jueves, 22 de enero de 1998

Memorias del subsuelo

HACE UNA DECADA, EL PARAKULTURAL Y SU ARTE REVULSIVO COMENZABAN A CAMBIAR EL TEATRO ARGENTINO

Fue una unión, o una mezcla, explosiva. Por allí pasó una vanguardia integrada por Omar Viola, Los Melli, Las Gambas al Ajillo, Vivi Tellas, Urdapilleta y muchos más. Hoy evocan aquellos años locos.

IVANA COSTA

Por aquellos días de 1985, todo parecía en tránsito de las tinieblas hacia la luz. Se suponía que después de tantas palabras e ilusiones sepultadas a la fuerza las cosas finalmente iban a retomar su camino hacia la superficie. Pero también había quienes iniciaban un camino inverso hacia abajo. Under, los llamaban.Ese movimiento de descenso a moradas subterráneas nació de un pequeño grupo de artistas que buscaba espacio vital, y terminó reescribiendo la historia del teatro argentino. Sería imposible reconstruir ciertos trazos de la escena actual si no hubiese existido el sótano Parakultural, abierto al talento y al desprejuicio de gente como Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese, Las Gambas al Ajillo, Vivi Tellas, El Clú del Claun y Los Melli.

Con Horacio Gabin integramos la compañía de Angel Elizondo hasta el 83 y en el 85 empezamos a buscar un local para dar clases de mimo. En marzo del 86 llegamos al sótano del ex Teatro de la Cortada. Estaba bajo medio metro de agua. María José Gabín y Laura Markert, las primeras Gambas, nos ayudaron a limpiar. (Omar Viola, fundador del Parakultural.)

El primer Parakultural funcionó en Venezuela 336 (hoy forma parte del sindicato de encargados de edificios). Cuando llegamos era una montaña de escombros. Por allí había pasado la guerra y algo de eso se mantuvo en el espíritu de sus productos. Un día, mientras limpiábamos, fui a comprar un litro de leche para mi hijo Javier, que tenía un año y medio. Cuando volví encontré a todos pálidos. Se había caído el techo alrededor del bebé, que jugaba ileso con los pedazos de revoque. Entonces a los chicos se les ocurrió cubrir de redes el cielo raso. (María José Gabín.)

El local debía servir, de lunes a viernes, para dar clases, y para mostrar, durante el fin de semana, creaciones propias como el Subdesarroshow estrenado en Cemento. Viola y Horacio Gabin creyeron que una buena estrategia para captar alumnos era organizar fiestas los sábados y enganchar a los que empezarían el curso el lunes.

Llamaron a amigos. Así llegó un día, de la mano de Helena Tritek, un actor que había estado fuera del país: Alejandro Urdapilleta, que pronto hizo migas con uno de los miembros del Clú del Claun: Batato Barea.Humberto Tortonese apareció en 1988 para participar de la instalación montada por unos plásticos. Un día recitó la Introducción a las Rimas y leyendas de Bécquer. Entonces Batato y Urdapilleta decidieron sumarlo a su dúo de enajenadas poetisas. Me acuerdo que él tenía el pelo cortito y una cara que llamaba mucho la atención. Recitaba algo delirante, todo envuelto en preservativos. Quería llenarlos de gas y que volaran por el aire viciado, sobre la gentel. (María José Gabín, respecto del primer unipersonal de Tortonese.)A los pocos meses de la inauguración, Viola abandonó definitivamente las clases.

El lugar era definitivamente un éxito. De golpe todo el mundo quería actuar: plásticos, poetas, bailarinas hardcore, bandas de rock (Los Redonditos de Ricota hicieron siete fechas, Todos Tus Muertos, otro tanto). Eso era una puesta en escena permanente. La tarea de programar era intensa, placentera e inesperada, pero a veces era bastante insalubre pulsear con todos. Los artistas son personas con un mundo interior muy potente. (Viola.)Mientras esquivaban proyectiles de algún punk furioso, Gabín, Markert, más Alejandra Flechner, Verónica Llinás y Vivi Pérez eran cinco monjas que cantaban semidesnudas como Las Primas. Al rato eran cinco bailarinas sifilíticas. Una -cuenta Gabín- usaba muletas; otra usaba el brazo ortopédico del papá de Verónica; otra, un cuello plástico y la pelada típica.El citerio de Omar para elegir los materiales era artístico, no comercial. Podía haber cosas que eran un plomo, pero todos creíamos profundamente que si uno se desvivía por lo que hacía, a alguien le iba a gustar. (Llinás.)

Vivi Tellas, que venía de cantar con Los Redondos, lanzó en 1986 el primer festival de teatro malo. Con ella llegó Carlos Belloso, que a su vez trajo a Damián Dreizik, su amigo de la Escuela Municipal de Arte Dramático. Juntos inventaron en el Parakultural el humor ingenuo y siniestro de Los Melli.No todo era joda ahí. Me acuerdo que hicimos una tragedia en la que yo era una renga medio nazi que tenía un criadero de chicas y Batato era una frívola teñida que venía a comprar una. Le miraba los dientes a la Humberta, la palpaba y yo me moría de rabia porque estaba enamorada de esa chica. Era la última que me quedaba pero la vendía igual. La Tortonese era medio retardada y recitaba el Kaspar Hauser de Handke. (Alejandro Urdapilleta.)La idea no era hacer de eso un negocio pero la barra empezó a dar sus réditos. Una tarde el dueño del edificio -un turco, recuerda Viola-, nos vio bajando 40 cajones de cerveza. Al mes estábamos pagando 10 veces más de alquiler. Después vinieron tres clausuras municipales, la mudanza, quejas por ruidos molestos...Al principio -dice Belloso-no nos gustaba mucho Luca Prodan. ¿Un pelado que canta en inglés? Un día se acercó y nos dijo Ustedes, Mellis, son dos personajes de Lewis Carroll. Podía ser cierto. Nos hicimos amigos. Estuvimos charlando en el Parakultural la noche antes de su muerte. Encendió tres cigarrillos con el mismo fósforo y contó esa leyenda que dice que al encender el tercero te morís. El Parakultural, fuente de vanguardia y locura, encendió los tres cigarros en 1994. Después se apagó. ¿Se apagó?

Fuente: http://edant.clarin.com/diario/1998/01/22/c-00801d.htm