y generoso. Conoció la gloria y también el fracaso. "En la mala hay que agrandarse", repetía. Luchó hasta el final y en los últimos instantes se mordía los labios de dolor y ganas de filmar." (Javier Torre).

"Hasta los 40 años no tenía la más remota idea de dirigir, pero algunas cosas me decidieron. La pregunta "¿Ah, vos sos el hijo de Torre Nilsson, y no hacés cine?", y darme cuenta de que el maravilloso mundo de mi viejo se lo habían quedado otros." (Pablo Torre). .

Diego Batlle

miércoles, 2 de septiembre de 1998

Famosos y con clase

Miércoles 02 de septiembre de 1998 | Publicado en edición impresa

Lito Cruz, Laura Novoa, Leonardo Sbaraglia y Graciela Dufau son algunos de los actores que comparten la celebridad con el aprendizaje de su oficio como simples alumnos

Adelante, el profesor Fernandes Foto: Sebastián Szyd
Ninguno de ellos es uno de esos estudiantes de teatro con esperanzas de ser descubiertos algún día. Pero como si nunca hubieran enfrentado al público desde un escenario, los 12 asisten religiosamente a sus clases, todos los sábados. Así las cosas, la antigua casona de Constitución donde se reúnen parece la sala de ensayo de alguna obra a punto de estrenar. Salvo porque esta vez Lito Cruz, Graciela Dufau, Hugo Urquijo, Leonardo Sbaraglia, Alberto Segado, Laura Novoa, María Socas, Beatriz Spelzini, Rubén Ballester, Alicia Zanca, Roberto Castro y Pinty Saba son sólo alumnos. Pese a sus nombres con cartel.

No es la primera vez que se reúnen. En realidad, llevan cuatro meses compartiendo las jornadas que coordina Augusto Fernandes, el maestro de esta clase con nombres fuertes. Aplicados, comparten los deberes también: aseguran que se reúnen entre semana para ensayar los personajes de William Shakespeare que investigan. Y, según Dufau, aprovechan incluso los tiempos mínimos que les dejan sus respectivas obras para estudiar hasta en los pasillos de los teatros las partes que deben representar en clase. Vistos de afuera, cualquiera diría que estos chicos no son los típicos alumnos problema que siempre se sientan al fondo del aula.

Desde las 14, la puerta de la casona se abre sin cesar. Según la rutina habitual, se reúnen en la sala principal, un espacio grande con telones negros, sillas en gradas y un escenario donde, en parejas, representan sus partes. Una especie de pasar al frente a decir la lección que la mayoría enfrenta con el mismo temor de cuando eran adolescentes.

CON RECREO INCLUIDO

Mientras tanto, como público riguroso y exigente, los demás observan, critican, aplauden. La clase dura básicamente cuatro horas, con un recreo en el medio. Cerca de las 18, muchos se van a sus respectivas obras y otros tantos, según cuenta Fernandes, "se quedan a tomar un café hasta las 20, hablando de lo que hicimos en la clase". O "de la vida", como confiesa la alumna Novoa.

Entre las sillas también hay una cámara para registrar el trabajo. Cada uno de ellos lleva su propio videotape para grabar su representación y estudiarse después, detenidamente, en la pantalla de su televisor. Excepto Novoa, que todavía se resiste a llevarse el recuerdo de sus actuaciones.

Para las 17, hora en que permitieron el ingreso a La Nación , la clase está dispersa. Unos pocos siguen cuchicheando en el salón grande. Otros se escabulleron hacia el primer piso de esa casona reciclada, donde fueron en busca del almuerzo tardío, como en cada recreo de esta escuela de actores.

Lito Cruz llega con retraso. Viene directo de una reunión con los delegados de las distintas regiones que integran la Dirección Nacional de Teatro, que preside el actor. Alguien comenta que la alumna Alicia Zanca está ausente con aviso, por sus ensayos en la obra de Mauricio Kartún. Y Laura Novoa agrega que ella será la próxima en faltar todo el mes porque se va a los festivales de cine de Venecia y San Sebastián a participar de la presentación de la película "La nube", de Pino Solanas.

El maestro no pasa lista rigurosamente. Sabe que unos vienen, otros van y casi todos se quedan. De hecho, el director Marcelo Piñeyro fue alumno observador durante todo este tiempo. Pero ahora tuvo que abandonar el taller para filmar su nuevo film, "Plata quemada". Por allí también pasaron Carolina Fal y Alicia Bruzzo. Y además, como alumnos modelos de la misma división, se llaman por teléfono durante la semana para avisarse si van a faltar o si van a llegar más tarde a la cita de los sábados.

ENTRENAMIENTO DEPORTIVO

Está claro que ninguno de ellos es nuevo en estos menesteres. Pero aquí hacen de cuenta que el camino andado es más bien corto. En palabras de Novoa, ellos están ahí "para hacer los palotes de vuelta".

Pero, más allá de las humildades compartidas, a la hora de repasar los palotes, los alumnos no eligieron textos menores. El taller se armó, y en ese camino sigue, para investigar los textos clásicos de William Shakespeare y sólo ahora comenzaron a incursionar además en los de Chejov y Calderón de la Barca.

Ellos dicen que decidieron andar esos caminos por las pocas posibilidades que hay afuera de representar esas obras. Pero también para entrenar. "Es igual que los deportistas. El jugador de fútbol tiene que entrenarse todos los días para jugar su partido", dice Dufau, como una entendida del balonpie. Spelzini, en cambio, prefiere la referencia escolar: "Hoy estuvimos con Calderón y lo hacemos como chicos de escuela. Afuera no se puede hacer esto. Este es un espacio maravilloso".

Como en una verdadera escuela, esta clase también está dividida entre tímidos y líderes. Lito Cruz, Leonardo Sbaraglia, Hugo Urquijo, Alberto Segado y Laura Novoa, llevan la voz cantante en la mayoría de los temas y hasta se pisan para hablar. María Socas, Beatriz Spelzini y Rubén Ballester eligen el plano silencioso y observador. Al menos durante la entrevista con La Nación . Antes y después, en la clase, todos vuelven a su papel de alumnos que deben hacer los palotes de vuelta. Más allá de sus nombres con cartel.

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/109144-famosos-y-con-clase