martes, 19 de marzo de 1996

A los 92 años, murió Niní Marshall, la dama del humor

Martes 19 de marzo de 1996, Buenos Aires, República Argentina

Creadora de sus propios personajes, hizo reir a varias generaciones


Fue un talento único que descolló en la radio, el cine, la TV y el teatro. Autora de sus propios libretos, inmortalizó personajes cotidianos como Catita, Cándida o Doña Jovita. En 1943 tuvo que exiliarse en México porque el lenguaje de sus personajes fue considerado "una deformación del idioma". En 1989 la consagraron Ciudadana Ilustre.

Desde ayer, la risa de los argentinos tiene un nuevo motivo (y van...) para congelarse en rictus. Murió Niní Marshall, la gran payasa del siglo. La que cultivó una comicidad basada en la observación y la sátira de personajes cotidianos sobre los que no descargó jamás la crueldad o la crítica. Como, entre otros, la torpe Catita, como Cándida, la mucama gallega; como la tilinga Mónica Bedoya Hueyo de Picos Pardo Unzué Crostón o como la italiana Doña Caterina, todos dibujos exagerados de seres queribles en su ridiculez. Nacida Marina Esther Traveso el 1º de junio de 1903, Niní usó la caricatura más para la ternura que para la mordacidad.

Hija menor de los asturianos Pedro Traveso y María Angélica Pérez, desde muy chica mostró sus dotes para la imitación. En la casa natal del barrio de Caballito lideró una pandilla de chicos con los que hacía teatro casero, en el sótano de un tío tapicero. Después estudió danzas españolas y terminó el bachillerato. Se casó tres veces (Felipe Edelmann, Marcelo Salcedo y Carmelo Santiago) y de su primer matrimonio nació su única hija y compañera, Angelita. En Mis memorias (Ed. Moreno, Buenos Aires, 1985) recuerda que, para criarla, tuvo que ganarse la vida escribiendo para una revista femenina. Luego llegaría su trabajo en Sintonía (1933-34), una revista radial en la que usó el seudónimo de "Mitzi" para firmar la sección Alfilerazo.  

Después, y con otro seudónimo ("Ivonne D'Arcy"), debutó en Radio Municipal como "cancionista internacional", en varios idiomas que sabía o sospechaba. Pronto llegaría Cándida, inspirada en una empleada doméstica de la casa familiar, y donde adoptó por primera vez el nombre de Niní Marshall. Compartió cartel con Marcos Kaplan, Pepe Iglesias, Tito Lusiardo o Juan Carlos Thorry, entre muchos otros. Precisamente, de tanto observar a las muchachas que iban a la radio a pedirle autógrafos a Thorry, descubrió a Catita, la chica de barrio que se transformaría en un éxito fabuloso. Escribió siempre sus propios libretos, incluso la mayoría de los diálogos de sus personajes en las 37 películas que filmó (Mujeres que trabajan, Divorcio en Montevideo, Casamiento en Buenos Aires, Luna de miel en Río, Hay que educar a Niní o Cándida, entre otras). Su talento para reproducir los rasgos del habla de distintos sectores sociales o de colectividades fue un aporte no solo para la risa sino también para la investigación filológica, y la Universidad de La Plata registró el lenguaje de sus personajes con esos fines. Pero aquellos valores fueron juzgados "una deformación del idioma" que ponía en riesgo la pureza de la lengua "para el pueblo, que no tiene capacidad de discernir", según enunciaron funcionarios del golpe del 4 de junio de 1943. Se refugió entonces en la pintura y se exilió en México. 

Regreso con gloria

En 1955 volvió al país. Fueron los años de gloria y reconocimiento unánime. Sin asomo de resentimiento, en un ambiente naturalmente competitivo, se hizo usual su apoyo a otros colegas, llamando la atención de productores y directores sobre Zully Moreno, Antonio Gasalla, Enrique Pinti o Juan Carlos Altavista. Alcanzó especial repercusión en espectáculos como Coqueluche, con Thelma Biral, en ciclos de televisión y en el café concert, donde con Y se nos fue redepente (1972) resultó una intérprete de lujo para un género que nacía. Este título sería después llevado al disco en un registro hoy invalorable. Su retiro de la actividad, en 1982, fue solo fugazmente interrumpido en 1988, cuando reapareció en el ciclo de Gasalla. Ya más acá, empezarían a sucederse los homenajes. En 1989 recibía el diploma de Ciudadana Ilustre otorgado por la Municipalidad de Buenos Aires, en una tácita compensación por la censura con que cuatro décadas atrás había sido agraviada por otro gobierno del Partido Justicialista. En 1992, sus pares de la Asociación Argentina de Actores premiaron su "trayectoria honorable" con el Premio Podestá. En el 92, a iniciativa del productor Lino Patalano, la actriz argentina Marilú Marini y el también argentino director Alfredo Rodríguez Arias eligieron sus textos para montar en París Mortadela, que se estrenó aquí al año siguiente. Esa suerte de revival alentó al mismo equipo a montar en 1995 el espectáculo Niní, igualmente presentado en París y en Buenos Aires. Esta forma de regreso permitió a las nuevas generaciones el redescubrimiento de una artista genial, pudorosamente escondida tras la frágil delicadeza de su estatura mínima y su timidez. Dos señales con las que ya no va a ocultar la verdadera medida de su arte. Un arte que, a pesar de la tristeza de hoy, tiene, lo sabemos, el tamaño de la risa. O el de la felicidad. ¿No te parece bastante, Niní?


Autorretrato


Creo que el actor que siente lo que hace se diferencia del profesional nato porque este deja en el escenario su máscara y su personaje, olvida lo realizado, se siente más o menos satisfecho y se va a su casa muy tranquilo. Quizá los resultados estancos puedan ser similares, pero a lo largo de una trayectoria las diferencias se notan y el público las contabiliza. Yo me siento más cerca de quien siente y sufre lo que hace que de aquel que solamente toma el personaje al que le presta su voz y su rostro. Este, para mí, trabaja. El otro crea. En lo mío, confieso que he sufrido mucho cada presentación. Cada espectáculo, aun cuando hiciera mis probados personajes, era un acto de amor y dolor. Como un parto. En compensación a mis nervios y sufrimientos, tuve todas las satisfacciones. Sé que a lo largo de mi carrera he recogido más de lo que pude haber merecido. Tengo la tranquilidad de conciencia por el deber actoral cumplido. Lo que pude dar de creatividad también lo hice a conciencia. Bien o mal "perfectible", estoy segura, fui honesta. Con los demás y conmigo, que es la única manera de sentirse bien. La vida me ha dado un extraño privilegio que mucho le agradezco: haberme puesto en el mundo para hacer reír a los demás. Ello me permitió, alguna vez, borrar o postergar alguna angustia. Conocí, es cierto, algunas penas. Tuve mis miedos, sufrí alguna injusticia, pero también sentí la intercomunicación de amor que siempre existió entre mi público, mis personajes y yo. A través de ellos pude lograr cierta popularidad y esta me posibilitó hacer algo por los otros, siendo modestamente útil a quienes luchaban para evitar el dolor, la miseria y la soledad ajena.     Niní
  

Como Chaplin, pero con faldas

Monólogos y anécdotas que la pintan de cuerpo entero

Sus personajes recorrían toda la gama de lo humano. Había brutos, engreídos, atropellados y hasta crueles. Pero Niní también era capaz de reflexionar sobre sí misma.

"La madre es el ser que ha dado el ser "dice Catita en una conferencia titulada La madre", y cuida de nuestro ser, como debe ser, a saber: de pequenios, alimantándolos personalmente, o sea, dándoles el busto, y de adúlteros, dándoles sabios consejos, pa'efetuar la másima que dice: "Manzana en córpores sanos".

"Niní se había retirado, pero a principios de los setenta la convencí de que debía volver al escenario. Lo hizo en El Gallo Cojo, un café-concert que teníamos en San Telmo. Le iba muy bien, pero una noche le tocó un señor que, sentado en una mesa junto al escenario, casi ni vio el show ni aplaudió. Cuando terminó la función, Niní se desmaquilló en el camarín, en menos de cinco minutos, salió a la calle y corrió al espectador irrespetuoso hasta cerca de la esquina, lo paró y le dijo: "Mire señor, yo soy Niní Marshall, soy una dama y usted es un maleducado". Los taxistas que pasaban gritaban: "¡Dale, Catita, reventalo!", y la gente aplaudía. El tipo no sabía adónde meterse. Lo que quedó en evidencia fue la popularidad de la cual gozaba Niní. Pese aunque ella siempre decía que sólo sabía hacer reír, a veces también era capaz de enojarme. (Lino Patalano, empresario, ex manager de Niní Marshall.) 

"Ya sé lo que le conviene "le dice la judía Doña Pola, que ha puesto una agencia matrimonial, a su interlocutor": Esther Kuminsky, que es dentista. ¡Y qué dentista! Cualquiera le hace una dentadura completa, de 32 dientes, por 50.000 pesos. Esther le hace una dentadura más completa, de 64 dientes, por la mitad." 

"En Qué linda es mi familia teníamos que bailar durante las escenas de un casamiento. Como yo me cuidaba mucho para no molestarla, bailaba casi sin moverme. Entonces ella me zamarreaba y me empujaba para hacerlo más gracioso. Y durante el rodaje se le ocurrían cosas que no estaban en el libro. Entonces, con mucho respecto, preguntaba si se podían agregar sus ideas, que siempre eran muy divertidas. (Palito Ortega) 

"Hola, Dolores "dice la gallega Cándida, hablando por teléfono". ¿Sabes quién se está por morir? Paco, el relojero. Se le está acabando la cuerda. Anda medio muerto, por eso la mujer se ha puesto de medio luto. Y la que se morió fue la Firmina. ¡De un aire! 'Qué cosa más tonta! Se hobiera muerto de un ventarrón." 

En 1986 se editó un disco con el texto completo de Y se nos fue redepente, en el que el personaje de Catita decía el famoso monólogo "del cual, por supuesto, la misma Niní era la autora". La presentación se hizo en La Capilla, un teatrito que funcionaba en la calle Suipacha. Sobre el escenario se armó la escenografía de un velorio, con el féretro, las velas y las coronas. Un transeúnte despistado que se enteró de que en La Capilla estaba la actriz, atinó a entrar. Cuando vio a Niní sentada cerca del presunto finado, se acercó y le dio el pésame. 

"¿Sabe ande asistimo anoche? A un concierto "cuenta Catita". Salió un melenudo y se puso a aporrear el piano, que yo pensaba: `Dale nomá... ¡Cómo se ve que el piano no es tuyo! Si te agarra Jacobo Fisher...' Porque el piano tenía el monograma del dueño: Jacobo Fisher". 

"Durante una temporada en Rosario, en 1980, fuimos a conocer a una señora que, según ella, había iniciado sexualmente a la mitad de la ciudad. Se llamaba Rita y trabajaba en un cabaret del puerto. Cuando comenzó el show, Niní se subió arriba de una mesa y no paró de gritarle, incluso se sacó fotos con ella. Rita estaba completamente desnuda, pero eso a Niní no le importó." (Patalano) 

"Desde que alquilaron el Colón, ¡no pienso pisarlo en mi vida! "protesta Mónica, la niña bien". Yo me quedé `frappée'. Alquilar ese glorioso escenario. ¡Es como si alquilaran una bóveda en la Recoleta para enterrar a un pizzero!


El adiós a una grande

Artistas, políticos y admiradores anónimos, en el Teatro Cervantes 

Esta vez, la última internación de Niní Marshall en la clínica Bazterrica fue verdaderamente la última. Ya había logrado salir otras veces con el alta médica, pero la deshidratación que la atacó hace 12 días no la perdonó. Y ayer a la mañana, cuando el reloj dio las 11.5, Catita se marchó redepente. Y a la tarde, cientos de personas la despidieron en el velatorio público que se realizó en el Teatro Nacional Cervantes. 

 "Este final era esperado. Estamos con el dolor lógico que sentiría cualquier persona en estas circunstancias, pero quiero agradecer a la prensa porque en el último tiempo de internación de mi abuela se manejó con mucha prudencia", expresó su nieto, Carlos Gamallo, en la puerta de la clínica Bazterrica. No hubo dramatismo en el velatorio. Sí, en cambio, sobraron muestras de cariño hacia los familiares de Niní Marshall, que casi ni se separaron del cajón hasta bien entrada la noche. Tampoco aflojó en ningún momento el caudal de gente del espectáculo, políticos y anónimos admiradores que desde las 17 desfilaron por el hall del Cervantes, donde se montó una suerte de capilla ardiente. 

El féretro llegó apenas pasadas las 16, y fue recibido por una fuerte ovación de parte de la gente que se había reunido en la puerta del teatro. A pesar de que los familiares ordenaron que "no envíen ofrendas florales; mejor es donarlas a la Casa del Teatro", algunas coronas llegaron antes del pedido, como las de Mirtha Legrand, Pinky, Enrique Pinti, Susana Giménez y la del intendente porteño, Jorge Domínguez. Cerca de las 20, llegó la que envió el presidente Carlos Menem. "Es una gran tristeza. Niní marcó la época en que la familia se reunía para escuchar sus programas radiales. Era extraordinario, la ciudad se paraba para oírla", recordó el secretario de Cultura de la Nación, Mario "Pacho" O'Donnell. Cabizbajo, el cómico Antonio Gasalla fue uno de los primeros en rendirle tributo a quien él considera "una verdadera maestra, una creadora, una mujer que se supo abrir camino en un mundo de hombres, que hacía sus propios guiones sobre los libros de otros. Cuesta, pero hay que despedirla con alegría, ella lo hubiera querido así". 

En medio de la larga cola que a la tarde llegó a ganar buena parte de la calle Libertad hacia Córdoba estaban también el humorista Jorge Guinzburg, las actrices Ana María Picchio, China Zorrilla, Nora Cárpena, Lidia Lamaison y Gabriela Acher y los políticos Norberto La Porta y Fernando de la Rúa. Hacia la noche, el espectro de admiradores de Niní fue mostrando su verdadera amplitud: le daban el adiós desde colegas de otras épocas, como Lidia Lamaison, hasta jóvenes actrices como Carolina Fal y Alejandra Majluf. 

Después de uno de los tantos cafés que apuró anoche, Angelita, la hija de la actriz, reconoció: "Me da muchísima pena que ya no esté, y me cuesta hablar sobre ella en pasado. Pero su vida fue intachable, y la vivió con mucha dignidad". Su esposo, Juan Carlos Abregó, aclaró que "en el último tiempo era un secreto a voces que Niní estaba muy mal. Nadie dijo nada, y eso para nosotros vale oro". Georgina Barbarossa fue una de las tantas mujeres enfundadas en ropas negras, con la mirada oculta por lentes oscuros. Con la voz tomada, confió: "Llevo en el alma el día del año pasado que vino a mi espectáculo, me regaló un pañuelito y me dio su bendición. Todos los que hacemos humor nos hemos apoyado en ella. Fue la más grande". 

Fue la más grande, la frase que más retumbó anoche en el hall del Cervantes. Ninguna de las cientos de almas en pena que pasaron junto al cajón lo puso en du da. Todo fue adoración y agradecimiento. Como lo será esta mañana, seguramente, cuando a las 10 parta el féretro hacia el cementerio de Olivos.